Richard Linklater: A brave new american cinema

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Recién en marzo de este año, los habitantes de este territorio del tercer mundo tendremos la oportunidad de asistir al estreno de Boyhood en los cines; pero más allá de las fronteras inventadas al azar por las productoras y distribuidoras, e independiente de las descargas ilegales que nos dan la libertad que ellos nos quitan, lo cierto es que en los países desarrollados la última película de Richard Linklater ya está acumulando premios y laureles de la crítica, y consolidándose en definitiva como un objeto único en la historia del cine, que lejos de la pura apuesta caprichosa que algunos vieron en su factura, está destinada a marcar una nueva forma de entender el tiempo cinematográfico, y un regreso al cine de autor por fuera de las convenciones del llamado “cine arte”, más cercano al nuevo cine norteamericano de Cassavetes, el neorealismo italiano o a la Nouvelle Vague. Pero con todo, este fenómeno no es una sorpresa para quienes siguen con atención la carrera de este director. Richard Linklater ya empezó a reinventar el tiempo en 1995, cuando arriba de un tren con destino a Viena, decidió comenzar una de las aventuras cinematográficas más importantes de nuestra época. Probablemente la más importante para el cine independiente norteamericano, precisamente hasta Boyhood.

Para la modernidad, el presente no existe. Existe el pasado, del que debemos hacernos cargo, y el futuro, que es nuestra responsabilidad. En definitiva, la vida es un espacio tensionado entre obligaciones con uno mismo y el entorno, no un espacio de placer, ni mucho menos uno de reflexión; el tiempo es una carga, o en el mejor de los casos, está simplemente omitido, salvo quizás por el terror a la vejez y la muerte. Richard Linklater se enmarca en lo que la cultura pop definió como “Generación X”, pero a diferencia de los productores de nostalgia en que sus contemporáneos se han convertido, él tuvo la valentía de seguir documentando el colapso de esa era prometida que se quebró junto a las torres gemelas. Para Linklater, como para Tarkovsky, la materia prima no es la imagen, sino el tiempo, y contemplar su proceso creativo es enfrentar al tiempo que nos enseñaron a omitir, temer o cargar, mirar a la cara nuestra propia dimensión como personajes formando parte de una trama histórica.

Dazed and Confused, la película que catapultó a Linklater a la fama, es un complejo estudio antropológico de la juventud americana, deshaciendo los pasos hasta el fin de la adolescencia, que estuvo marcado para esta generación en específico, por la irrupción del neo conservadurismo norteamericano; es de algún modo, un testimonio del fin de cierta forma de libertad que luego quedaría viva solamente en la identidad de los “X” de Linklater. El relato fundacional del adulto americano, descrito de manera a la vez cruda y compasiva por Dazed and Confused, es también una propuesta cinematográfica revolucionaria, y un semillero para estrellas del tamaño de Matthew McConaughey, Ben Affleck y Milla Jovovich. Esta hora y media de comedia juvenil es una fotografía, un relato no conclusivo, una muestra extraída arbitrariamente, renegando de presentar un camino del héroe o un simple curso predecible de acontecimientos hasta una resolución pacífica. Luego de una década marcada por Before Sunrise, el nuevo siglo partió con Linklater apostando a dos estéticas totalmente distintas entre si y nuevas con respecto a su filmografía: Waking Life y Tape, ambas de 2001. La aventura rotoscópica llena de vida de Waking Life es un clásico que no envejece, y además, una suerte de portafolio del director texano; ahogándonos en un océano de movimiento y color, desde los primeros instantes nos quita el aliento. Películas independientes como esta, Little Miss Sunshine o Tarnation, marcaron una década en que las grandes producciones parecían palidecer y sucederse insípidamente, mientras que un renacer del cine de autor empezaba a dar sus primeros pasos. En Tape, un producto totalmente distinto, Linklater prueba por primera vez el cine en tiempo real, dando otro paso hacia su nicho. Un par de años más tarde, en una de sus películas más marqueterías, School of Rock, nuevamente enfrenta al mito americano, ahora desde el rock y los adultos que se niegan a “madurar”. Nuevamente, además, lleva al microscopio a la Generación X, para analizar las ruinas del sueño americano en esta juventud que llega cínica y derrotada a los 30’s; de algún modo, preparaba ya el camino de Before Sunset, quizás la más brillante de la trilogía y la primera madurez del director.

