Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)

eternal sunshine

¿Qué harías si pudieras borrar todos esos malos recuerdos de esa persona que tanto quisiste alguna vez? ¿Si pudieras eliminar de raíz ese dolor? ¿Pagarías el precio de tal decisión?

Todos hemos estado allí alguna vez. Llorando y maldiciendo a los cielos, a las deidades que se suponía que nos cobijarían en su regazo y que sin embargo no pudieron evitar nada. El colapso era inevitable y los signos estaban allí, pero siempre albergaste la esperanza de que pretender ser ciego y desear su inexistencia darían resultado. Allí el mundo se derriba sobre tus hombros, como a Joel Barish.

Joel (Jim Carrey) abre los ojos la mañana de San Valentín del 2004. Mientras espera en el andén por el tren que lo llevará a su recorrido habitual, decide impulsivamente faltar al trabajo y tomar un tren que lo lleve hacia la costa, hacia Montauk, donde las arenas se ven cubiertas por la nieve en esa época del año. Allí se encuentra de casualidad con Clementine (Kate Winslet), quien se acerca para conversarle. La situación es algo extraña: una mezcla de la incomodidad innata a Joel, el atrevimiento brusco de Clementine, y los silencios que parecen otorgar más de lo debido. Joel no conoce a Huckleberry Hound. Clementine estalla cuando Joel repite constantemente la palabra “nice”. Al diario de vida de Joel le faltan varias páginas. Clementine cree conocer a Joel de alguna parte. La situación es algo extraña, porque a pesar de la incomodidad y la torpeza en la conversación, de alguna manera Joel y Clementine se conectan y se potencian. Una conversación que se extiende por horas, del tren al auto al departamento de Clementine al congelado río Charles, en la que los personajes van encontrando la belleza en cuestiones simples, en momentos delicados, en saber que pueden encontrarse a sí mismos sin habérselo propuesto en un principio. Es una hermosa manera de comenzar la película, mostrándonos la alegría de encontrar esa conexión con alguien y, al mismo tiempo, sembrar la duda con los elementos que no encajan con la imagen que se nos muestra. El primer punto de inflexión se da con la aparición del personaje de Elijah Wood, que posteriormente aprenderemos que se llama Patrick. La pantalla se va a negro.

La actuación de Jim Carrey en la película es soberbia, demostrando efectivamente su rango actoral al interpretar a Joel como un ser totalmente opuesto al “estereotipo Jim Carrey” de histrionismo exagerado, gritos y comedia física. Joel es un manojo de nervios, una constante sensación de incomodidad y miedo ante amenazas percibidas, un parco introvertido que prefiere dibujar y escribir en su diario que decir las cosas, y Carrey logra encapsular esa autoestima subterránea casi a la perfección. Uno ve a Joel Barish y no se imagina que está interpretado por el mismo sujeto que dio vida a Ace Ventura y La Máscara.
Asimismo, el trabajo de Kate Winslet es también magistral. Las primeras impresiones de Clementine quizás no son las mejores: demasiado nerviosa casi al nivel de la hiperkinesis, con una frustración burbujeando levemente bajo la superficie dispuesta a estallar. Sin embargo, con el paso de los minutos vamos descubriendo cómo es Clementine en verdad, un verdadero espíritu libre con ciertos complejos de inseguridad; una mujer atractiva que de alguna manera piensa que no lo es; una deliberada deconstrucción del arquetipo de la “pixie girl”. Los hombres buscan a Clementine pensando que su propia existencia libre y atrevida los va a salvar de sus propias vidas aburridas -y el mismo Joel admite que pensó eso en un principio- y sin embargo ella no lo es y se rebela abiertamente ante ese intento de encasillamiento: “too many guys think I’m a concept, or I complete them, or I’m gonna make them alive. But I’m just a fucked-up girl who’s lookin’ for my own peace of mind; don’t assign me yours.

