12 Years a Slave (2013)

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Corre el año 1841. Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) es un hombre libre que vive en Saratoga Springs, Nueva York, junto a su mujer y sus dos hijos. Un hombre gentil, de buen humor y amante de su familia, sus talentos sobresalientes para tocar el violín no han pasado desapercibidos. Un día recibe una propuesta de negocios por parte de dos empresarios circenses itinerantes: un trabajo temporal como músico para acompañar los actos de su circo.

Solomon no podía imaginarse en ese momento que sería el comienzo de una pesadilla que duraría doce años. La reseña (con SPOILERS) de lo ocurrido, solo aquí en Revius.

12 Years a Slave es la más reciente obra del director británico Steve McQueen, conocido por sus anteriores películas Hunger (2008) y Shame (2011) y nos ofrece un relato descarnado y brutal de la esclavitud en el Deep South de los Estados Unidos previos a la Guerra Civil. Una historia sobre el espíritu inquebrantable de un hombre de bien y de su lucha interminable por sobrevivir ante una de las mayores injusticias imaginables, pero también es la crónica de la perversión de un sistema que termina deshumanizando tanto a víctima como a victimario y el retrato de una religión quebrantada y tergiversada.

No es casualidad que tanto Amo y Esclavo sean creyentes del mismo Dios y las mismas Escrituras, y sin embargo, conciban ese Mensaje de una forma tan distinta. La religión en 12 Years a Slave es un instrumento de castigo y es una inhalación de vida: es el manantial y es el látigo, es unión y desunión.
La religión en 12 Years a Slave es la suma de fragmentos inconexos, pero jamás la plenitud del Mensaje que supuestamente otorga. Retazos de Biblias, versículos específicos, profecías y salmos: todo lo Divino en la película se manifiesta tan solo como una parte del todo, la imperfección del hombre ante la perfección de Dios.
Mientras Edwin Epps (Michael Fassbender) justifica la tenencia y explotación de esclavos con un versículo de la Biblia, la señora Harriet Shaw (Alfre Woodard) está convencida de un Castigo Divino hacia los explotadores cuando llegue el Juicio Final. ¿Es la religión en sí la que viene quebrantada desde un comienzo, o es la imperfección y oscuridad humana la que termina por quebrantarla?

12 Years a Slave nos muestra los efectos de un sistema tan indefensible como la esclavitud tanto en quienes profitan de ella como en quienes sufren. Los primeros convertidos en monstruos insensibles al sufrimiento de los otros, motivados por una ambición desmedida hacia el dinero (como Theophilus Freeman, interpretado por Paul Giamatti), impulsados por una excitación oscura de poder dominar en todo sentido a otro ser (como el ya mencionado Edwin Epps), o incluso aquellos cuyo comportamiento es más afable y comprensivo (como el personaje de Benedict Cumberbatch, William Ford) que racionalizan la institución habiendo podido rechazarla en su momento. Los segundos, llevados al punto máximo de su humillación y sumisión, convertidos en meros objetos en manos de sus dueños, un ser humano doblegado hasta convertirse en un objeto indefenso.
En este último sentido encontramos la trama de Patsey (Lupita Nyong’o), una esclava que es el constante objeto de deseo de Epps y que, por lo mismo, es tratada de forma cada vez más degradante e hiriente por Mary (Sarah Paulson), la mujer de Epps. Su existencia parece condenada a resumirse en un instrumento de trabajo (ya que es la más eficiente de la plantación para recoger algodón) y, al mismo tiempo, un instrumento para satisfacer los deseos sexuales de Edwin Epps. Lo escaso que le va quedando de individualidad dentro de la opresión se expresa a través de la confección de pequeñas muñecas.