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Ya en 1995, Linklater daba pruebas de entender el cine de un modo singular, tomando para si las tradiciones que sus más interesantes predecesores instauraron. Before Sunrise es el retrato de una generación norteamericana que prometía irrumpir en la realidad cambiándolo todo, de una época llena de inocencia y esperanza, con el triunfalismo deportivo, tecnológico y político, y sobre todo, con Clinton a la cabeza. Jesse representa la valentía de esa identidad cínica y encantadora que Europa, en los pies de una Celine más culta, más adulta y más resuelta, termina por comprender y valorar. El episodio termina de golpe, dejándonos sumergidos en un sueño romántico al ritmo de “Come Here” de Kath Bloom. El mundo parece infinito, valiente, joven; no hay facebook, queda la pura voluntad. 9 años más tarde, y habiendo fracasado la primera estrategia, el aún inmaduro Jesse supera sus propias expectativas y se encuentra nuevamente con la mujer que marcó su vida en París, mientras presente su novela autobiográfica que no es sino Before Sunrise. La conversación da cuenta del intenso vínculo de los personajes, como si no hubiese pasado un día siquiera desde Viena en el 95, pero el mundo que los rodea cambió, y ellos son totalmente distintos. Jesse fracasó como proyecto del mismo modo que su generación lo hizo; esta casado con una mujer que detesta, tiene un hijo que lo amarra a un destino del que teme, y los sueños que lo llevan de vuelta a Celine no lo dejan en paz. Celine es más cínica y está, para bien o para mal, más resuelta en su batalla feminista e identitaria que a ratos anuncia un devenir pasivo agresivo, meticulosamente conflictivo. El humo se disipa cuando por primera y única vez ingresamos a la casa de Celine, quien toma la guitarra y nos rompe el corazón: La historia de amor funciona, ambos estuvieron siempre esperando el uno al otro, y el relato intenso con steady cam en tiempo real, que parece durar apenas un par de minutos, termina de golpe nuevamente. Evidentemente perderemos todos los aviones que haya que perder, con tal de hacer florecer la vida en un mundo post torres gemelas. Corte de 9 años y estamos otra vez con estos dos conversadores, que caminan entre las ruinas de una civilización sepultada por enésima vez gracias a la irrupción de otro imperio. Los papeles están desenvueltos, luego de la sorpresa de enfrentarse a que Celine y Jesse están juntos y con hijas, expuestos por tanto al riesgo del peor de los deterioros: el cotidiano. Con todo, vemos que las cosas no han cambiado tanto. Ellos son los mismos, y como sus cartas de juventud evidencian, no son otra cosa que versiones profundizadas de lo que eran en el tren, 18 años atrás. La trama nos lleva a niveles crecientes de minuciosa violencia, y el quiebre final en el hotel nos traslada nuevamente a la terraza junto al mar donde vieron poco antes ocultarse el sol, y en donde Jesse, finalmente maduro en su personaje, consigue introducir nuevamente el futuro, en el descampado donde solamente parecía haber pasado. El juego funciona, ellos siguen en pie como una institución contra el paso del tiempo y la violencia del mundo moderno, la paternidad, la lucha de género, la distancia, el divorcio, y ante todo, los ripios del día a día, que desprovistos de la estética de los grandes sucesos, generan heridas menos espectaculares y mucho más terribles.

La trilogía de Before supone una apuesta por el naturalismo impecable. Del mismo modo que Waking Life es una suerte de impresionismo cinematográfico, las Before obedecen a un realismo descarnado, instalado en el presente y de una valentía que me supera. Cuando puse play al archivo recién descargado de Sunset y Midnight, lo hice con temor de las consecuencias, al paso del tiempo, al guión, la dirección, el fracaso. Linklater no teme enfrentarse a la madurez de su propio trabajo, a la vejez de sus musas, al quiebre del mundo en que partió, y de la generación de la que pudo ser el rey. A diferencia de la relación “Escenas de la vida conyugal” – “Saraband” en el cine de Bergman, aquí la apuesta es programática, es un diseño consciente de estar siempre revisándose todos, especialmente el trío Linklater-Hawke-Delpy, que además de lo obvio, coescriben los guiones desde Sunset. No hay temor en ocupar técnicas cinematográficas distintas, y hacer en definitiva tres películas diferentes, en medio de un mercado donde lo habitual es cambiar todo el equipo de producción de un filme a otro, buscando semejanzas en la construcción del guión o el uso de la técnica, dejando que el espíritu se esfume de una cinta a otra.

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Linklater es un valiente, y Boyhood es otro paso en una carrera que tiene mucho más por ofrecer. Si la apuesta de la trilogía de Before fue hacer una fotografía de un día en la vida de dos amantes a lo largo del desarrollo de nuestros tiempos, y Boyhood, ya todos sabemos, es contemplar el paso del tiempo desde el más absoluto realismo posible, ya sabemos que lo que sigue es That’s what I`m talking about, que el mismo director ha descrito como una “secuela espiritual” de Boyhood y ni más ni menos que Dazed and Confused, lo que supone una relectura de su carrera, sus motivos y su éxito, cosa que a mi parecer, ya estaba haciendo con Waking Life. Cabe preguntarse cuántas veces nos damos nosotros mismos el espacio para revisar nuestros pasos y replantear los próximos; cuánto del aprendizaje concreto de nuestras decisiones y nuestra producción personal somos capaces de aprovechar, para aproximarnos más sabiamente al presente inmediato que nos alcanza una y otra vez. Linklater, cual marxista, se preocupa intensamente de su situación en el presente, porque su obsesión con el tiempo está lejos de ser un capricho o una apuesta de mercado: es la materialización de su consciencia de que la historia humana, tanto la grande como la pequeña que cada uno traza, es producto de cada detalle y cada decisión, y que a pesar de los espejismos del mercado, el consumo, el estrés y la proximidad de la muerte, la forma más sabia de relacionarse con el entorno es participar intensa y meticulosamente del presente, aprovechando aquel milagro de la vulnerabilidad, del que daba cuenta Tarkovsky en Stalker: pensarnos a nosotros mismos como versiones consolidadas de lo que queremos ser, es desperdiciar la oportunidad de dejar al mundo florecer a través de nosotros.

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