Mad Men S07E11: “Time & Life”

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Tiempo, Vida, Pasado e Identidad

Time & Life juega con nuestras expectativas. Nos muestra un abanico de situaciones superficialmente similares a varias que ya hemos visto antes a lo largo de la serie y nos hace creer por unos instantes que el resultado será el mismo que alguna vez fue. Nos muestra retratos íntimos que sirven como ecos de conversaciones de años pasados; el eterno retorno, reflejos, déjà vu. Una agencia al borde de la desaparición, un plan descabellado para salvarla, 24 horas para hacerlo; la maternidad oculta de Peggy y la conversación con un colega respecto al sacrificio personal en el que tuvo que incurrir para lograr el éxito profesional; intentos reconciliatorios con viejos amores, la posibilidad de empezar de nuevo desde las cenizas, los pitches de Don Draper – todo ello es algo que ya hemos visto. Algo que hemos sentido a lo largo de todas las temporadas de la serie. Algo que vivimos vicariamente a través de los personajes de la agencia.

Sin embargo, las cosas no salen como lo planeaban. No tenían opción en verdad. La suerte ya estaba echada.

We’ve done it before” dice Don Draper (y luego Roger utiliza las mismas palabras) mientras idea un plan para salvar a Sterling Cooper & Partners de ser absorbidos totalmente por McCann-Erickson. Se habían escapado de las garras de dicha agencia a finales de 1963, urdiendo un plan que terminó significando perder solo el nombre antiguo y renacer, con un nombre distinto, en oficinas distintas pero con casi los mismos clientes. Fue, en esencia, la misma rutina de Dick Whitman pero a una escala mayor: sentir la llamada de la muerte, la finalidad, lo aparentemente inevitable – y huir, forjarse una identidad nueva y comenzar de nuevo. La trama central de Time & Life es, entonces, una referencia directa; otra muestra más del ciclo en el que los personajes de la serie parecen estar inmersos. La reiteración de conductas, el tropezar con la misma piedra, cometer los mismos errores, esperar las mismas cosas.

What’s in a name?” pregunta Don, citando a Shakespeare. ¿Qué hay en un nombre? ¿Qué hay tras él? Dick Whitman utiliza el nombre de alguien muerto, pero ¿ha dejado de ser Dick Whitman? La antigua Sterling Cooper fue absorbida por McCann-Erickson casi como un cascarón vacío, solo un nombre sin contenido alguno; ¿no fue Sterling Cooper Draper Pryce la misma agencia solo que con un nombre distinto? ¿Qué hay en un nombre, entonces? Y sin embargo, en Time & Life los personajes luchan para mantener un nombre, lo enarbolan como bandera de batalla, se aferran a él ante la aproximación de lo inevitable. Es razonable esperarlo de Don: Sterling Cooper & Partners, aunque se haya convertido en propiedad de McCann-Erickson, era en la práctica una agencia independiente – algo que es un leitmotiv en la vida de Don: la lucha furiosa, (auto)destructiva y hasta irracional por mantener un rango de independencia. Que SC&P pase a ser absorbida completamente por su agencia matriz es anatema para su filosofía de vida, es aceptar convertirse en un engranaje dentro de una prestigiosa máquina y dejar de ser el espíritu indomable y en constante reinvención que pretende ser. En el otro extremo está Ted, en muchos respectos el opuesto de Don Draper: desde las primeras ocasiones en las que divisamos al personaje, siempre fue desde la perspectiva peyorativa de Don; el rival envidioso en la competencia, el mentor substituto de Peggy que se convirtió brevemente en su amante (en contraposición a la relación duradera, cambiante, a veces abusiva, estrictamente platónica pero real entre Don y Peggy), el hombre que fue a California a trabajar en vez de él. Ahora Ted, si bien se encuentra en una etapa mucho menos confrontacional con su otrora némesis, sigue siendo representado como su opuesto: mientras Don decide huir nuevamente de las fauces de McCann, Ted no tiene problemas en aceptar la absorción. Don ha basado toda su vida en la búsqueda de la independencia; Ted ha llegado un punto en el que, simplemente, su fuego interno ya no brilla como antes. Además, luego de divorciarse de su mujer, encontró una nueva pareja y no tiene ganas de mudarse a California; para Ted, éste solo es un lugar al otro lado del país que le trae una serie de malos recuerdos. “I don’t know what it means to you, but it doesn’t mean anything to me.” Para Don, en cambio, California sigue siendo su ideal mítico de paraíso, la puerta abierta por la cual ingresa a una nueva vida, lejos de todas las cadenas que lo atan a su rutina y el lugar donde vivió la única persona (Anna Draper) que conoció y aceptó al verdadero Dick Whitman: “It does mean something to me”. No dice qué. No con sus palabras, al menos. La expresión que usa (“something”) es vaga, imprecisa, quizás intencionalmente pequeña ante la enormidad de lo que la costa oeste realmente le ofrece.

