The Hobbit: The Battle of the Five Armies (2014)

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Dragones furiosos, arqueros heroicos, cinco ejércitos, ciudades ardiendo, ambición descontrolada, amenazas ancestrales y un último retorno a casa, en la última película de la Tierra Media de Peter Jackson, a continuación.

Después de 17 años desde el inicio de la pre-producción de Fellowship of the Ring y el inicio de lo que sería una de las sagas cinematográficas más épicas, ambiciosas e imponentes de nuestra historia, llega The Hobbit: The Battle of the Five Armies – el capítulo de cierre de la historia de la Tierra Media contada por Peter Jackson y su equipo. Para bien o para mal, The Battle of the Five Armies será el último relato fílmico ambientado en dicho mundo en largo tiempo (considerando la reticencia de los herederos de Tolkien por ceder los derechos del Silmarillion, la magnum opus de su padre). Por esto, un manto dulce y agraz cubre la película y, para quienes somos fans tanto del material original escrito por el profesor Tolkien como de las adaptaciones encabezadas por Peter Jackson, nos genera sentimientos algo encontrados en diversos sentidos.

Ahora bien, no nos engañemos: The Battle of the Five Armies es, para prácticamente todos los efectos, un tercer acto de una obra más grande. Es la conclusión necesaria e ineludible de todo aquello que fue propuesto y construido a lo largo de las dos películas anteriores. En TBOTFA no encontraremos mayor desarrollo de personajes (salvo uno o dos), ni ideas particularmente novedosas: la escasa narrativa que contiene está al servicio de concluir la historia y llegar al clímax que se prometió y construyó a lo largo de los filmes anteriores. Podría decirse que mientras An Unexpected Journey fue mayormente set-up y una presentación del tablero de las piezas, y allí donde The Desolation of Smaug fue promesa, fue build-up, fue el movimiento de las piezas hacia su inevitable posición final sin poder ser testigos de qué debía ocurrir, The Battle of the Five Armies es puro clímax, puro desenlace. Depende completamente de las anteriores, se encadena a ellas y no se sustenta a sí misma. Quizás allí descanse su mayor triunfo y su mayor desgracia, dependiendo de la óptica con la que se le mire.

Y este es un punto que resulta relevante, particularmente en 2 frentes específicos: primero, el hecho de que la película puede resultar un tanto intimidante para aquellos que no hayan visto sus 2 predecesoras (sí, es difícil que gente vaya a ver esta película sin haber disfrutado de las anteriores, pero nunca faltan); y segundo, refuerza el hecho muchas veces comentado relativo a la naturaleza de la historia, y la forma en que Jackson y cía. dividieron un libro corto en tres filmes (con el agregado de varios otros cuentos extraídos del imaginario de Tolkien), efectivamente convirtiendo a los 3 filmes en una sola mega película de casi 9 horas de duración -punto que será relevante para el disfrute de la película ya que damos por hecho que al ver las 3 de corrido queda mejor sensación y mayor comprensión de lo que Jackson trató de hacer, que verlas por separado-, lo que no deja de ser un tema capital para efectos de apreciación de las películas.

La película comienza sin prólogo; la única de las 6 adaptaciones cinematográficas que lo omite. No pierde tiempo en saltar directamente a la acción y el ritmo frenético no se detiene sino hasta mucho después. The Desolation of Smaug terminó con un cliffhanger: Smaug abandonando Erebor (gracias a Bilbo y la compañía de Enanos) y dirigiéndose hacia Ciudad del Lago con la intención de arrasarlo todo. The Battle of the Five Armies comienza con el ataque flamígero de Smaug y los intentos de la pobre gente de Ciudad del Lago de evacuar, con mayor o menor éxito, la ciudad. Bardo (Luke Evans) se encontraba prisionero gracias a las maquinaciones del Gobernador de Esgaroth (Stephen Fry) y su turbio asistente Alfrid (Ryan Gage) pero logra escapar gracias a su ingenio y decide enfrentarse a Smaug armado tan solo con arco y flechas. Al mismo tiempo, su hijo Bain lo divisa entre las llamas y en vez de escapar junto al resto de su familia, decide volver a ayudarlo, entregándole la flecha negra. Último recurso, última oportunidad para derribar al dragón. Bardo descubre el único punto débil de Smaug y con un buen flechazo ayudado por Bain, logra dar el en blanco, desafiando todas las probabilidades. Así cae Smaug el Magnífico, Smaug el Terrible, el último gran dragón de fuego de la Tierra Media.

