Ridley Scott: Caín, Abel y la consecuencia

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Ridley Scott podría ser descrito de muchas formas; a lo largo de su extensa carrera, y con más de 30 producciones a su haber (contando cortometrajes y comerciales), su paso por el séptimo arte puede ser narrado como una aventura exitosa y sofisticada, llena de triunfos, pasajes gloriosos y vueltas de tuerca; pero también como una serie de atrocidades y filmes mediocres, matizados apenas por algunos geniales exabruptos que se cuentan con los dedos de una mano. De todos modos y sin temor a equivocarnos, podríamos considerarlo uno de los directores más influyentes de la historia del cine, capaz de imponerse en los más diversos mercados, proponiendo géneros y formas de producción, y generando, para bien o para mal, siempre las más altas expectativas. Ridley Scott es una suerte de Stanley Kubrick pasado por Werner Herzog y filtrado por Tony Scott, su hermano fallecido recientemente, quien en los hechos, mantuvo una carrera memos brillante pero mucho más consistente. En 1979, el entonces novato director sorprendió al mundo con “Alien”, su segunda película, pequeño filme de horror imposible de anticipar viendo “The Duelists”, su ópera prima. En 1982, apenas tres años después, reapareció con la invaluable Blade Runner. Ambas películas son consideradas por muchos, y en este grupo me cuento yo mismo, como uno de los puntos más altos en la historia del cine de ciencia ficción, al lado de clásicos como 2001, Stalker o la recientemente estrenada Interstellar.

Respecto de Alien se ha dicho más que suficiente: es una historia acerca de la fragilidad del cuerpo humano, de la invasión y la violación, del parasitismo, la pugna de género, el cabin fever, la soledad, la dimensión interna del horror y principalmente, acerca de la distancia y el temor con el que los hombre vemos la relación entre penetración, concepción y parto; no es casual que sea Ripley quien supere este horror, mientras sus compañeros sucumben a esta suerte de violación carcelaria que significa tener al Xenomorfo corriendo por la nave. Es una película barata en comparación a su contexto plagado de Space Operas, que cuenta con el genial equipo reunido por Jodorowsky para dar forma a la casa Harkonnen en su imposible Dune, y que modificó para siempre la forma en que entendemos al héroe de acción, a la ciencia ficción y al horror; como el mismo equipo de producción la definió, es una “Texas Chain Saw Massacre de la ciencia ficción”. Blade Runner, por su parte, es una revisión lejana de la novela de PK Dick “Sueñan los Androides con ovejas eléctricas”, una obra maestra respecto de la fe, que se convierte de la mano de Scott en otra obra maestra, esta vez acerca del sentido de lo humano y la identidad, insuperable e irrepetible, inmensa en su producción, y sobre todo, infinita en su legado. Blade Runner tiene entre sus méritos el hecho de ser una “película abierta”: dadas las restricciones e intervenciones de la época, existen en la actualidad no solamente varias y muy distintas versiones, desde el “director’s cut” hasta la versión para los cines gringos, con su falso final feliz, sino además, versiones hechas por fanáticos, revisiones en todos los formatos y hasta amenazas de secuela. Blade Runner no se agota, se transforma con toda esa elegancia que le faltó a Lucas para reinventar la trilogía original de Star Wars, y de esta forma siempre da que hablar, por su guión extraordinario, por las brillantes interpretaciones y la construcción de este siniestro futuro vertical, sacado directamente de “The Long Tomorrow” de Dan O’Bannon y Moebius.

Pocos pueden decir que han redefinido un género en dos oportunidades, y mucho menos en un período tan corto. Lamentablemente para la fanaticada que ya en ese momento se formaba en torno al autor, Ridley Scott también es conocido por otras cosas, en su mayoría menos satisfactorias. Podría decirse que el último pataleo aquel naciente genio de la ciencia ficción, fue el comercial para Apple que hiciera en 1984, utilizando como temática precisamente “1984” de George Orwell, y que sirvió para dar cuerpo a la propuesta revolucionaria que desde aquella época quería patentar “la gente de Cupertino”.

Luego de “Blade Runner” y “1984”, siguieron “Legend” y “Someone to watch over me”, que pasando totalmente desapercibidas, sirvieron de telón de fondo para el desastre que supuso “Black Rain” de 1989, con Michael Douglas y Andy García. Ese final de década podría haber significado la desaparición para cualquier director, pero este “campeón desparejo” supo reinventarse para regresar en 1991 con “Thelma y Louis”, película en clave de pequeña tragicomedia humana, que narra la sensible aventura de dos amigas tomando la liberación del género en sus propias manos, simbolizando una época de liberación sexual, empoderamiento y reivindicación de la violencia, que tiene además el mérito de haber sacado a la luz a Brad Pitt. Al año siguiente, y en una locura propia de un joven Herzog, estrena “1492”, una obra titánica conmemorando los 500 años del descubrimiento de América. La crítica fue implacable, destacando apenas la interpretación de Gerard Depardieu, y considerándola en general un filme mediocre, lo mismo que su recaudación en taquillas. Golpeado, Scott no renuncia y luego de atreverse con “White Squall”, que nadie recuerda, sorprende de nuevo con G.I. Jane, un bodrio divertido con tintes sensuales, que rescataba lo que hasta ese momento parecía ser el sello de Scott: el cine de reivindicación feminista. Al terminar esta nueva década de tropiezos, fórmulas erráticas y resultados dispares, el director nos entrega la gran sorpresa: En 2000 sale a la luz “Gladiator”, película que para algunos representó la consagración del director, y para los más atentos, su definitiva reinvención, estableciendo un nuevo sello de autor: la crítica de la época sostenía que en Gladiador el protagonista no era el sufriente Russell Crowe, sino el glorioso coliseo CGI. Esta idea del espacio habitable como elemento fundamental de la trama, presente incluso en Alien, si queremos forzar el análisis, será la clave para hablar de Scott de ahí en adelante. Podría sostenerse que en “Kingdom of Heaven”, “A Good Year” y “Robin Hood”, lo más destacable es precisamente este proceso de inmersión histórica mediante el contexto material; en cada uno de esos casos, el director pone la mira en construir un universo que seduce y envuelve, un espacio de verosimilitud dentro del cual las historias parecen casi ser una excusa.

