Alexandre Desplat – The Grand Budapest Hotel (2014)

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Si hay un director que construye sus historias con la música como piedra angular, ese es Wes Anderson. Si a eso sumamos que el compositor sea el francés Alexandre Desplat, el resultado sólo puede ser uno: una fiesta. Estrenada sólo ayer, la columna de bandas sonoras les trae este viernes The Grand Budapest Hotel. 

(Para leer el reviú de la película, haga click acá).

La columna de bandas sonoras salda una gran deuda hoy. La salda primero con Wes Anderson, un director que hace 18 años nos maravilla con su selección de música. Pero la salda principalmente con Alexandre Desplat, el compositor musical del momento, quien tras haber saltado desde Europa a Hollywood a finales de la década del 2000, ha mantenido su calidad entregándonos al menos 2 bandas sonoras notables por año. Lamentablemente Desplat aún no es reconocido por todos, y me refiero a público y prensa. Eso se debe, en especial, a que pese a ser un genio, Desplat ha sido incapaz de entregarnos esa banda sonora que se quede pegada en la mente de los espectadores y que tararees sin darte cuenta. Por eso, incluso hoy, conviene insistir en pedir que escuchen a Desplat.

Manteniendo siempre la misma esencia, la filmografía musical de Wes Anderson se divide en 2 momentos, y entre ellos, una época de transición. El primero va de la mano de Mark Mothersbaugh, con los proyectos más independientes de Anderson como Bottle Rocket (1996), Rushmore (1998), The Royal Tenenbaums (2001) y The Life Aquatic With Steve Zissou (2004). La transición es The Darjeeling Limited (2007), un soundtrack que tiene 100% de material preexistente. Finalmente, está la época de Desplat, que comienza con un punto muy alto, Fantastic Mr. Fox (2009), desciende un poco con Moonrise Kingdom (2012), y se consolida este 2014 con The Grand Budapest Hotel. En todos sus trabajos, Anderson ha pedido a sus compositores que mezclen piezas originales con música preexistente, en especial música que ya forma parte de la cultura pop. Desplat ni Mothersbaugh pudieron escapar a esa norma. No hablaremos de lo preexistente acá, en especial porque en The Grand Budapest Hotel no es tan relevante como en otras películas como sí sucede en Moonrise Kingdom (hay un estudio que muestra cómo Anderson ha cambiado la balanza en cada producción, pasando gradualmente a tener más música original). Sólo señalaré que el disco incluye música de obras europeas como The Linden Tree (1947), canciones del guitarrista europeo Siegfried Behrend, otra canción de la banda suiza Öse Schuppel, y un poco de kamarinskaya ruso interpretado por la Osipov State Russian Folk Orchestra.

Creo que la esencia de Desplat es no ser ambicioso. Minimalista a veces, grandilocuente en otras ocasiones, su música siempre la ha entendido al servicio de lo que vemos en pantalla. Por eso, es raro ver que se pase o se quede corto en cuanto a los resultados finales. Piensen en lo mejor que hizo el año pasado, Philomena, donde su música siempre emotiva fue el fiel compañero de la investigación de la trama. Entenderse como algo incidental a un proyecto macro se vuelve fundamental cuando se trabaja con Wes Anderson, quien per se es un director exigente. Así, en abstracto las piezas de Desplat pueden parecer caos, pero en el fondo ello esconde mucho control, pues cada detalle es pensado, siendo la única forma de musicalizar un guión de Anderson. En ese sentido, si debemos hacer una crítica al disco, es el exceso de pistas que entrega Desplat. Con un total de 32, y siendo algunas continuaciones o bastante parecidas con otras, muchas de ellas pudieron juntarse en beneficio del auditor, en aras de un análisis más cómodo. Tanta pista hace parecer que el desenlace del disco se vuelve bastante lento, además. Pero al preparar esta columna pensaba ¿pudo ser de otra forma? La respuesta es no. ¿Estoy siendo injusto con Desplat? Sí. El ritmo vertiginoso de Anderson exige una canción para cada situación, y si en definitiva fueron 32, es que 32 debían ser.

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Alexandre Desplat

Ubicado en la inventada República de Zubrowka, se encuentra el Grand Hotel Budapest. Esto es fundamental en la música, pues Anderson nos muestra este país como uno típico de Europa del Este, víctima de una guerra que le da claro tintes soviéticos. Eso explica que la música tenga un toque ruso de fondo siempre, como pueden ver en especial al cierre de la película, con “Traditional Arrangement – Moonshine”. Zubrowka además es bastante alpino y congelado, y la música lo refleja, con canciones que potencian el sentido de aislamiento que condenó al Grand Hotel Budapest a finales de los 60’s. Para algunos la música tiene cosas húngaras. Siendo honesto, no tengo argumentos para desvirtuar dicho argumento, pero en uno y otro caso hablamos de un sector bastante único de esta Europa “andersiana”.

