Game of Thrones S05E02: “The House of Black and White”

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Poder e Identidad

Es imposible hablar de Game of Thrones sin referirse al poder: es lo que le da, metafóricamente, el nombre a la serie. El “Juego” que los nobles de Westeros juegan, no es sino una constante maquinación política para determinar cuál de ellos se queda con ese poder que tanto anhelan. El poder de imponer su voluntad, de dominar en términos absolutos. Algunos lo “juegan” de forma más o menos abierta – formando alianzas entre diversas casas mediante matrimonios concertados o jurando lealtad a casas más poderosas. Otros, como Petyr Baelish o Varys, prefieren mover las piezas desde las sombras.
Una de las cosas que distingue a Game of Thrones (y los libros de A Song of Ice and Fire) de otras obras es, sin embargo, el detenimiento con el que trata la situación de quienes juegan dicho “Juego”. Quiénes fracasan en el intento, quiénes logran una victoria efímera, quiénes prefieren jugar a largo plazo y soportar los obstáculos temporales en pos de un premio mayor – y en particular, las consecuencias que se derivan (especialmente para aquéllos que no detentan poder alguno) de las acciones de estos “jugadores”. Una cosa es construir una narrativa en función de un personaje que busca adquirir ese poder y las aventuras y desventuras que le suceden en su búsqueda; otra cosa muy distinta es mostrarnos, a veces sin tapujos, lo que sucede una vez que el poder se obtiene. En el mundo de Game of Thrones no hay un “vivieron felices para siempre”. La felicidad es efímera. El detentador del poder, también. Las más de las veces, se llega a descubrir que estar a cargo de un reino, de una ciudad o de una casa es más una carga que una bendición – y que a veces hay que ser cuidadoso con lo que se desea.

Por lo mismo, a veces la serie nos entrega episodios como éste, centrados en la dificultad para gobernar a la que se enfrentan quienes actualmente detentan dicho poder.

Cersei, por ejemplo, se encuentra en una situación precaria tanto interna como externa. El asesinato de su padre a manos de Tyrion, sumado a la creciente influencia de Margaery y los Tyrells sobre Tommen, contribuyen a una inestabilidad emocional permanente. Cersei siente que se está quedando sola: su hermano menor es un monstruo parricida; su hermano y amante ha perdido el foco luego de haber perdido su mano, volviéndose una sombra de lo que era; su hijo mayor está muerto; su hijo menor está siendo manipulado por otra ambiciosa familia de nobles; su hija se encuentra a cientos de kilómetros de distancia, como huésped de una familia que los odia; y ,por último, la mayoría de sus colaboradores cercanos son aduladores incompetentes. Cersei comienza a sentir la paranoia. La profecía de la bruja en su niñez le carcome la mente. Será suplantada como reina. Sus hijos morirán. Paranoia. No hay nadie en quién confiar.
Cuando recibe un simpático regalo por parte de la gente de Dorne (la efigie de una serpiente con un colgante en su boca – colgante que solo ella y su hija Myrcella poseen), inmediatamente lo interpreta como una amenaza. Su hija está en peligro. Logra manipular sutilmente, como ella sabe, a Jaime para que termine cediendo ante el peso de su propia culpa y decida traer a su hija de vuelta a casa. Cersei le reprocha a Jaime no haber sido un verdadero padre para Myrcella, pero Jaime le responde con franqueza y sensatez: reconocer públicamente la paternidad, aunque no sea de forma expresa, es sentenciar a muerte a sus hijos. Lo anterior no significa, sin embargo, que los abandone a su suerte: para evitar que Myrcella termine como Joffrey (v.gr. muerta) se embarca en una riesgosa misión “diplomática” hacia Dorne.

Para Cersei las cosas no terminan allí, sin embargo: la reunión del Consejo Privado empieza como una manifestación burda de su juego político (nombrando al simplón pero dócil Mace Tyrell como Consejero de la Moneda, en vez de Mano del Rey; al tétrico Qyburn como jefe de inteligencia ante la evidente molestia y envidia de Pycelle) y termina como botón de muestra de que el peso político que posee tras la muerte de su padre parece disminuido: Kevan Lannister, su propio tío, ve a través de la farsa y exige que sea el mismo Tommen el que lo nombre como Consejero de Guerra (y, además, que esté presente en las sesiones del Consejo para “aprender a gobernar”) en vez de una evidente actuación de titiritero cortesía de Cersei. “You’re the Queen Mother – nothing more” en sus propias palabras.