Así como Clementine deconstruye a la pixie girl, la película en sí intenta re-construir una relación que terminó siendo tóxica. La estructura misma de la película permite la observación desde los recuerdos más dolorosos y próximos al “presente” hacia los recuerdos más bellos, más lejanos y más sagrados. Por la misma razón, la idea detrás de la película (borrar los recuerdos relacionados con esta persona; en otras palabras, literalmente borrar a esta persona de tu vida) se vuelve particularmente dolorosa y trágica: se empieza por lo fácil, lo indeseado, lo humillante, lo desgarrador, y se termina en lo único bueno que va quedando. Cuando Joel se da cuenta de que empieza a perder no solo lo malo, sino también lo bueno ya es demasiado tarde. Su lucha es, a la larga, infructuosa. La decisión ya está tomada y su suerte ya está echada.

Los últimos momentos de la relación entre Joel y Clementine nos muestra a una pareja de gente desagradable: él, demasiado inseguro, temeroso y retraído como para intentar arreglar las cosas. Ella, hiriente, amargada, sofocada por el cada vez peor humor de Joel, incapaz de encontrar el lugar común que pensaba que tenían. Una relación tóxica cuyo desenlace parecía ser inevitable si ambos no se encontraban dispuestos a dar su brazo a torcer.

A medida que avanzamos ni siquiera logramos vislumbrar bien el por qué las cosas terminaron tan mal. La discusión sobre la paternidad mientras caminan por la feria no es sino un síntoma de esa degradación, pero no su causa. Lo mismo la escena de la incómoda cena en el restaurant oriental (“are we like those bored couples you feel sorry for in restaurants? Are we the dining dead? I can’t stand the idea of us being a couple people think that about”) – la expresión de lo insoportable que se había vuelto todo por la falta de confianza mutua. Mientra Clementine intenta romper el cascarón de su pareja, Joel no quiere hablar. Todo es aburrido, todo es rutina, todo es normal y no digno de ser discutido.

Y mientras más retrocedemos, menos razones vemos para el aciago final. Joel y Clementine comparten, disfrutan, se complementan de una forma tal que hasta Joel mismo, en pleno procedimiento, se da cuenta del error que acaba de cometer.

Porque, a pesar de todo, no solo iba a terminar olvidando las desgracias – sino también los momentos de mayor alegría. Y todo eso es más que la suma de dichos elementos por separado. Borrar esos recuerdos implicaba borrar la parte de su ser que terminó viviendo, equivocándose y aprendiendo de los errores. Borrar parte de su propia existencia. ¿Acaso la ignorancia es realmente la felicidad? No es menor, tampoco, que cuando decida dar marcha atrás, se aferre a un recuerdo de Clementine que en verdad es una parte de su propia memoria. Es la imagen que él guardó de Clementine influenciada por los sentimientos de Joel. En otras palabras, una parte de Joel con forma de Clementine. Pero al mismo tiempo, gran parte del esfuerzo de Winslet, Kaufman y Gondry se dio en centrarse en esta “imagen mental” de Clementine, mostrándonos que a pesar de todo, es tanto o más real que la otra Clementine; es a través de ella que observamos el deterioro/mejoramiento de la relación y cómo la vamos conociendo, ella es el punto de comparación en cada punto de la historia. Para ser un figmento de imaginación, “Clementine” resulta bastante profunda y multifacética.

Mientras la película se centra en dicha historia, las tramas secundarias sirven para ofrecernos paralelos. El futuro de Joel y Clementine es el de Rob y Carrie (David Cross y Jane Adams), amigos de Joel, y que están en constante discusión cada vez que aparecen en la película. Asimismo, la conexión íntima y verdadera entre Joel y Clementine se contrasta con la artificialidad morbosa y desagradable de la situación entre Patrick y Clementine, una burla de “relación” en la que Patrick se aprovecha de lo sucedido anteriormente para intentar conquistar al personaje de Kate Winslet. Un personaje muy desagradable que Elijah Wood interpreta de buena manera y que se merece el odio que el resto de los personajes le regalan con suma liberalidad.