Mientras tanto, Legolas (Orlando Bloom) y Tauriel (Evangeline Lilly) deciden rastrear a los orcos hacia Gundabad, la fortaleza en el extremo norte de las Montañas Nubladas que se encontraba bajo el poder de la oscuridad. Allí descubren la existencia de un ejército numeroso de orcos y murciélagos gigantes dispuestos a marchar sobre Erebor. Deben regresar para advertir del peligro antes de que sea demasiado tarde…

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Por su parte, Gandalf (Sir Ian McKellen) sigue prisionero en la fortaleza de Dol Guldur, cada vez más debilitado por la maldad imperante y haber presenciado directamente el retorno de Sauron (Benedict Cumberbatch, quien hace doble rol además de su conocido papel de Smaug). El resto del Concilio Blanco -Elrond (Hugo Weaving), Saruman (Sir Christopher Lee), Radagast (Sylvester McCoy) y Galadriel (Cate Blanchett)- aparecen en el momento preciso para salvar al Mago Gris de un ignominioso fin. La batalla entre los Nazgûl y el Concilio Blanco se desata, mientras Sauron intenta tentar a Galadriel. En una escena directamente referencial a Fellowship of the Ring (pero, a nuestro juicio, mejor lograda), Galadriel despliega todo el poder que una elfa ancestral posee y logra desterrar a Sauron desde Dol Guldur. Una escena que jamás pensamos que veríamos en la pantalla grande y que sin embargo cumplió con nuestras humildes expectativas.

Mientras la calma se apodera de la antigua fortaleza, el Concilio llega al momento de decidir qué hacer no sólo ante el retorno de Sauron, pero además frente a la amenaza de los orcos liderados por Azog (Manu Bennett) que ya marchan raudos hacia Erebor, dispuestos a hacerse de la Montaña Solitaria para alzar en ella el estandarte del ojo rojo. Gandalf, era que no, y pese a sus heridas, es veloz en acudir en ayuda de las gentes libres, dejando lo demás en manos del Concilio. Para concluir este acto intermedio -y permitir que la atención se centre en lo que ocurre en los faldeos de la Montaña, todo es coronado por una ominosa frase pronunciada por Saruman el Blanco: “leave Sauron to me”. Obviamente nos preguntamos: ¿qué podría salir mal?

El grueso de la película se desarrollará, por consiguiente, en Ererbor y sus alrededores. Thorin (Richard Armitage) comienza gradualmente a volverse más hosco, ambicioso y egoísta – le ordena a sus compañeros Enanos buscar y encontrar a como dé lugar la Piedra del Arca (ignorando que Bilbo la posee a escondidas y la guarda con las mejores intenciones), discute con ellos ante el evidente escaso progreso en dicha actividad, comienza a desconfiar absolutamente de ellos y ordena cerrar la entrada a Erebor para que “nadie robe su tesoro”. Claramente Thorin ha caído bajo la influencia malévola de la “enfermedad del dragón”, esa suerte de propiedad residual de los dragones que pervive en las riquezas que han guardado celosamente por mucho tiempo, la malicia, ambición y adicción del dragón mismo traspasada al oro que cobijaba.

Mientras los sobrevivientes de Esgaroth/Ciudad del Lago deciden asentarse en Dale de forma temporal y solicitarle a Thorin que cumpla con las promesas de ayuda que en la película anterior pronunció, llega Thranduil (Lee Pace), Rey del Bosque Negro, con la intención de recuperar una parte específica del tesoro de Smaug. Alianza casi obligada entre las fuerzas élficas y el debilitado remanente humano ante la creciente negativa y hostilidad de Thorin Escudo de Roble y sus fuerzas.

El escenario está listo. Las piezas están en movimiento. Todos los caminos llevan a las laderas de la Montaña Solitaria. El Enemigo la desea por su ubicación estratégica. Los Hombres y Elfos desean (con menor o mayor medida) una parte del tesoro que aseguran pertenecerle. Thorin no está dispuesto a ceder un centímetro de territorio… o de riqueza, pero sí está dispuesto a derramar la sangre de todo quien ose enfrentarse a él. Olla a presión a punto de estallar.