La misión a Dorne tiene un hilo definido dentro del capítulo: desde las sospechas de Cersei y la culpabilidad propia de Jaime pasamos a los inicios del plan de éste para intentar llegar a las tierras del sur: reclutar al mercenario favorito de todos, Bronn (o mejor dicho, Ser Bronn of the Blackwater). La interpretación oscuramente graciosa de Jerome Flynn le ha hecho merecedor al personaje no solo del cariño de la audiencia, sino también de los showrunners: el rol del personaje se ha visto notoriamente ampliado en comparación a los libros. Ahora lo encontramos “disfrutando” de la vida junto a su prometida, la simplona Lollys Stokeworth, mientras le dice casi perfectamente lo que ella quiere oír. La vida de casado parece que le quedaría como un guante.
Jaime fuckin’ Lannister” aparece, sin embargo, para subvertir las expectativas de Bronn: si tienen éxito en la misión a Dorne, la prometida y el castillo de Bronn serán mucho mejores. Para alguien con una dudosa moralidad, y con una amor al dinero mayor que su bondad innata, esto suena menos como una misión imposible y más como una gran oportunidad. A lo largo de la temporada tendremos más aventuras con Jaime y Bronn, lo que siempre es bueno.

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La historia sobre Dorne en este capítulo tiene su punto lógico final, justamente en los Jardines de Agua de Dorne. La transición entre escenas está a gran nivel: desde Jaime mirando hacia el mar, hablando sobre ir lo más al sur posible, a Ellaria Sand mirando en dirección al agua en los Jardines, ya en Dorne. Es sutil pero bien logrado: una conexión entre dos personajes que ya conocemos y que se encuentran temáticamente enfrentados. Aquí aparecen por primera vez dos personajes importantes: Doran Martell, Príncipe de Dorne y hermano del fallecido Oberyn (a quien todavía extrañamos), interpretado por Alexander Siddig -más conocido por su papel como el Dr. Julian Bashir en Star Trek: Deep Space Nine- y el capitán de su guardia, Areo Hotah (DeObia Oparei). La tensión entre Ellaria y el pasivo Doran es evidente: Ellaria desea una reacción inmediata y aparente ante la muerte de Oberyn. Doran, por su parte, prefiere evitar una guerra. Ellaria va más allá – pretende descuartizar a Myrcella y enviarla de vuelta a su casa pedazo a pedazo, un brutal mensaje para los Lannister.
Doran le recuerda que en Dorne no descuartizan a niñas. No bajo su mandato. La pregunta es ¿cuánto durará eso? Doran es, a primera vista, un hombre demasiado pasivo. Posee rabia interna, y eso es evidente: las miradas de amargura en las escenas con Ellaria así lo demuestran. Su mermada condición física y la falta de reacción evidente dan la impresión de un hombre debilitado ante los ojos de los demás, pero no nos engañemos: Doran Martell es el Príncipe de Dorne y como tal, debe anteponer los intereses de su pueblo por sobre los propios. Como gobernante, se encuentra en un peligroso pero vital acto de equilibrismo. Para Ellaria, él posee el poder y sin embargo, se rehúsa a usarlo de forma significativa.

La conversación entre Varys y Tyrion en el carruaje camino hacia Meereen (pasando por Volantis) es crucial para el capítulo, teniendo una conexión temática con varias de las historias que en él se desarrollan: el poder que cae en gente como “ellos”, outsiders, repudiados por la opinión pública pero repudiando a la misma opinión al mismo tiempo. Construyendo “cajas” para protegerlos de la chusma, y sin embargo, nunca contentos o satisfechos con el poder que ejercen dentro de esa caja. Las barreras contra el mundo exterior que terminan convirtiéndose en una prisión.
El capítulo está lleno de outsiders en posiciones de poder: Cersei con su autoridad mermada después de la muerte de Tywin; Doran y su debilidad física y aparente falta de reacción política; Daenerys y las dificultades de ser gobernante más allá de conquistador; Stannis Baratheon, el pretendiente (y autoproclamado Verdadero Rey) al Trono de Hierro que muy pocos seguirían y Jon Snow, el Bastardo de Winterfell, el traidor que pasó tiempo con los salvajes y llegó a amar a una de ellos.

