“The Truth is Out There”, o el retorno de The X-Files a la televisión

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Hace un par de días, Chris Carter confirmó el regreso de su más famosa creación, The X-Files, a la pantalla chica. Una temporada especial de 6 capítulos que incluye, también, el retorno de los dos personajes principales de la serie: los agentes Mulder y Scully, interpretados una vez más por David Duchovny y Gillian Anderson. Los rumores se habían empezado a hacer cada vez más fuertes y convincentes en los últimos meses; algo pasaba tras bambalinas en FOX, y Carter, Duchovny y Anderson solo hacían vagas referencias al tema, expresando sus deseos de volver a ello pero sin confirmar nada. La gente quería creer.
Después de 13 años desde el episodio final, The X-Files vuelve al medio que la vio nacer.

Pero las cosas eran distintas a principios de los años 90. El hip-hop y el grunge dominaban las ondas radiales, rompiendo con la hegemonía del hair-metal, las power-ballads y el pop sacarina, sugiriendo una postura más rabiosa hacia las instituciones. La sociedad norteamericana venía (todavía) recuperándose de la Guerra del Golfo y la reorganización del mundo entero después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. La desconfianza de ciertos sectores hacia el gobierno (gracias a diversos escándalos, como el infame Watergate, que terminó con la dimisión de Richard Nixon) seguía haciéndose fuerte tanto en sectores de izquierda como de derecha. Las cosas no serían fáciles después de una década entera de Reaganomics.

The X-Files vino a llenar un vacío dejado por la peculiar, misteriosa y entrañable Twin Peaks, con su atmósfera de bosques neblinosos (y el humor absurdo en momentos específicos), pero desde una perspectiva distinta: se hace cargo de la tradición conspiracionista estadounidense, particularmente en lo que respecta a la vida extraterrestre. Desde el famoso incidente de Roswell en 1947, pasando por el funcionamiento y los experimentos en el Área 51 desde los años 50s, la paranoia respecto a la ocultación de información de supuestos contactos con vida extraterrestre ha sido persistente en ciertos sectores de la sociedad. Nuestros héroes, entonces, están sumidos dentro de una oscura conspiración en la que deben batallar contra las fuerzas burocráticas en las sombras dentro del gobierno, quienes buscan evitar de cualquier manera que la información salga a la luz pública.
El reparto de la serie estaba lleno de personajes misteriosos, sombríos, memorables: desde el Cigarette Smoking Man (“El Fumador”, el “Hombre Cáncer”, etc. interpretado por William B. Davis) como uno de los antagonistas principales; el gran Director Adjunto y supervisor de Mulder y Scully, Walter Skinner (interpretado por Mitch Pileggi) cuya transformación de oposición a aliado es uno de los puntos altos de la serie; el nefasto e impredecible Alex Krycek (Nicholas Lea), hasta informantes como “Deep Throat” y “X”. Todos ellos aportaron notablemente al tono de la serie en sus mejores temporadas, cuando de verdad no se podía confiar en nadie y parecía que nuestros héroes siempre iban varios pasos en desventaja.
A eso debemos sumarle el trabajo musical de Mark Snow – el tema principal de la serie es tan memorable que evoca a la perfección los temas que ella trata. El tema en sí se ha vuelto una institución.

Más allá de la temática conspiracionista, gran parte del éxito (que, digámoslo, no fue completamente inmediato) de la serie se debió a la gran química existente entre Duchovny y Anderson en sus papeles protagónicos. La relación entre Fox Mulder y Dana Scully fue pensada por Chris Carter siempre como una relación estrictamente platónica, lo que volvía aún más valiosos aquellos innegables momentos de tensión sexual entre ambos. Mulder y Scully, más que una pareja romántica -o, por otro lado, simplemente colegas- eran cómplices, compañeros de vida, almas no gemelas sino complementarias: mientras Mulder era el hombre que se rehusaba a dejar de creer en lo paranormal y a darse por vencido en su búsqueda personal (“I Want to Believe”, una frase que lo resume a la perfección), Scully era el escepticismo, la racionalidad, la mesura. La dinámica fue una subversión completa a los tropos televisivos de la época, siendo generalmente el hombre quien poseía las cualidades de escéptico y racional, frente a una mujer creyente y emocional. Dana Scully es, sin lugar a dudas, un personaje femenino modelo, cuya fortaleza no va dada por la parte física sino por su fortaleza de espíritu, capaz de examinar y cuestionar su propia fe católica ante los sucesos que la rodean, y también de replantearse su escepticismo en lo sobrenatural. Una mezcla de ciencia y fe que dota de cerebro y corazón al programa.
Por su parte, Fox Mulder es pura pasión, es ese deseo de encontrar la Verdad (con mayúscula) sin importar la oposición, incluso aunque todo parezca perdido. Es un caos en su propia intimidad, con un departamento desordenado y desaseado, durmiendo en el sofá en vez de la comodidad de su cama. Leal y sobreprotector, carga con la culpa de no poder haber ayudado a su hermana al momento de ser abducida (evento central en la trama de la serie) y con el ser indirectamente responsable de poner en peligro a Scully.

