Philip Glass – Koyaanisqatsi (1982)

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Pudo quemarse parte del Municipal, pero el encuentro de Revius con Philip Glass es inevitable. Continuando las ilustres visitas que enorgullecen nuestra cartelera de espectáculos, Philip Glass toca hoy y mañana en el Teatro La Cúpula del Parque O’Higgins, y nosotros le dedicamos esta nueva entrega de la columna de bandas sonoras para hablar de su magistral trabajo en “Koyaanisqatsi: Life Out of Balance”, de 1982.

Difícil tarea la de hoy. Estamos (quizás) ante la mejor banda sonora de todos los tiempos. Es además un soundtrack muy útil para mí, pues refleja como ninguno eso que muchas veces les digo: la música, de calidad y acompañada de buena manera, te entrega una nueva línea de narración que complementa o incluso substituye a los diálogos. Dicha premisa en este film es llevada al extremo, pues la música, junto a las imágenes,  permite al director sustentar un proyecto que prescinde de todo tipo de personajes centrales, diálogos, o informaciones, con excepción de un par de líneas explicativas antes de los créditos..

Quienes desconozcan la película de la cual hablamos, seguro les llamará la atención su nombre. Lógicamente se preguntarán qué significa ¿Qué es Koyaanisqatsi? En pocas palabras, una simple pero impresionante expresión hopi, un lenguaje de raíz uto-azteca. Los Hopis son un pueblo originario norteamericano, ubicados en lo que hoy sería la zona de Arizona. “Koyaanisqatsi” significa, como señala la película en su final, una vida loca, en desorden, sin balance, desintegrándose, y que llama a otra forma de vida. El prefijo “Koyaniss” es corrupto o caótico, mientras que “qatsi” es vida o existencia. Por lo mismo, el título completo del film es “Koyaanisqatsi: Life Out of Balance”.

Por medio de esta alusión, Godfrey Reggio, el director, busca transmitirnos una sola idea y nada más. No busquen una trama tan compleja como el nombre. Esta idea es la siguiente: la naturaleza tiene un justo  equilibrio, y la acción desnaturalizadora del hombre lo tiene en constante amenaza. Dicha idea está hoy más vigente que nunca. Con el apelativo “verde” tan de moda, que tanto gusta a los ambientalistas, Koyaanisqatsi es una película que podríamos definir como verde. Mucho sentido tiene que este homenaje en forma de película a lo frágil que es la vida y nuestro ecosistema esté viviendo una campaña de remasterización, para así tenerla nuevamente en pantalla, esta vez con nuevas tecnologías, todo con la idea de crear conciencia en las nuevas generaciones a través del (buen) cine.

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Muchas personas han llegado a esta música antes que a la película. Se produce la inversa que en la mayoría de los casos. Existen tres ediciones del disco, de las cuales 2 son importantes. La primera es de 1983, un año después de la película y cuando el acceso a ella era bastante restringido principalmente a su naturaleza no comercial. Dicha versión fue lanzada nuevamente en 1998 (con la carátula que ven al costado).  El 2009 sale a la venta una versión “definitiva” que incluye bastantes otras pistas y sonidos propios de la película, de tal forma que es una versión totalmente idéntica a la del film, que podrían dejar correr simultáneamente con éste. Ventaja es que en la versión 2009 no hay silencios o pausas entre una pista y otra, si no una sola composición de 77 minutos versus los casi 50 originales. Yo prefiero la primera, pues se supone mejor en calidad de sonido, pero para su disfrute, al final de la columna encontrarán un video de youtube con la versión del 2009 en su integridad.

El trabajo de Glass en Koyaanisqatsi responde a una estructura muy lógica. Los temas son bien similares en cuanto a su organización. Parten de forma muy tenue, y luego se transforman poténtemente en algo dinámico, pero siempre con la sensación de que Glass controla todos los sentimientos que quiere producirnos al ver las imágenes. De cierta forma, algo que no calza en lo que la gente llama “armónico”, es lo más armónico que podrían escuchar. Obra maestra de ello es “The Grid”. Glass nos demuestra que la estabilidad y el caos están tan cerca como los lo pueden estar dos canciones en un disco. En conjunto, estamos ante un todo que es un universo de caos, pero  a la vez encontramos equilibrio en cada canción.

La gracia de escuchar el disco completo, sin pausas, o mejor, ver la película, es ver como Glass nos puede llevar mágicamente desde lo mejor a lo peor de nuestra sociedad; desde creación a destrucción; desde la naturaleza intacta hasta las frenéticas urbes construídas por el hombre.  En este último caso, las teclas se vuelven casi despersonalizadas, tal como los procesos productivos y el intercambio comercial imperante en nuestra sociedad “moderna”.  Un homenaje a la ley causa y efecto. Por eso Koyaanisqatsi es un regalo de ambos, Reggio y Glass, a la humanidad. Un proyecto personal que tomó casi una década llevar a cabo, y que visionariamente incorporó nuevas técnicas en lo que a cine se refiere, como sus memorables escenas de time-lapse que maravillaron al mundo.