La historia en el Muro ha sufrido de aceleración, lamentablemente: tanto el ofrecimiento de Stannis de legitimar a Jon como Stark y convertirlo en el Señor de Winterfell siempre y cuando le jure lealtad, como la elección de Lord Commander parecen ser eventos menores -en la forma cómo se presentaron- de lo que realmente son. Estamos hablando de dos cuestiones fundamentales que cambian la forma en que Jon Snow se concibe a sí mismo y de cómo se desenvuelve ante los demás. Un verdadero cambio de status quo. Sin embargo, de igual manera se relacionan con el otro gran tema del que trata el capítulo: la búsqueda de identidad y su autodeterminación. El ofrecimiento de Stannis es el cumplimiento del deseo que Jon siempre tuvo: dejar de ser El Bastardo de Winterfell para ser, propiamente tal, un Stark. Pertenecer ya no solo en espíritu, sino que también en nombre, completa y definitivamente, a su Casa. Dejar de ser outsider.
Sin embargo, al igual que su padre (y, como veremos más adelante, Brienne), todavía es un hombre demasiado honorable para un mundo que no lo es – y rechaza el ofrecimiento. Debiera ser una decisión que tome al menos un par de semanas, sin embargo el capítulo la contrarresta casi inmediatamente con otra escena que debiera sentirse más importante de lo que aparece: la elección de Jon como el nuevo Lord Commander, luego de un breve pero memorable discurso de campaña de Sam Tarly a su favor. La escena se siente un tanto anticlimática, pero al menos vale la pena por la buena actuación de John Bradley como Sam, y el ver humillado al nefasto de Janos Slynt.

Brienne también se encuentra en búsqueda de una identidad propia: luego de ser rechazada, al final de la temporada pasada, por una Arya cada vez más agotada emocionalmente, Brienne va en busca de la otra hija Stark. El episodio pasado parecía seguir la costumbre de los libros (y de la serie) más allá de las circunstancias distintas: el guiño casi como burla a la involuntaria proximidad física entre ambos grupos y la realización de que sus caminos serían absolutamente opuestos. La larga espera por una reunión como la tónica de la serie. Sin embargo, este capítulo nos destruye de lleno esas expectativas de forma casi inmediata: en una de sus detenciones en una posada, Pod divisa y reconoce a Littlefinger y Sansa en el mismo lugar. Allí Brienne es rechazada una vez más por una Stark, gracias a un hiriente pero preciso “asesinato de carácter” cortesía de Petyr Baelish: juró proteger a Renly Baratheon y falló, juró proteger a Catelyn Stark y falló, ¿qué tan confiable puede ser? Las dudas de Sansa sobre su persona son razonables a la vista de alguien que no ha visto las cosas desde la perspectiva de Brienne. El rechazo nos lleva a una buena escena de persecución a caballo y acción en la que Brienne se luce una vez más por su destreza en combate y Pod por su torpeza. Pero también nos lleva a un momento de reflexión: si las personas a quienes juró proteger rechazan su protección, ¿su juramento queda invalidado? Quizás otra persona habría desistido y vuelto a su casa, pero Brienne parece autodefinirse en base a servir y proteger a otros. Ha construido su identidad en base a esos juramentos de fidelidad y el rechazo parece dar pie a un viaje que tenga como destino (aunque suene cliché), descubrirse a sí misma por fin.

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Los temas de poder e identidad se fusionan en la figura de Daenerys Targaryen, sufriendo una crisis interna y externa; el acto de equilibrismo sobre su identidad determina completamente su faceta externa: dividida entre ser como Rhaegar, un hombre justo y respetado por sus pares, o como Aerys, temido y odiado por todos. El asesinato de un Inmaculado cortesía de un “Hijo de la Arpía” enmascarado es la oportunidad precisa para que el conflicto se haga evidente: el hombre aparentemente responsable es aprehendido, ¿qué castigo merece? ¿Cómo apaciguar a una ciudad dividida entre quienes desean volver a un pasado en el que trataban a otros como objetos (o peor), y quienes desean construir un futuro nuevo con la sangre del pasado? ¿Cómo juzgar a ese hombre sin romper la frágil e ilusoria paz que se ha logrado? Barristan le recuerda a Daenerys la forma en que Aerys, su padre, reaccionó cuando la gente se rebeló en su contra:  quemando pueblos enteros, asesinado a hijos frente a sus padres, impartiendo la “justicia” que él creía que ellos merecían y sintiéndose poderoso por ello. La promesa de un juicio justo para el Hijo de la Arpía se ve quebrantada cuando Mossador, uno de los esclavos libertos y colaborador de Daenerys, asesina él mismo al Hijo de la Arpía, tomándose la justicia con sus propias manos. La decisión de Daenerys cambia de foco: ahora el castigo debe ser para uno de sus colaboradores y miembro del sector de la población que más la apoya. El idealismo de Daenerys le juega en contra, optando por dispensar una “justicia apegada a la ley” en vez de una solución más pragmática. Le juega en contra porque ahora los únicos que la apoyaban la ven como una conquistadora que asesinó a uno de los suyos en vez de una libertadora dispuesta a romper con el antiguo orden.
Su conflicto se ve reflejado incluso en su relación con sus “hijos”, los Dragones: es incapaz de controlarlos y someterlos. Si Daenerys no sabe quién y qué es, no puede dominar nada. ¿Qué quedaría para Westeros?

