Mad Men S07E09: “New Business”

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Igual Que Siempre

El capítulo comienza, curiosamente, con una imagen extrañamente atemporal a primera vista. Los verdes y cafés cálidos de la cocina compartida por Don y Betty parecen transportarnos a momentos pasados, hacia principios de los 60s, cuando Dick Whitman seguía siendo un secreto ignorado por casi todos y Betty, llevando el apellido Draper, asistía a sesiones con el psiquiatra para saber la causa de sus males. Algo, sin embargo, no calza, y nuestra propia observación nos lleva a romper el hechizo: Bobby y el pequeño Gene están allí presentes, cada vez más grandes. Betty, ahora llevando el apellido Francis, le comunica a Don que se dedicará a sacar un Master en Psicología. Henry Francis aparece en escena.

A continuación, un breve pero significativo momento. Sutil pero potente.

Don decide retirarse luego de haberle preparado unos milkshakes a sus hijos. Una maniobra cortante, sin despedirse ni de Betty ni mucho menos de Henry. Bobby le sugiere prepararle un milkshake a Henry. Don se niega, le dice “you give him a sip of yours”, acaricia su cabeza y se despide. Es una reacción algo cortante pero esperable. No hay mucho cariño (y probablemente ni siquiera respeto) entre Henry y Don. Henry dice: “maybe I’ll make my own”.

Desde la puerta, con una mirada furtiva, Don observa cómo se desarrolla ante sus ojos una vida que alguna vez lo incluyó, pero no ahora. Es como un alma en pena, deambulando por los lugares donde solía transitar, aferrándose a lo que alguna vez tuvo, lleno de rabia y amargura, observando cómo otros cosechan lo que él sembró. Henry Francis bebiendo un batido preparado por él. Su mujer, sus hijos. Su vida.

Para Henry, en cambio, su propia vida es fruto de su propio trabajo. El Hogar de los Francis no es el Hogar de los Draper. Su propio batido.

Don Draper parece condenado a vivir una repetición constante de vivencias pasadas, y el show en el último tiempo se ha encargado de mostrarnos esta realidad de forma generosa. La repetición en la existencia de Don se vuelve una repetición de temáticas: como espectadores, vemos a Don cometer los mismos errores, intentar levantarse, divisar una pequeña luz de cambio, tambalear y volver a tropezar con la misma piedra. Una rueda, un ciclo con una constante y múltiples variables. Estos dos últimos capítulos no son la excepción. Pasamos de un onírico season premiere en el que la percepción temporal de Don nos confundía a nosotros, borrando las barreras entre lo que fue, no fue y pudo haber sido, a un capítulo donde el pasado resurge, permea el presente, altera el futuro. Lo que fue, lo que es, lo que no será.

La semana pasada, la mesera del café fue, más que un personaje, un símbolo – un déjà vu repentino que servía para reexaminar el presente de Don y lo inalcanzable de “lo que pudo haber sido”, de la vida no vivida junto a Rachel. La mesera (apodada “Di”, sonando como “die”) como una señal borrosa, un sustituto imperfecto de Rachel en el episodio en el que él se entera de su muerte. En este capítulo, sin embargo, la mesera es llamada por su nombre propiamente tal, Diana, y somos testigos de pinceladas de su vida. El sueño, el símbolo borroso toma forma y se concreta de a poco, de lo surrealista a lo real.

Por supuesto, esto no quiere decir que el show pierda el trasfondo literario que adquirió hace varios años ya – el capítulo es, básicamente, un ejercicio en resurrección del pasado de Don. Es un espejo de su ser. Es la manifestación narrativa del ciclo repetitivo que es su existencia.
La historia de Diana es, en cierto sentido, similar a la de Don: lejos de su familia, rehaciendo su vida en una ciudad que no corresponde a sus orígenes rurales. Incluso mintiendo (o, al menos, ocultando información) en un principio, tal como lo haría Don Draper. Don, sin embargo, no ve a la persona que nació desde el símbolo: solo ve el símbolo. Solo ve a Diana como una nueva oportunidad de empezar una vez más, de poder construir lo nuevo a partir de lo viejo.

Think you’re going to begin your life over and do it right. But what if you never get past the beginning again?

Las palabras de Pete resuenan con fuerza en un capítulo irónicamente titulado “New Business”. Los negocios nuevos son los mismos que los antiguos. Cambia lo que tiene que cambiar para que todo siga igual.