La trama secundaria más potente es, quizás, la que involucra al Dr. Howard Mierzwiak (el siempre confiable Tom Wilkinson), creador de Lacuna y la tecnología que permite borrar esos recuerdos dolorosos, y Mary Svevo (Kirsten Dunst), la recepcionista de la compañía. Los elementos que componen esa historia aparecen de a poco, de forma sutil. Una mirada de Mary a Howard que dura un segundo más de lo que debería (cuando Joel va a las oficinas de Lacuna). Las constantes referencias a Howard que Mary efectúa en medio del procedimiento de borrado de memoria, con el correspondiente gesto de absoluto desdén por parte de Stan Fink (Mark Ruffalo), el técnico encargado de dicha operación. Su preocupación porque Howard no la vea en mal estado, etc. Algo raro allí, algo tan raro como el encuentro “inicial” entre Joel y Clementine. Las cosas no encajan.
Por supuesto, todo calza (como diría un calvo divulgador de teorías conspiracionistas) cuando la esposa de Mierzwiak (Deirdre O’Connell), harta de la situación y sospechosa de la conducta de su marido, decide revelar de forma trágica -pero no explícita- la gravedad de lo que pasa entre Mary y Howard. Un golpe emocional para demostrar el potencial de abuso de la tecnología (reforzado en la “relación” que intenta tener Patrick con Clementine), las implicancias éticas de este abuso y la manipulación emocional que se puede lograr por parte de una figura de autoridad hacia su subordinada. Howard termina merecidamente solo.

El clímax emocional de la película ocurre al principio: el día en el que Joel conoció, de casualidad, a Clementine. En Montauk, en la playa, sintiéndose cada uno como extraños en un lugar extraño. Su relación termina con una despedida que nunca tuvieron. Es en ese punto de origen en el que Joel se resigna y parece comprender, por fin, el punto central.

Clementine: This is it, Joel. It’s going to be gone soon.
Joel: I know.
Clementine: What do we do?
Joel: Enjoy it.

Cuando se conocieron en Montauk Joel decidió irse intempestivamente por temor. Excitado pero temeroso de las posibilidades que Clementine le parecía ofrecer. No en esta ocasión, no después de haber vivido (a la inversa) toda la relación desde su más aciago fin hacia el insospechado comienzo. No, ahora que ya no había marcha atrás, debía rectificar el error. Una agridulce oportunidad de poder enmendar las cosas cuando ya todo estaba perdido: “Come back and make up a good-bye at least. Let’s pretend we had one”. Aunque la relación oficial con Clementine haya terminado de forma horrible y dolorosa, la relación en sí termina (simbólicamente en su inicio) con una despedida de verdad… y con una última rebelión ante la idea de perderse mutuamente para siempre. Una última esperanza, un último intento, una idea desquiciada: “Meet me… in Montauk…

La historia fue creada entre Michel Gondry (el director), Pierre Bismuth y Charlie Kaufman, siendo adaptada en forma de guión por éste último. La dirección de Gondry, ayudado por Ellen Kuras (directora de fotografía), complementa a la perfección el guión peculiar pero profundamente emotivo de Kaufman: colores pasteles y una imagen cálida ayudan a difuminar los límites entre el mundo onírico y el real, incluso en pasajes más sombríos en los que el mundo interior de Joel parece corromperse totalmente y volverse una pesadilla sin fin, con pasillos interminables, piezas conectadas más allá de toda lógica, humanos sin rostro, sombras amenazadoras. Lo visual al servicio del núcleo del relato.
La música minimalista pero conmovedora de Jon Brion también aporta a la atmósfera de la película, sumada al uso preciso de “Everybody’s Gotta Learn Sometimes” (el cover de Beck, originalmente de The Korgis) en momentos claves. Una sinergia envidiable entre los diversos elementos que termina por realzar la obra.

Cuando aparecen los créditos mientras observamos a Joel y Clementine correr a través de la playa nevada nos preguntamos si están condenados a repetir una y otra vez los mismos errores y terminar odiándose mutuamente. O quizás no cometen los mismos errores: simplemente deciden andar juntos, una y otra vez, por los caminos que alguna vez recorrieron. Los dos en concertada rebelión ante sus propias falencias, dispuestos a aprender por las malas a conocerse de mejor manera. Y a disfrutar los buenos momentos, a pesar de cualquier desgracia eventual y por pasajera que sea la felicidad.

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