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Desde aquí en adelante, The Battle of the Five Armies le hace honor a su título y no afloja en ningún momento. Todo es una batalla constante en distintos frentes. El marketing de la película quiso ilustrarla como el “capítulo definitorio en la historia de la Tierra Media” – algo bastante lejano a la realidad en todo excepto en un punto: el que, como ya hemos mencionado, esta será la última vez en quién sabe cuánto tiempo que veremos a la Tierra Media en la pantalla grande. Es el último grito victorioso, la última celebración, la reverencia al público antes de la caída del telón. Lo único realmente definitorio o crucial es ese momento que escapa a la narrativa misma de la película y que en verdad se desarrolla solo en nuestra interna. Esa sensación de finalidad que está siempre presente, y la necesidad de cerrar el libro que se abrió el 2001, cuando una película que siempre fue considerada como irrealizable, se tomó al mundo por sorpresa y definió a una generación.

¿Acaso todo funciona? No. Como ya mencionamos antes, el hecho de que todo sea desenlace le resta un tanto de fuerza propia a la película. Incapaz de sostenerse por sí misma, depende de las dos muletas anteriores. Por otro lado, esto mismo le da una suerte de precisión, no exacta pero sí mayor que sus predecesoras, una concentración de temáticas y la remoción de tramas secundarias o terciarias que hace que The Battle of the Five Armies sea práticamente “eso que dice en el envase”, nada más ni nada menos.

Hay momentos específicos que quizás se sienten más planos o motivaciones que nunca quedan del todo claras, y seguramente muchos podrían incluso sentirse sobrepasados por el retorno de muchos personajes, la introducción de algunos nuevos y en general la confluencia de todo el bagaje acumulado en los filmes anteriores que confluyen en este acto final. Pero justamente esto es, a su vez, una de las fortalezas de la película, según desde qué perspectiva se quiera mirar -y según la familiaridad que se tenga con el material de origen.

Lo que si se agradece es el hecho que esta película, justamente por su naturaleza ya mencionada hasta el hartazgo, no pierde el tiempo en debatirse en cuanto a la forma y tono de la historia que quiere relatar, quizás uno de los puntos más cuestionables de los 2 filmes anteriores de la trilogía. Y dejar de lado esa dicotomía entre el material más jovial e infantil del libro que le sirve de base, y la seriedad de la trilogía de El Señor de los Anillos es algo que le juega a favor a esta película, no distrayendo de la acción épica que concluye este capítulo de la tierra media, y además del corazón emocional del filme, nuevamente posado sobre un Martin Freeman que no podría haber estado en mejor forma como Bilbo.

El resto del elenco, mantiene la solidez que nos tiene acostumbrados, aún cuando problemas respecto al detrimento que algunos personajes sufren -como varios de los enanos- en favor de otros, es algo que se mantiene. Recalcamos el buen trabajo de Richard Armitage como Thorin, con justa razón el más desarrollado de la compañía de enanos y en el que recae el mayor peso dramático de la película.

La acción misma es del altísimo calibre que Jackson nos tiene acostumbrado, lo mismo que los efectos especiales y la música del gran Howard Shore, que si bien en esta película tiene menos espacio para brillar que en las 2 anteriores -producto de la acción-, o en la trilogía de El Señor de los Anillos, tiene ciertos momentos particulares donde se destaca, como el ataque de Smaug a Esgaroth, o el clímax de la lucha entre Thorin y Azog, además de ciertas claves y pistas reminiscentes de la musíca de la otra trilogía, justamente para encausar y conectar esta película con las demás. Resulta criticable, tal vez, el exceso o abuso de efectos por computadora en desmedro de efectos prácticos -algo común en toda la trilogía de El Hobbit- que hacen que la acción pierda un poco su potencia e impacto, volviéndose más un agasajo puramente visual que algo con poco más de fuerza emocional. De todas maneras, las batallas y combates cumplen con la tarea de entretener.

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Para bien o para mal, The Battle of the Five Armies concluye con una historia que ha sido parte de nosotros durante más de una década. Cuesta desprenderse de ello al momento de reseñarlo, por el innegable cariño que uno le tiene. Cuesta desprenderse aún más sabiendo la larga espera que se viene, hasta una fecha futura e incierta en la que alguien más, con el cariño y respeto que la obra del profesor Tolkien se merece, decida adaptarla una vez más.

Hasta entonces, esto es lo último que nos va quedando y tal vez, más allá de lo objetivamente criticable, haya que disfrutarlo mientras haya tiempo y antes de que el fin llegue definitivamente. No es algo tan malo, después de todo.

Gracias a Peter Jackson y compañía por entregarnos algo que, en menor o mayor medida, nos acompañará por el resto de nuestras vidas.

Reseña escrita por Camilo y Marco.

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