En este mismo sentido, la cinta no escatima en recursos para graficarnos lo brutal de la esclavitud. De particular notoriedad resulta la escena en la que Epps, sobrepasado por los celos y presionado por la actitud cada vez más desagradable de su esposa, decide desquitarse con Patsey. La escena en sí es la conclusión casi natural de la trama de Patsey y los problemas que ella (sin querer) causaba en el matrimonio Epps, sino que además es un eco oscuramente irónico de una escena anterior en la que Patsey, sobrepasada por el dolor y su incapacidad para soportar la humillación, le pide ayuda a Solomon para que éste le quite la vida como un acto de piedad. En ese momento, Solomon se rehúsa – quitarle la vida a alguien (ya sea a través de la muerte o a través de la esclavitud) es algo moralmente incomprensible para él.
Sin embargo, al tiempo después, es él quien se ve forzado a blandir el látigo que destroza la espalda de Patsey. No por voluntad propia, por supuesto: la perversa máquina de la esclavitud ha hecho que en ese momento Solomon sea tan solo el medio, el instrumento a través del cual Edwin Epps castiga a su propiedad de la forma más cruel posible. No le basta con que Solomon presencie cómo la espalda de la pobre Patsey se reduce a un montón deforme de carne y sangre – la crueldad de Edwin es lo suficientemente grande como para que sea Solomon, otro esclavo más, un equivalente a Patsey, el que deba azotarla. Lo enfermizo de la situación se acentúa con el sentimiento de victoria moral de Epps tras castigar a Patsey: como si su actuar fuese tanto derecho como orden divina y el único camino correcto posible. Una oscura mezcla entre el fervor religioso y la exaltación suprema de los instintos carnales.

Solomon es, sin duda, el centro del cual depende todo lo demás en la película. Es a través de su punto de vista que conocemos las residuales historias restantes. Es a través de sus ojos que presenciamos la inhumanidad de gente como Epps y como John Tibeats (Paul Dano). De cada personaje conocemos tan solo aquello que deciden compartir con Solomon.
La historia de Solomon es una de una constante batalla por la supervivencia, forzado a realizar ciertos compromisos solo para mantenerse con vida: aprende tempranamente (mediante una interminable golpiza) que es inútil convencer a su captor de que es un hombre libre. Se ve forzado a agachar su cabeza, a cumplir órdenes, a cambiar su identidad (convirtiéndose en “Platt” para ocultar su verdadero nombre y su situación), a disimular sus conocimientos; en otras palabras: a desprenderse de todo lo que lo hacía Solomon Northup y someterse sin mayor resistencia.
Pero esta historia (basada en hechos reales) trágica no sería tan efectiva en la pantalla grande sin una interpretación a su altura. Afortunadamente, Chiwetel Ejiofor supera con creces las expectativas y realiza una actuación poderosa: la expresión de sus ojos nos transmite el dolor interno de Solomon incluso cuando no hay palabra alguna a la que pueda reducirse. Asimismo, la interpretación de actores en roles secundarios como Michael Fassbender y Lupita Nyong’o, e incluso la de aquellos actores en roles que no superan el par de minutos (como Benedict Cumberbatch, Paul Giamatti, Paul Dano o el mismo Brad Pitt) aportan de gran manera al desarrollo de la trama; Ejiofor, Fassbender y Nyong’o son los puntos fuertes de la película, y la mayor parte de la efectividad del relato proviene de sus potentes actuaciones, muchas veces confundiéndose el actor con el personaje.

La música de la película es una mezcla de composiciones originales cortesía del omnipresente Hans Zimmer y varias canciones de la época, un cancionero folk gospel de fuerte raíces religiosas que se convierte en el único medio posible de los esclavos para transmitir sus penurias a quien pueda escuchar: ya sea una petición al Creador o a un alma caritativa que transite en su camino, la música es como un bálsamo espiritual para paliar al inclemente Sol sobre las plantaciones de Louisiana.
En cuanto a las composiciones de Zimmer, es lo suficientemente decente como para acompañar las escenas en las que aparece pero nada resalta como para considerarla un clásico. Salvo ciertas escenas en las que la música complementa con precisión lo que allí sucede (como el drone disonante presente en el momento en que Tibeats y sus compinches intentan ahorcar a Solomon), el resto del tiempo la obra de Zimmer en la cinta pasa casi desapercibida.

12 Years a Slave es honesta, directa y potente, más allá de la estilización en sus aspectos cinematográficos (dándole un tono levemente cálido e íntimo, pero al mismo tiempo como una suerte de épica de antaño). Más que un latigazo a los sentidos, es un latigazo al corazón y a la conciencia, iluminando los rincones más oscuros y torcidos de la historia norteamericana. Sin duda, no dejará a nadie indiferente.

Nota del Autor: En la que es mi última reseña para esta página en quién sabe cuánto tiempo, espero haber estado a la altura de una película tan magnífica. El tiempo lo dirá – eso y la opinión de ustedes, queridos lectores. Ha sido un enorme honor formar parte de este proyecto y ojalá pueda volver a aportar con un granito de arena a engrandecer incluso más la labor que realizan mis compañeros. El sitio queda en sus buenas manos, el show debe continuar y la hierba mala nunca muere. Creo.

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