En el Grand Hotel Budapest tenemos dos personajes principales. El primero de ellos es el botones o Lobby Boy Zero Moustafa (el gran papel de Tony Revolori). Refugiado en Zubrowka luego de huir de la guerra de un país árabe también inventado, Zero es el personaje aspiracional por esencia, que se encuentra en el trabajo de sus sueños. Lo tildo de aspiracional porque lo vemos siempre tratando de ser otro, ser como el concierge (ilustrativa es la escena donde se dibuja el mostacho), y digo que se encuentra en el trabajo de sus sueños, pues como cuenta en la película, ¿quién no querría ser botones en el Grand Budapest durante los 30’s? La canción de Desplat para Zero, por esencia, es “Mr. Moustafa” con un hermoso piano, sin embargo, su variación más lenta y triste en “The War (Zero’s Theme)” es con la cual el personaje se desnuda por completo ante el espectador.

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Ralph Fiennes (M. Gustave) y Tony Revolory (Zero Moustafa)

El otro personaje notable del Hotel Budapest es Monsieur Gustave H. (Ralph Fiennes). Hay que ser honestos desde un comienzo. M. Gustave es un canalla. Como concierge del Grand Budapest Hotel, se ha vuelto famoso por atender a un especial y selecto grupo de gente: mujeres mayores, viudas, rubias, con muchos recursos, faltas de amor, etc. Es una especie de anti héroe entonces, pues aunque simpático como nadie, es la esencia misma del hombre oportunista. Su tema principal es “A prayer for Madame M.”, una de sus enamoradas de avanzada edad cuya aventura se vuelve central en la trama. En esta primera aparición del tema manda claramente una guitarra flamenca muy interesante. La música de M. Gustave  suena también en “The New Lobby Boy” (con un contrabajo muy logrado) y “The Family Desgoffe und Taxis”. Esto último es bien curioso, pues ambas fuerzas antagonistas, M. Gustave y los herederos de Madame M., tienen el mismo tema.

El tercer tema notable es el que denomino “de los viajes y escapes”. Este aparece primeramente con “Daylight Express Lutz”, sigue en “Night Train to Nebelsbad” y alcanza sus notas jazzientas en el magistral “Escape Concerto”, donde lo más absurdo de lo absurdo aparece en pantalla. Sin embargo, la mayor expresión de este tema es “Canto at Gabelmeister’s Peak”, donde la canción muta a un cato gregoriano en la medida que nuestros “héroes” acuden a un monasterio (como símbolo de clandestinidad) para demostrar de una vez por todas la inocencia de M. Gustave. Es en esta versión que el tema de escapes toma un sonido de marcha bastante militarizado, que refleja la persecución policial de la cual M. Gustave y Zero son objeto.

Sólo me falta destacar el tema de los villanos, Dmitri Desgoffe und Taxis (Adrien Brody), principal heredero Madame M., y su sicario J.G. Gopling (Willem Dafoe en su primera actuación que me convence). Para ellos la música toma un sentido más draculesco, en un claro homenaje a Transilvania. Por eso las voces y el órgano mandan en “J.G. Gopling, Private Inquiry Agent” y la bizarra persecución en “The Cold-Blooded Murder of Deputy Vilmos Kovacs”.

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Willem Dafoe y Adrien Brody

En definitiva, el resultado de Desplat es una verdadera fiesta, que resalta lo tragicómico de las producciones de Anderson, complementando las notas de incertidumbre del guión, algo fundamental en este tipo de películas que (voluntariamente) caen en lo absurdo y que tienen absorbidos a los fanáticos, entre los que me incluye. Así, es natural reírnos de la muerte, de la violencia, de las actuaciones exageradas que en otro contexto no admiraríamos, las conspiraciones ridículas, la estupidez policial, etc. El resultado es un mundo mágico, que sólo Anderson sabe crear.  Creo que es bien ilustrativo en ese sentido el notable elenco de la película y que Anderson siempre captura. Con tal de aparecer en estas creaciones, actores notables se ofrecen incluso en papeles de 10 segundos. Incluso, hace poco, apareció Bill Murray señalando no recordar qué cobró por actuar este año. Anderson es un director que marca tendencia, y músicos como Desplat no pueden prescindir de la oportunidad de tocar para él.

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