El matrimonio entre Don y Megan está completamente terminado. Don volviendo a pasar por el divorcio. Ciclo. Reiteración. Constante.
Para Megan, en cambio, esto tiene un tono ligeramente distinto. Una de las cuestiones que siempre la ha acomplejado es que, en cierto sentido, todos proyectan ciertas imágenes, sentidos y esperanzas sobre ella, pero nadie toma en serio su propia opinión. Don la vio como su esposa obediente y buena con los niños, dispuesta a sacrificar sus propia ambición por el bien de “su familia”. Harry Crane (en una de las escenas más incómodas y nefastas de la última parte de la serie) es grotescamente poco sutil en sus insinuaciones, creando una fantasía en la que él es el héroe y ella una princesa eternamente agradecida por haberla rescatado. Para peor, racionaliza su comportamiento argumentando que es la forma de proceder en ese ambiente; está, en pocas palabras, reduciendo a Megan a una simple prostituta.
Incluso su familia, con sus creencias religiosas, proyectan en ella algo que no es. Su hermana considera que el divorcio es una manifestación del fracaso del matrimonio (más que algo que pasa y puede pasar) y su madre despotrica contra Don cuando, en verdad, lo que ella está haciendo es descargar las frustraciones respecto a su propio matrimonio. Es común en Mad Men ver y escuchar a personajes hablar sobre otros cuando, en verdad, se están refiriendo a sí mismos.

Roger Sterling también proyecta una cierta imagen sobre Megan, sin conocimiento de causa. “Well, don’t settle until you get the number you want. Take it from me, no matter what she says, you have given her the good life… So she never said you squandered her youth and beauty? Used up her childbearing years? Thwarted her career? What career? She’s a consumer!

El día de Megan es, a todas luces, horrible: la opinión desfavorable de su hermana, el hecho de que su madre haya decidido solo por venganza egoísta desvalijar el departamento que ella y Don compraron en conjunto, el horrible y denigrante encuentro con Harry, el haberse enterado de forma súbita y casi brutal que su madre y el mejor amigo de su ex-marido están teniendo un amorío en ese departamento. Un conjunto de cosas que, sencillamente, traen a la luz años de resentimientos y frustraciones que tenía guardada y nunca pudo expresar.

Una de las tragedias de Don Draper es que su comportamiento serial de mitómano le precede y es tan potente y/o destructivo, que cuando dice la verdad nadie le cree. Es como el cuento de Pedrito y el Lobo, pero en la Nueva York de los ejecutivos de marketing. Megan reexamina su pasado (el pasado que este episodio se encarga siempre de resucitar de una u otra manera) y decide estallar ante Don: me arruinaste la vida, perdí mis mejores años por tu culpa, me mentiste constantemente y ahora soy una cáscara amargada por tu culpa. Y Don sabe que es cierto, y admite que es cierto. Cuando le ofrece el cheque por un millón de dólares (de la época), Megan la toma como otra manifestación más del inherente deseo de Don Draper de controlar todo lo que le rodea, como una forma de decir: “no, esto entre nosotros se termina como yo digo”. Pero para Don es un sincero ofrecimiento de paz y el primer paso para cerrar una historia que venía arrastrándose desde hace meses en un limbo desagradable para ambos. Un paso necesario para él, antes de dar su siguiente gran paso.

Cuando Megan regresa a la habitación del hotel que la alberga a ella, a su madre y a su hermana, ve a esta última rompiendo en llanto, lamentando la destrucción de su familia: su madre decidió quedarse en NYC, le rompió su pasaje de avión y le dijo que se las arreglara por sí sola. Es el fin inexorable, y sin embargo Megan no está dispuesta a soportar el lloriqueo y la amargura de su hermana. Toma el catolicismo de su hermana y le refriega su hipocresía en la cara: “it’s a sin to be a ghoul and feed on everyone’s pain”. Quizás haya sido la destrucción de la familia, pero (y como ya mencionamos antes, es común que los personajes en la serie se refieran a sí mismos cuando hablan de otros) como bien lo manifiesta: “she was very unhappy for a very long time. At least she did something about it.

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Para Peggy Olson, el pasado también se manifiesta – de una forma distinta, pero manteniendo su esencia. La aparición de Pima Ryan (en una gran actuación de Mimi Rogers), una fotógrafa de renombre, como colaboradora en una campaña publicitaria, parece traer algo de inestabilidad a la rutina de Peggy y Stan. La torpeza y cohibición de este último dan paso a la necesidad de probarse a sí mismo como un verdadero artista en el rubro del marketing – y Pima siente eso. Se acerca al cuarto oscuro en el que Stan revela las fotos que tomó de su novia desnuda, desnudos “artísticos” que -vale la pena mencionarlo- fueron idea de su novia Elaine luego de que Stan mencionara lo “sensual” del trabajo de Pima… allí seduce a Stan, y Stan engaña a Elaine en el mismo cuarto en el que están esas fotos. Stan, simbólicamente, engañando a su pareja frente a ella misma.
Pima no corre la misma suerte con Peggy. Lo intenta, produciendo una mirada incrédula y memorable por parte de Peggy (gran trabajo de Elisabeth Moss aquí) pero ésta reafirma su poder y su propio control, fijando las reglas del juego. Ella está a cargo. Pima lo admite, pero una leve mueca en su rostro nos revela su frustración.