No es azaroso que un capítulo como “The House of Black and White”, tan preocupado de la identidad y autodeterminación de los personajes dentro de la historia, sea también una suerte de punto de inflexión para la serie, despegándose casi definitivamente del material original de los libros. Más allá de si esto es bueno o malo (en nuestra opinión: no es ni bueno ni malo per se), sirve especialmente para reafirmar la identidad de la serie como una cuestión separada a los libros. Una adaptación que toma los materiales originales y les da una forma propia. Las críticas a la serie debieran ser en cuanto serie y luego en cuanto adaptación; criticar a la serie por desviarse del camino de los libros es básico y hasta contraproducente si la crítica solo se queda en eso: lo importante es que el rumbo que tome la trama de aquí en adelante tiene o no sentido interno y si es coherente, no si es fiel. Como siempre, dependerá de cada uno determinar si el camino que toma la serie es lo suficientemente poderoso y atractivo para ser juzgado por sus propios méritos. Nada menos ni nada más.

Observaciones varias:
-Lo que le da el nombre al capítulo es la historia de Arya en Braavos. Se agradecen las tomas que nos establecen la ciudad, otorgándole una identidad visual distinta a los otros lugares que hemos visto anteriormente, un equivalente fantástico a Venecia. La llegada de Arya a la Casa de Blanco y Negro es, también, una manifestación del tema de la identidad que atraviesa el capítulo: la reaparición de Jaqen H’ghar (un cambio favorable y conciso en relación a los libros, reintroduciendo un personaje memorable y expandiendo su rol en vez de un desconocido sin mucha evolución) nos da paso a la siguiente etapa en el camino de Arya: convertirse en alguien Sin Rostro. La búsqueda de su identidad en Westeros llegó a su fin, en Braavos ahora se le ofrece la oportunidad de abandonar su propia identidad para convertirse en todos y nadie a la vez.
-Más allá de la cuestión temática, es difícil no criticar la escena de Brienne, Petyr y Sansa en la posada en cuanto a razonabilidad: ¿decir el nombre de Sansa en voz alta en un lugar público, sabiendo que es buscada por Regicidio? Quizás había otras maneras de llevar a cabo dicho encuentro sin que fuera tan artificioso.
-Una maravilla de la edición: de Tyrion preguntando si acaso su hermana mataría a todos los enanos hasta encontrarlo, pasamos a la toma de la cabeza de un enano yaciendo sobre una mesa ante Cersei. Ella de verdad no escatima en gastos en su búsqueda frenética.
-Relacionado con lo mismo: creepy Qyburn is creepy. Atención con el cuerpo amortajado en una mesa en la misma escena.
-El premio a la mejor línea del capítulo se encuentra en la escena entre Varys y Tyrion en el carruaje. Varys: “Are we really going to spend the entire road to Volantis talking about the futility of everything?” Tyrion: “you’re right, there’s no point”.
-Maester Aemon votando por Jon, riéndose de la humillación de Janos Slynt. Un grande. Nuestros respetos.
-Selyse debe ser una de las peores madres de Westeros.
-Por su parte, Shireen debe ser la mejor maestra de lectura en Westeros.
-Siguiendo con Selyse, probablemente una de sus líneas sea un guiño meta a quienes son puristas respecto al material de los libros: “all your books and you still don’t know”. Somos como Juanito Nieve. No sabemos nada.

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