El nuevo siglo traería consigo “American Gangster”, “Body of Lies”, “Matchstick men” y “The Counselor”, además de las relativamente más memorables “Black Hawk Dawn” y “Hannibal”. Recientemente, además, Scott Free se atrevió con la siempre controversial “Prometheus”, precuela con reparos de “Alien”, que nadie tiene muy claro si es brillante o desastrosa. Exodus, que en estos días está en los cines, parece seguir el mismo ejercicio de estilo que inaugurara Gladiador, esta vez teniendo como telón de fondo las pirámides y las violentas manifestaciones del Dios del “Antiguo testamento”. La propuesta es una fórmula que jamás pasa de moda: recurrir a la Biblia como material bibliográfico; cosa que en el caso de Scott no es nada nuevo: tanto “1492” como “Gladiator” y “Kingdom of Heaven”, son películas que tangencialmente están refiriéndose al tema de la fe cristiana. Podríamos sostener entonces, que es justamente en este filme, tardío ya en su carrera, donde podemos desentrañar lo que sería el verdadero sello de autor de Ridley Scott: el relato de fe cristiana escondido en una intensa escenografía construida gracias a las virtudes del CGI. Interesante resulta que en su propia historia personal se viva el reflejo de una leyenda bíblica archiconocida: la de Caín y Abel.

El genial Tony Scott, suerte de gemelo malvado de Ridley, tuvo una carrera quizás más humilde, pero sin duda mucho más coherente. Luego de la casi desconocida “The Hunger” de 1983, Tony Scott marcó el epítome del cine de acción romántico con “Top Gun” de 1986, para repetir la fórmula en 1990 con “Days of Thunder”. En 1991 estrena “The Last Boy Scout” y en 1993 “True Romance”, consolidándose como uno de los más importantes directores de acción de la época, y coqueteando con los actores y escritores más prominentes de los 90. Entre 1995 y 2005, sus películas más destacables son “Crimson Tide”, “Enemy of the State” y “Domino”, pero quizás el elemento crucial de esta parte final de su trabajo como director, fue su relación con Denzel Washington, protagonista de sus clásicas películas de elegante blacksplotation: “Man on Fire”, “Deja vu”, “The Taking of Pelham 1 2 3” y “Unstoppable”, que son básicamente la misma película. El género está claro: películas de acción con historias emotivas enraizadas en la vidas de sus protagonistas, y que por su singular dramatismo, a ratos sobrepasan incluso la trama de violencia.

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Propongo entonces, que decidir cuál es nuestro Scott favorito, es decidir también cuál es nuestra expectativa con respecto al cine de un autor. Los hermanos son polos opuestos: Tony fue un hombre de género, apegado al cine de acción y operando desde ahí para construir nuevas estéticas e interesantes elementos narrativos, que sigilosamente, resultaban ser críticas a la decadencia del sueño americano. Quizás la más interesante en ese sentido es “El último boy scout”, que resulta ser una sátira de filmes como “Die Hard” o “Lethal Weapon”, y que desde el primer instante está golpeando los estereotipos americanos. Ridley, por su parte, básicamente hace de todo, y todo le queda bonito, pero muchas veces irrelevante. Se hace difícil distinguir quien es el irreverente, toda vez que las películas de Tony pasaban bajo el radar del gran cine, a pesar de poner el énfasis en la crítica, quedando en la memoria como “filmes comerciales”, en esa falsa dicotomía neoliberal que tanto le gusta a la crítica. Mientras tanto, las películas de Ridley parecen no concederle nada al gran público, con un sello estilístico particular y planteando temas de aromas profundos, pero en el fondo, terminan dando tumbos en busca de la consagración en las taquillas. El cine irregular de Ridley Scott ha permitido que su carrera esté llena de hitos y de regresos; a pesar de ello, a lo largo de sus años activo, es frecuente encontrar filmes insoportables, que precedidos de la siempre alta expectativa que genera el autor de Alien y Gladiador, lo hunden frecuentemente en una decadencia que parece más bien un mal crónico.

Entonces ¿Qué preferimos? ¿La consistencia o la reinvención? Una de las muchas historias del budismo indica que los árboles parten como un brote que se eleva del suelo, y que el viento mueve en todas direcciones. A lo largo de su vida crece volviéndose inmóvil, y finalmente cae derribado para ser leña y terminar llevado por el viento. La hierba, por el contrario, siempre es flexible y por más que la corten, sigue volviendo a su danza con el viento. La lección es que debemos dejar que el mundo pase por nosotros, cambiándonos, moviéndonos, sin perder la fragilidad ni volvernos sólidos como la roca o los gruesos troncos, obsesionados con la consecuencia. Por extraño que parezca, otra historia del budismo indica que no debemos dejarnos doblegar por “los ocho vientos”, manteniéndonos firmes contra las influencias mundanas. La lección después de esas dos lecciones es que la consistencia está sobrevalorada, y que las contradicciones son virtudes también; tengo un cariño intenso y una admiración profesional y humana por Tony Scott, pero elijo creer en Ridley Scott y su constante caer y levantarse. Además, Ridley será siempre el hombre que nos regaló a Ripley ganándole a la vida en calzones, y todos esos momentos que se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia.

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