Al final Peggy se entera, por el mismo Stan, que él y Pima tuvieron “algo”; y Stan se entera que Pima también lo intentó con Peggy. Aquí lo crucial es la reacción de Peggy: negarse a seguir colaborando con Pima. El pasado regresa con otra forma, y ahora Pima es tan solo una versión distinta (mujer, con un look un tanto más masculino pero también consciente de su femeneidad) de la infinidad de hombres con traje que han pasado por la serie intentando seducir de mala manera a las mujeres de la agencia. Depredadores sexuales, que huelen la debilidad de su presa y abusan de su supuesta autoridad para imponerse. Pima sintió la flaqueza de Stan y la necesidad de validarse ante una artista de renombre, y se aprovechó de ello.

Pero prácticamente todo gira en torno a Don, y el espejo que el episodio pone ante sus ojos. En el ascensor del edificio donde vive, se encuentra una vez más (por primera vez desde la 6° temporada) con Arnold y Sylvia. El ascensor en el que Don solía apretar el botón del freno de emergencia para comerse a Sylvia a besos es ahora el escenario de un tenso encuentro entre ex-amantes, víctima y el reemplazo. No es explícito, pero es probable que Sylvia le haya revelado su infidelidad a Arnold, lo que ciertamente informaría sus comentarios un tanto sarcásticos. Sea como sea, Diana le pregunta a Don: “how many girls have you had in this elevator?” A lo que él responde: “that’s not what that was.

Es una mentira, pero tampoco lo es desde cierta perspectiva. Si bien el ascensor fue el escenario del amorío entre él y Sylvia, para Don fue más que un simple amorío – al menos más que la secuencia de mujeres que han pasado ante él últimamente (y que pudimos divisar un poco en el capítulo anterior). Con Sylvia intentaba llenar un vacío, el mismo que intentó llenar con la profesora de Sally, o con Midge, o con Rachel. Incluso con Megan en un principio. Ahora lo intenta llenar con Diana.

La tragedia está, por supuesto, en la inhabilidad de romper el ciclo – incluso cuando se desea hacerlo. En el departamento de Don, la mesera le dice: “how could I be nervous at this point?… there’s a twinge in my chest.” Son casi exactamente las mismas palabras que Don, hace ya casi una década dentro de la narrativa, utiliza para referirse a la nostalgia en su memorable “pitch” del Carrusel (“nostalgia literally means the pain from an old wound. It’s a twinge in your heart, far more powerful than memory alone”) y que en un capítulo tan enfocado a los ciclos, al pasado, a las constantes, a la reiteración, encuentran su lugar perfecto.

La conversación final entre Don y Diana nos lo muestra. El dolor en el pecho, esa nostalgia incontrolable, es el recuerdo de la hija que todavía tiene en su ciudad natal. Estar con Don y vivir con él significaría olvidar esa parte de sí, dejar atrás su vida. Eso es lo que Don siempre ha querido y que, sin embargo, Diana (su aparente alma gemela) decide no hacer. A lo largo de todo el capítulo, Diana se muestra extrañamente reacia a aceptar los gestos de Don – cuando le pide que vaya al departamento, ella dice que está en el trabajo; cuando él se ofrece a ir allá, ella decide ir al departamento; le ofrece un trago, ella dice que ya bebió. El rechazo del final es el punto en el que todo sale a la superficie: aceptar completamente a Don es olvidar algo que no quiere olvidar. El pasado de Don lo persigue como una sombra, y se rehúsa a dejarlo partir. Don Draper quiso olvidar su pasado, pero su pasado no quiere olvidarlo.
Y así se queda, solitario y desconcertado en un departamento vacío.

Observaciones varias:

-El “which part?” de Peggy a Stan refuerza la autoridad que ha adquirido y que se contrapone a la manipulación de Pima.
-Betty pasó de paciente de psiquiatra (o psicólogo) a estudiante. Avances.
-Lástima que no hayamos podido ver a Don jugando golf sin el atuendo apropiado. El hecho de que Don le haya dicho que “arrendaría unos pantalones” para jugar golf, arremangarse su camisa y tirar su corbata sobre su hombro, y que probablemente eso le guste a los ejecutivos con los que deben encontrarse, revela muy bien aquéllo que Pete siempre ha odiado de Don. Si él lo hiciera, solo generaría burlas – pero Don utilizaría su carisma a su favor.
-”It’s a wonder you don’t have syphilis”
-”I’m not disappointed… neither was she.” Stan Rizzo, un galán.
-Otro sólido capítulo demostrando la habilidad para la comedia de John Slattery como Roger Sterling.
-Ni Joan, ni Ken, ni Sally (ni Cutler, ni Ted, ni mucho menos Lou) aparecieron en el capítulo.
-Megan le devuelve el anillo a Don. Ese anillo había sido de Anna Draper, quizás la persona más significativa en la vida de Don. La devolución del anillo, otra vez el pasado siendo regurgitado en el capítulo.

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