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¿Qué pasó, entonces? ¿Por qué un show que empezó dubitativamente y luego se convirtió en un fenómeno televisivo y la manifestación total del zeitgeist de los 90s terminó siendo cancelado? Quizás un par de cosas podrían explicarlo. Primero, diegéticamente, la historia principal de la serie (la Conspiración) se volvió cada vez más compleja, obtusa e irracional, introduciendo elementos aparentemente importantes que eran olvidados al poco tiempo después, con revelaciones cada vez menos creíbles y cada vez más detalles que colmaron la paciencia del espectador. A eso se le suma la salida de Duchovny de la serie después de la 7° temporada y la aparición de nuevos protagonistas (un intento de “cambio de guardia” en la narrativa de la serie) como los agentes Doggett (Robert Patrick) y Reyes (Annabeth Gish), cambios que no fueron completamente aceptados por los espectadores.
Pero más importante que ello es, a mi juicio, el cambio de la sociedad en sí. The X-Files se mantuvo -en espíritu- inmutable durante sus 9 temporadas, con los mantras de la desconfianza en las autoridades, el control desde las sombras y que la Verdad se encuentra “allá afuera”.

Luego ocurrió el 11 de Septiembre del 2001.

Si hubo un período de “unidad nacional” en Estados Unidos, fue aquél que siguió a la caída de las Torres Gemelas. Los políticos (y luego, la sociedad en sí) no tenían la intención de propiciar una narrativa de desconfianza hacia las autoridades: si había que derrotar al enemigo, había que hacerlo “todos juntos”. Aún más, las fantásticas conspiraciones gubernamentales sobre invasiones alienígenas quedaban reducidas a balbuceo imaginativo al lado de los verdaderos y escalofriantes complots de gente dispuesta a colocarse una prenda de vestir llena de explosivos y detonarla en un lugar transitado, o a volar un par de aviones hacia un par de edificios. La sociedad había cambiado, The X-Files no.

Ahora, sin embargo, las cosas son distintas (en ciertos respectos) a cómo eran hace 20 o hace 10 años. La “unidad nacional” en Estados Unidos fue utilizada inescrupulosamente para maniobras militares de dudosa legitimidad. El avance desquiciado de la tecnología ha permitido una posibilidad cada vez mayor de accountability ciudadano hacia los gobiernos (posibilidad que, siendo honestos, no siempre se concreta), concretándose en situaciones como las de Wikileaks y las filtraciones de la NSA cortesía de Edward Snowden. Es difícil imaginar algo tan importante y con tantas aristas, manteniéndose tanto tiempo en secreto; y las cosas que han salido a la luz son más aterrizadas pero más grotescas que el ocultamiento de posibles extraterrestres: interceptación de comunicaciones a gran escala, prisiones secretas, la “deep web”, etc. Vivimos en un mundo en el que de a poco, aún cuando las autoridades intenten detenerlo a manotazos burdos y tardíos, los secretos van siendo revelados y masificados a gran velocidad. Quizás a eso le teman nuestros gobernantes, y quizás allí puede radicar una veta provechosa para el retorno de The X-Files: la Verdad está allá fuera, y es cada vez más sencillo llegar a conocerla.

Con todo, el escenario en el que la serie vuelve es incierto. Ideológicamente afín (en cuanto la desconfianza hacia las instituciones ha vuelto ser un tema preponderante) pero difícil y traicionero en cuanto entretenimiento puro se trata: las series que fueron inspiradas por The X-Files en su momento se convirtieron en series que inspiraron a otras, a su vez. Hay una oferta masiva de entretenimiento, pero el mercado en sí sigue cruel e implacable: el fracaso mínimo en el rating es recompensado con la no-renovación o, incluso peor, la cancelación directa. ¿Podrá The X-Files recuperar el trono que alguna vez dejó vacante? ¿Serán estos 6 nuevos capítulos tan solo un aperitivo de algo más extenso y definitivo?

Honestamente, desde esta tribuna, Queremos Creer.

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