Con Koyaanisqatsi, el visionario Glass consolida una tendencia minimalista en los OST, no ya en el sentido de simples melodías, sino bajo la premisa de la reiteración. Pero en este caso la reiteración no es sinónimo de previsibilidad. Por el contrario, es un soundtrack dónde cada puerta que se abre es más inesperada que la anterior. Como pionera en el género, Koyaanisqatsi no sólo influencia el trabajo del propio Glass. Es también “disco” obligado en el aprendizaje de muchos otros artistas, y no sólo del espectro de las bandas sonoras. Pero en lo que al trabajo de Glass se refiere, este es un disco clave para entender su discografía. A modo de ejemplo, “Kundun”, otro de sus éxitos, y en especial el tema “Reting’s Eyes”, podrían calzar perfectamente en la película que presentamos hoy.

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Pasando de una vez por todas al disco, este comienza con mi favorita, la homónima a la película, “Koyaanisqatsi”. De forma tribal se repite una y otra vez el título, como si de meditación se tratara. En el film, esa idea tribal se muestra con dibujos en cavernas, pero es inmediatamente contrastada por la actividad espacial estadounidense. Como les dije, orden y caos están a la vuelta de la esquina. La naturaleza se nos entrega en “Organic”, con imágenes de los típicos desiertos americanos, mientras con “Cloudscape” se nos muestra el hermoso equilibrio cielo-mar, nubes-olas, fenómenos que a veces tienen una similitud inimaginable.

Ya con “Resource” aparece la influencia del hombre, y el soundtrack varía claramente, explosiones nucleares de por medio.  Ejemplo de ellos son las voces que dominan “Vessels”, muy distintas si las comparamos con el brutal Koyaanisqatsi del comienzo. Vessels yo la tomo en el sentido de contenedores, pues se puede escuchar con imágenes de edificios, aeronaves, vehículos, etc., las grandes moles donde el ser humano vive encerrado, y que se traducen en una sesgada forma de entender el trabajo, el transporte, y en fin, la vida.

“Pruitt-Igoe” es otra de mis favoritas, cuyo nombre se lo debemos al proyecto habitacional de St. Louis, Missouri, viviendas sociales a la americana, donde la segregación, la escasa planificación urbana, la delincuencia y la pobreza eran los factores determinantes, lo que llevó a su abandono. Su vergonzosa destrucción da paso a una serie de escenas de demoliciones que manifiestan una vez más la irresponsabilidad con que muchas veces actúa el ser humano, dónde siempre se destruye para construir, y se desecha lo que no sirve.

El punto máximo del soundtrack es “The Grid”, pieza maestra de 21 minutos que nos muestra el caos de la ciudad, sistema de vida que toleramos sin tapujos.  Esta red integrada por los miles de individuos que sin conocerse en ella viven, integrados todos en una máquina que no tiene pausas, es sin duda una crítica a la dinámica social moderna. Por ello el disco (y la película) termina con un llamado de auxilio en “Prophecies”, canción que simbólicamente vuelve a las raíces de Glass, mostrando una serie de primeros planos de seres humanos, todos inocentemente gravados, y la especie de “culpa” que sienten al momento de saberse enfocados. Y tal como un cohete que se estrella y no llega a destino, principalmente por el exceso de confianza que nos caracteriza, los humanos corremos peligro. ¡Es insistente el llamado! Volvamos a la naturaleza, volvamos al equilibrio, nuestro planeta puede clamar por ayuda y no lo escuchamos. Una de las profecías con las cuales termina el film en este sentido es notable. “If we dig precious things from the land we will invite disaster”.

Godfrey Reggio corrió un riesgo al entregarnos Koyaanisqatsi de esta forma, y muchos malos presagios de productores se cumplieron. Algunos de los por entonces telespectadores sintieron que observaban un mundo al cual no pertenecían, tal como esas lejanas guerras en medio oriente. De una u otra forma, eran imágenes de la tierra pero vistas desde el espacio, como algo ajeno. Y ello se debe a que en 1980, en especial para los no-norteamericanos, la idea de urbe demoledora que Reggio mostraba era muy lejana. En ese sentido, el tráiler es increíble al advertirnos que “hasta Koyaanisqatsi, no habíamos visto o dimensionado el mundo en el que vivimos”. Por eso los invito a preguntarse lo siguiente. Hoy, cuando la tierra es todavía más vulnerable que hace 31 años, ¿con qué nos sorprenderían Glass y Godfrey Reggio si grabasen Koyaanisqatsi ahora?

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