Requiem for a Dream (2000)

requiem_for_a_dreamREQUIEM FOR A DREAM 

País: USA
Año: 2000
Director: Darren Aronofsky
Género: Drama
Duración: 97 min.
Elenco: Ellen Burstyn, Jared Leto, Jennifer Connelly, Marlon Wayans
Música: Clint Mansell

Darren Aronofsky, después de un auspicioso debut, da el gran salto el año 2000 con su segundo largometraje, “Requiem for a Dream”, profundizando los tópicos enunciados en PI, esta vez, sobre un escenario lleno de oscuridad y decadencia, con el soporte de un elenco de primera y una propuesta estética característica y particular.

La lectura superficial de “Requiem for a Dream”, nos dice de buenas a primeras que se trata de un drama sobre el uso y abuso de las drogas, y en cierta medida lo es. Sin embargo, escarbando más allá de lo obvio, Aronofsky realiza una lectura descarnada y cruda sobre los males que afligen la subjetividad del ser humano de comienzos del s. XXI, realidad condicionada por una estructura social que invita a perseguir el beneficio particular sin otros lineamientos, exaltando lo efímero, y en donde las relaciones humanas pasan a un segundo plano ante el culto de la inmediatez; el consumo adictivo de TV, alimentos procesados y por supuesto, drogas, tanto las prohibidas como las recetadas.

La película se divide en tres actos: Verano – Otoño – Invierno, y a su vez, desarrolla tres ejes dramáticos que sostienen una idea en común. Harry Goldfarb (Jared Leto) es un joven adicto a la heroína, cuya vida solo gira en torno al consumo diario de dicha droga. Sin trabajo, Harry recurre periódicamente a su querida madre, Sara Goldfarb (Ellen Burstyn), a fin de empeñar el objeto más preciado de su hogar: el televisor. La señora Goldfarb, viuda hace ya un tiempo, vive su soledad acompañada solo por los infomerciales televisivos y los programas de concursos, ante la indiferencia y despreocupación de Harry. En distintos extremos, la vida de los Goldfarb se encuentra en un estado de letargo fomentado por los vicios alienantes que los mantienen a su vez en ruedo.

Sara Goldfarb y Harry Goldfarb

Pero un buen día de verano la suerte parece cambiarles. Por un lado, Harry, junto a su inseparable amigo Tyrone (Marlon Wayans), deciden dar un gran golpe para despreocuparse de las vicisitudes económicas: ingresar al mundo del narcotráfico. Para Harry, esta es la oportunidad perfecta con el objeto de reunir capital e iniciar un emprendimiento junto a su novia, Marion (Jennifer Conelly), también adicta a las drogas. En la otra vereda, la señora Goldfarb recibe una llamada para postular como invitada a un show televisivo, oportunidad que le quita el sueño, teniendo en cuenta que es su gran y único hobby en la vida. Ante la ilusoria posibilidad de aparecer en TV, la señora Goldfarb inicia una cruzada para bajar de peso, y así, poder lucir el bello vestido rojo que utilizó en la graduación de su hijo, como un símbolo de tiempos mejores.

El promisorio futuro de los Goldfarb se ve bruscamente alterado con la llegada del otoño. La droga escasea en las calles, y las dulces ganancias del tráfico se reducen a nada luego que los principales dealers de la ciudad se retiraran de las pistas. La relación entre Marion y Harry se resiente, tanto por la falta de dinero como por la falta de droga. La abstinencia cuela profundo en la pareja, al punto que la muchacha recurre a su cuerpo para poder canjear algo de efectivo con un antiguo ex novio. Mientras, la señora Goldfarb, ante la dificultad que representan las dietas, decide consumir anfetaminas para reducir su peso, sin considerar los efectos nocivos de las drogas, aunque sean legales y recetadas por “especialistas”, transitando hacia un estado crepuscular, paralelo a la realidad, que se manifiesta con mayor frecuencia e intensidad en la medida que aumenta las dosis de medicamentos.

Ya con la llegada del invierno, los personajes llegan al límite de su degeneración y mostrarán el lado más desolador, y por cierto, perturbador de sus personas, en esa búsqueda vacía del sueño plástico y efímero, autoimpuesto por la soledad manifiesta y la ausencia de valores.

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La desolación y la locura como condición social (así como el uso de narcóticos y sus consecuencias) son tópicos que se repiten en “PI”, pero que logran mayor expresión en “Requiem for a Dream”, tanto por la apuesta estética como por el desarrollo de personajes, elementos que sobresalen sin mayor análisis.

Planos cerrados y secuencias rápidas; ritmo constante, obsesivo y esquizofrénico, mostrando a los personajes enclaustrados en sus propias quimeras. Sin duda alguna, la atmosfera que se pretende crear cumple con creces en el desarrollo del nudo dramático. Muchos críticos, a su vez, señalan que este sería el único valor del film, junto con las actuaciones, al punto de señalarlo como un simple ejercicio de técnica cinematográfica. Craso error. Los valores argumentativos de “Requiem…”, al igual que los de “PI”, son sumamente altos, pero de lectura lejana, mediatos, crípticos si se quiere, ya que no se agotan en el diálogo, sino se mimetizan con los distintos elementos que nos ofrece la cinematografía. En este sentido, la burda distinción entre formas y contenido, no tiene ningún sentido, entendiendo que los recursos estilísticos son parte de lo que se quiere decir.

Ellen Burstyn, recordada por su papel en “El Exorcista”, se luce con una gran interpretación, (ganando su sexta nominación a los Oscar), y logra plenamente la trasformación del personaje de la mano de las estaciones del año. A su vez, los noveles Jared Leto y Jennifer Conelly (futuros ganadores de Oscar), se consolidan como estrellas de primer orden. El peso del film, en gran parte, descansa en el trabajo de este tremendo reparto.

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Pero todo el análisis quedaría incompleto si no hacemos mención al notable trabajo realizado por Clint Mansell, trabajando nuevamente con Aronofsky, componiendo la banda sonora de la película, interpretada por The Kronos Quarter. Ciertamente, este es el trabajo más icónico de Mansell como compositor de bandas sonoras, consolidando una sociedad sumamente fructífera, teniendo en cuenta que ha participado en la mayoría de los trabajos de Aronofsky.

Con “Requiem for a Dream”, podemos hablar derechamente de Aronosfky como un director con de una oscuridad reflexiva; de una crudeza que deambula entre la fantasía y la realidad, sin complejos ni cuestionamientos. Este pesimismo, algo romántico, lo veremos repetidamente en sus obras siguientes, pero nunca llevado tan al extremo como en este largometraje. Mensajes alentadores y motivacionales no existen, y es que el mensaje pareciera ser que la realidad es tan cruda y desoladora como una película.

Ya convertida en una pieza de culto, a 15 años de su estreno, “Requiem for a Dream” es una película que siempre encontrará respuesta en una sociedad que vive bajo ritmo acelerado, alienada de su condición social, llena de “individuos”, que ensimismados en sus propios deseos, miedos y frustraciones, son llevados lenta e imperceptiblemente, a la enajenación, y en los peores casos, a la autodestrucción.

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