Titanic (1997)

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El RMS Titanic, construido entre los años 1909 y 1912 en Belfast, tenía un hermano gemelo un poco mayor llamado RMS Olympic. Una teoría conspirativa sostiene que el Titanic navegó tranquilamente hasta 1935, disfrazado como su hermano. Se sostiene que la razón para el cambio era sacrificar al Olympic, que se encontraba dañado por un accidente reciente, al punto que su reparación llevaría a la quiebra a la White Star Line. El sacrificio tendría por objeto cobrar los seguros que garantizaban al nuevo barco, de manera de revitalizar la golpeada economía de la empresa naviera, permitiéndole salir en un par de meses más tarde con el falso Olympic más seguro y rejuvenecido a ofrecer el servicio como siempre. Un tercer barco, el Gigantic, venía en camino para terminar la familia de transatlánticos de la clase Olympic. Lamentablemente, las cosas no salieron como se esperaba y el accidente tomó proporciones históricas. Si esta teoría fuese cierta, el Titanic original, en trozos, estaría cruzando los océanos hasta nuestros días, como parte del decorado del restaurant del Millenium, uno de sus descendientes contemporáneos. El enorme barco hundido, lleve el nombre de lleve, permaneció como único testigo de las 1514 muertes, equivalentes a cerca del 70% de los pasajeros de la nave, suspendido en el tiempo hasta ser encontrado el primero de septiembre de 1985 al sudeste de Terranova.

Por supuesto, ninguno de estos datos tiene un ápice de relevancia en comparación con lo ocurrido el primero de noviembre de 1997, cuando una tibia audiencia recibió en Japón la primera función de Titanic, de James Cameron. La premiere norteamericana se realizó el 14 de diciembre del mismo año, y recién el 5 de febrero de 1998, las audiencias chilenas pudieron repletar los cines para ver el que fue, sin duda, uno de los grandes filmes del glorioso año de 1997. Vaya tiempos aquellos, cuando las películas llegaban meses después de su estreno a nuestro país, y luego demoraban muchos meses más en llegar a Errols o Blockbuster, donde alguna familia feliz había arrasado con todo, dejado apenas las cajas vacías que había de muestra. Hoy en día, la inmediatez y bilateralidad de la producción de contenidos en internet, permite que en tiempo real se viralice, por ejemplo, la falsa secuela de Titanic. En ese tiempo, ser un hombre hecho y derecho significaba, para un niño de 12 años, considerar a Titanic un bodrio melodramático, o derechamente, un producto para niñas.

Afortunadamente, luego de más de 15 años de agua bajo el puente, tanto las audiencias como la industria han cambiado, y ya son pocos los kitsch que siguen entendiendo a Titanic como una película mediocre, indigna de ser vista entre los entendidos del séptimo arte. Titanic es increíble, de igual manera, querámoslo o no, que la gran mayoría de las películas de James Cameron. Y el problema radica justamente en eso: no odiamos el cine de James Cameron; odiamos a James Cameron. Y este odio nace del hecho de que es un millonario o un aventurero, antes que un cineasta, o un creativo sofisticado. Pero con todo, ha revolucionado la industria en más de una oportunidad. Al momento de la premier de Titanic en el festival de cine de Tokio, el canadiense tenía a su haber (entre otras), Escape de Nueva York, Terminator, Aliens, Terminator 2 y Mentiras Verdaderas; y todo esto, en apenas 15 años. Luego de Titanic, descansó 12 años hasta reaparecer con Avatar, que además de ser un gigantesco cliché altamente criticable, supo devolver, antes del IMAX de Nolan, algo del sentido espectacular de la experiencia cinematográfica, que los formatos caseros no podían reproducir.

