Nostalgia de la luz (2010)

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A 40 años del Golpe de Estado que marcó para siempre a nuestro país, a nuestra generación y la de nuestros padres, en Revius quisimos revisar algún testimonio de esa herida llevada a la pantalla grande.

Nostalgia de la luz es un documental del cineasta Patricio Guzmán – conocido principalmente por su trabajo en “La batalla de Chile”-  en el cual el director nos invita a una profunda y particular  reflexión. En la cinta se conjuga el estudio del enigmático espacio y sus estrellas, con una historia más cercana y tan familiar por estos días, la de los detenidos desaparecidos y las mujeres que intentan hallar los restos de sus familiares asesinados durante la dictadura. Ambas realidades comparten un único escenario: el desierto de Atacama.

Patricio Guzmán nos cuenta la historia de personas que intentan encontrarse con el pasado, algunos, los más afortunados, eligieron hacerlo observando el cielo, mirando hacia la bóveda celeste que refleja lo que ya pasó hace bastantes años luz, e indagan en ella tratando de hallar los orígenes del universo, y por consecuencia, también los nuestros. Por otro lado, pero en el mismo lugar, están quienes no pudieron elegir. Un grupo de mujeres que rastrilla con sus manos el desierto para intentar al menos dar con los restos de sus muertos, para re-encontrarse con su propio pasado, y a su vez, con el pasado de todo un país que prefiere no mirar hacia atrás, como si el ejercicio de la memoria nos transformara en estatua de sal.

El valor de la cinta reside en la profunda reflexión, donde temas a primera vista tan poco relacionados, gracias a una visión metafórica, tienen tanto en común. Para esto, Guzmán se aleja de la óptica panfletaria y política, y por medio de imágenes y guion cargados de sentido poético, nos desvela estos dos mundos, que inician la película casi de forma paralela, y terminan por ser uno solo. El director no teme exponernos una profunda contradicción: tan fácil se nos hace observar las estrellas a años luz de distancia, pero cuán difícil nos es mirar hacia nuestro pasado más reciente.

Uno de los aspectos que más me agrado del trabajo del director chileno, es que en vez de caer en las típicas imágenes del 11 de septiembre y las discusiones políticas al respecto, prefiere desnudar historias íntimas, alejándose de los colores y sectores políticos, para entregarnos una obra de carácter universal y capaz de conmover incluso a quien desconozca la historia de nuestro país.

Cabe destacar la importancia que tiene el desierto de Atacama como principal escenario del documental, y como se conjugan en un mismo lugar los sueños y el trabajo de astrónomos, con las trágicas historias de las familias de los detenidos desaparecidos. El desierto de Atacama, por su aridez, naturalmente carente de vida, fue a la fuerza repleto de muerte. Y es que este lugar que –  gracias a sus condiciones climáticas- no ha cambiado durante milenios, es sitio fértil para el estudio del pasado, tanto por medio de la observación celeste como la del suelo (por medio de la arqueología) y pareciera invitarnos al –incómodo para muchos- ejercicio de la memoria.

Pero la cinta no solo establece los paralelos entre estos dos mundos, sino que también nos revela conmovedoras historias que parecen haber sido sacadas de un libro de poesía. Entre varias, conmueve especialmente la de un grupo de presos políticos que por medio de la observación de las estrellas, logra al menos, emular la sensación de libertad, escapar momentáneamente de la convulsa realidad mirando la tranquila lejanía del cosmos.

A pesar de la originalidad de la cinta,  la película tiene un ritmo narrativo demasiado lento que le juega en contra, esto es en parte debido al tono de voz del narrador – el propio Guzmán- exageradamente pausado, acompañado de imágenes del espacio que sirven sólo como telón de fondo y no enriquecen las ideas del documental. También resulta criticable como en un principio, la relación entre los astrónomos y las búsqueda de detenidos desaparecidos, parece ser forzada por parte del director y puede generar cierta incomodidad en el espectador, afortunadamente a medida que avanza la cinta la relación va tomando fuerza y comienza a sostenerse por sí misma, ya sin la necesidad de la intervención de Guzmán.

Si bien, estos aspectos pueden minar de cierta manera el trabajo del realizador chileno, la obra sigue siendo admirable por su originalidad y ofrecer un nuevo punto de vista a este histórico conflicto. Logra con pulcritud y sobriedad contarnos historias conocidas por la mayoría, pero rara vez revisitadas desde esta óptica tan íntima y poética.

Tristemente la cinta sigue – y al parecer seguirá- siendo necesaria, como un método más para echar a andar la oxidada memoria histórica de este país, y que al igual que en el desierto, unos intentan tapar con arena.

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