Mataron a mi hermano (2013)

Llegó el tiempo de Brasil en la competencia latinoamericana del Festival FIDOCS. “Mataron a mi hermano”, de Cristiano Burlan, es el emotivo documental que ponen en competencia los brasileños. El director nos lleva a descubrir el lado cada vez más oculto de su país, donde la violencia manda tras esas hermosas postales de playas paradisíacas y gente amable. Mientras los invitamos a abordarse a esta aventura que descubre el “verdadero” Brasil, recuerden leer el resto de nuestras críticas en el Especial FIDOCS de Revius.

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“Mataron a mi hermano” (Título original: mataram meu irmão) es un relato absolutamente íntimo. Dirigido por Cristiano Burlan, nos cuenta, desde la perspectiva de todos los integrantes de su familia, el asesinato de su hermano Rafael el 2001. Es una historia de duelo, que parte con la increíble explicación del cementerio de San Pablo, donde le dicen que su hermano ha sido trasladado a una fosa común por falta de pago. Esa es la misma sorpresa que tuvo Cristiano cuando vio a Rafael fumar crack (algo que desconocía, pero que Rafael hacía hace tiempo), coincidentemente, la noche antes que le quitaran la vida. Así, desde un comienzo, vemos que la figura de Rafael, ni siquiera 13 años después de su muerte, ha tenido descanso.

Rafael era un niño no muy distinto a cualquier otro de latinoamérica. La diferencia es clara. Se crió en una de las zonas más violentas del continentes, un lugar donde todas las discrepancias terminan en muerte, y no hay espacio al diálogo. Así, su destino fueron 7 balazos a quemarropa por parte de miembros de la banda para la que “trabajaba” cuando quiso cobrar su comisión por un robo. En eso, Burlan es honesto. Quiere que su hermano sea valorado con justicia. Sí, era un ladrón. Pero tenía códigos. No robaba con violencia. Sólo tomaba autos solitarios, y evitaba ante todo dañar a las personas. Por eso, no quiere que se le encasille como miembro consolidado en grupos al margen de la ley. Sólo se trata de un chico que cometió errores, y los pagó muy caro.

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De cierta forma, Cristiano Burlan trata de redimir la figura de su hermano. Se opone ferviertemente a que pase a ser parte de las estadísticas de asesinatos por violencia que son pan de cada día en Brasil. Un llamado de auxilio a un país que ha asumido dentro de la normalidad la muerte de jóvenes de 20 años. El momento de su presentación es el idóneo. Justo cuando por televisión vemos un país moderno que ha organizado un interesante mundial de fútbol, Burlán nos recuerda que la realidad de los cerros, de los suburbios, donde manda la droga y la pistola, es absolutamente distinta. Al mismo tiempo, nos invita a ver que no todos los “caídos” por la violencia brasileña son en estricto rigor “delincuentes”. Rafael es el ejemplo. Burlan nos muestra que el destino de su hermano no fue sino la lógica consecuencia de las recurrentes frustaciones y falta de oportunidades que vive el brasileño promedio. Hijo de un padre alcohólico, con hermanos que han pasado tiempo en la cárcel, y deseoso de revelarse contra la autoridad familiar, la muerte de Rafael llega incluso a ser lógica.

Es acá cuando el documental cobra mayor emotividad. Al entrevistar a su hermano mayor, Cristiano Burlan descubre que él también fue uno de los factores que incidieron en el estilo de vida de su hermano. De cierta forma, Rafael quiso revelarse contra Cristiano, quien representaba todo lo que Rafael no era, y que probablemente, sería el único que saldría del círculo vicioso de la violencia. En este sentido, es increíble pensar que dentro de la familia de Cristiano, el director, hay mucha gente que ha perdido la vida por la delincuencia en Brasil, o que al menos ha estado presa, mientras que él, en cambio, logró ser un director que ya ha recorrido el mundo entero con este interesante documental. Es así como pequeños detalles pueden marcar la vida de dos hermanos, haciéndolas diametralmente opuestas.

Se le ha criticado a “Mataron a mi hermano” la calidad a veces amateur de las imágenes. Lo que vemos en pantalla es algo que podríamos haber hecho tu o yo con nuestras cámaras del teléfono móvil. Por eso, es la forma de relatar esas imágenes la que conmueve. Es la decisión de Cristiano Burlan de entrevistar a su primo con problemas mentales compañero de delitos de Rafael; la decisión de acercarse humanamente a su hermano mayor tras dejar la cárcel para preguntarle sus recuerdos (en un emotivo monólogo de casi media hora donde no para de desahogarse); o la decisión dejar para el final el relato de la novia de Rafael y los 2 hijos que se quedaron sin padre, con la conmovedora canción de su hija de ahora 15 años. Un final absolutamente emotivo, que nos invita a no aceptar hechos como este dentro de la cotidanieidad de nuestras relaciones. Un documental que deja huellas.

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