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En medio del boom del cine de catástrofe (recordemos que contemporáneas a Titanic son, por ejemplo, Daylight, Twister, Dante’s Peak, Volcano e… Independence Day) Titanic toma la afición del público por la destrucción, y la hace aterrizar sobre una tremenda historia romántica desarrollada en dos líneas temporales paralelas, con una elipsis de 84 años ligada por una anciana decrépita capaz de excitar a varios científicos con sus historias. Y es que dichas historias eróticas contienen a una juvenil Kate Winslet, que venía haciendo una sensual entrada al gran cine luego de protagonizar Criaturas Celestiales (del aquel entonces prometedor Peter Jackson); y a Leonardo Dicaprio, de quien hoy en día nadie -pero es que nadie- hozaría hacer mofa. La historia, que todos conocemos muy bien, es la de un par de jóvenes enamorados en medio de un naufragio. O podríamos decir, quizás, la historia de una humanidad aún inocente, enfrentada a los temores de comienzos de siglo, con su cambio tecnológico radical y abrumador. Es quizás un relato de los años en que atropelladamente se gestaba la globalización, de los últimos hombres valientes, como un joven Hemingway, y las últimas doncellas de castillo, como Zelda Fitzgerald. O tal vez, es una de las muchas historias posibles dentro de la gran historia de la lucha de clases, resuelta en este caso mediante la inolvidable escena del auto. Porque hay un auto, en el que se tiene sexo, dentro de uno de los muchos niveles de un barco, en el que viaja Kathy Bates, que representa el ascencionismo social en medio de una aristocracia decadente y un proletariado apenas humano, escondido en los catres bajo cubierta. Titanic es un relato acerca de la modernidad, del ingenio del hombre, pero también de su ambición y su condena; de algún modo recupera, en el esfuerzo histórico del cine de época que esta vez no se detiene en la ambientación, una temática propia de comienzos del siglo XX: El colapso del desarrollo desenfrenado de la era industrial, que termina poniendo en riesgo a estos pobres hombres que desafiaron a Dios. Es una secuela temática de las propuestas que hicieran el Gabinete del Doctor Kaligari, El Golem o Metrópolis, y por supuesto, aquello que fue una fantasía de la técnica para el expresionismo alemán, para nosotros no es más que memorabilia. El romance entre Jack y Rose es el hilo conductor para tratar lo que existe detrás de los grandes desastres provocados por la producción humana: la ambición. Y justamente, lo hace del modo más ambicioso.

Se dice que en Titanic se gastaron aproximadamente 200 millones de dólares de la época. Una suma ridícula, si se considera que hasta hoy, ha ganado más de 2 mil millones de dólares en recaudación, sin tener en consideración el merchandising, la definitiva consolidación de las carreras de Cameron y los protagonistas, ni mucho menos el impacto cultural que representa. “I’m the king of the world” es tan sólo la punta del iceberg (por inapropiado que resulte como metáfora) de una serie innumerable de lugares comunes, clichés y momentos clásicos que quedaron instalados permanentemente en la cultura popular, como la decisión de la orquesta de seguir tocando, Jack dibujando a Rose, la mano en el auto y entre los otros muchos que quedan en el tintero, la innecesaria muerte de Jack Dawson. Técnicamente, es impresionante y ambiciosa también. La banda sonora de James Horner se complementa con el súper hit “My heart will go on”, que en este mismo momento suena en tu cabeza, para bien o para mal. La producción, de más de 3 horas de duración, fue grabada en decenas de locaciones, con proezas técnicas inéditas para su época, a los gritos de un Cameron que se creía Herzog, y con cámaras especialmente diseñadas por Panavision para la ocasión. En medio de la posproducción, sin escatimar gastos, Cameron se casa con Sarah Connor. Todo es espectacular. Algunos críticos la han comparado con “Gone with the wind”, por el efecto cultural y el golpe de timón (mala metáfora, de nuevo) que significó para la industria. Además, nadie podría negarse a ponerla entre las mejores producciones de 1997, un año increíble, marcado por películas de la talla de Good Will Hunting, L.A. Confidential, Mejor imposible, Men in Black, Amistad y Boogie Nights.

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De hecho, Titanic se llevó 7 premios Oscars de la academia, y permitiéndonos otra clásico lugar común, cómo no mencionar que es una de las películas más galardonadas de la historia, junto con Ben Hur y El Retorno del Rey. Ahora, ¿Son los Oscars un parámetro para medir qué tan buena es una película? Me haré cargo de eso dentro de estas 27 horas de amor cuando comentemos “Cómo perder a un hombre en 10 días”. Desde ya dejo sobre la mesa que me gusta ver la ceremonia tomando pisco sour y vestido de militar.

Pero terminando con Titanic, lo cierto es que se trata de una película enorme, formidable por su ambición y por sus resultados; capaz de revivir mil veces en todos los formatos y de marcar a la industria como pocas. A diferencia de Good Will Hunting, que sobrevive como bellísimo testimonio de su época; Titanic está fuera del tiempo, trabajando sobre la audiencia tanto desde el romance como desde la acción, y regando cultura pop por toda la cubierta. La vemos envejecer solamente porque Leo DiCaprio está más viejo, y como otras grandes de los 90, tales como Jurassic Park, El Quinto Elemento o ID4, trasciende generaciones como un clásico imperdible, que desprovisto del exceso de CGI que veríamos en la década siguiente, permanece estoico contra el paso del tiempo. Que el guión sea un refrito de miles de idénticos filmes anteriores anteriores, o que tal o cual actuación no esté a la altura, eso es otra cosa. El cine es imagen en movimiento, decía Eisenstein, y aquí todo se mueve como en un naufragio.

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