Para Roger Sterling, luchar por la independencia de SC&P no es sino otra manera de preservar su legado, su nombre. El apellido Sterling acaba con él, con su inevitable muerte: su hija Margaret ahora lleva el apellido de su marido (Hargrove); Kevin, el hijo que concibió junto a Joan, lleva el apellido del infame de Greg (Harris). SC&P es lo último que va quedando, el último bastión. La noticia de la absorción completa por parte de McCann cala hondo no solo por el hecho de romper por completo ese sueño de preservar su legado, sino porque también es un recordatorio de aquello que sabemos pero que queremos siempre ignorar: todo llega a su fin. La escena en la que la llamada telefónica le informa de los planes de McCann es un hermoso y sutil momento entre Roger y Joan: dos personajes que también tienen una unión duradera y real, a pesar de que sus corazones los hayan llevado por caminos distintos. Aunque no digan palabra alguna, un simple gesto basta para comprenderlo.

La historia de Pete en el capítulo también está empapada de las temáticas de identidad y pasado, uniéndose en una suerte de clímax graciosamente absurdo. La hija de Pete y Trudy queda en lista de espera para ingresar al prestigioso colegio en el que los antepasados de Pete siempre han estudiado. Esto, obviamente, desata la ira de Pete: ¿cómo es posible que su hija, una Campbell, haya quedado solo en lista de espera en vez de ingresar inmediatamente? Para Pete, su apellido es garantía de prestigio, de tradición, de privilegio, de calidad.

Cuando él y Trudy van a hablar sobre la situación con el director de la escuela, el motivo por el cual su hija no fue aceptada es prácticamente un insulto: Tammy tuvo un mal resultado en la prueba de “dibujar a un hombre”, dándole a entender los efectos supuestamente nocivos que tendría en la vida de la pequeña la falta de una figura paterna en su vida. La otra razón es, quizás, más real pero al mismo tiempo más absurda: el director de la escuela es un MacDonald, cuyos antepasados escoceses fueron asesinados por el Clan Campbell en la llamada “Masacre de Glencoe” en 1692. Para el director MacDonald, el apellido Campbell no es prestigio y privilegio, sino sinónimo de traición y cobardía. El humor de la escena va en aumento (“the King ordered it!”) y culmina con un hermoso golpe por parte de Pete al director. La guinda de la torta: “another sucker-punch from the Campbells! Coward!” Cuando Mad Men es graciosa, es muy graciosa.
Pero el pasado en la historia de Pete también se manifiesta de forma más sutiles en este capítulo. Luego del incidente en el colegio (“Peter, you can’t punch everyone” – gracias, Alison Brie), Pete y Trudy tienen un pequeño momento entre ambos. No es nada tan grande ni tan importante sino quizás algo subconsciente en el que ambos, por unos instantes, olvidaron qué los llevó a divorciarse. No hay discusión, no hay frialdad ni lejanía; un acercamiento verdadero entre dos personas que se han quedado solas por diversos motivos después de haberse separado. Aún cuando tal vez hayan estado solos incluso cuando estuvieron (nominalmente) juntos, es probable que no supieran qué era la verdadera soledad. Trudy exclama que no tiene amigos y que los únicos hombres que coquetean con ella ya están casados, y que en 10 años más se quedará completamente sola. Pete responde de la manera más dulce que tal vez le hayamos escuchado en pantalla: “that is not true – you’re ageless”. Otro gran momento entre dos personajes que no quiere una actuación rimbombante para ser efectivo.
Por supuesto, el otro eco del pasado en la vida de Pete es ese vacío en forma infantil, el hijo que tuvo con Peggy y que nunca alcanzó a conocer. El momento en el que ve a una niña (que se encontraba en la agencia participando de un casting) abrazar a Peggy es otro de aquellos en los que no es necesario que la serie lo diga explícitamente, pero que el significado se revela en su plenitud para los que han seguido a estos personajes desde el principio. Es, tal vez, lo que gatilla la decisión de Pete de confiarle a Peggy la información (hasta ese momento secreta) de la inminente absorción de SC&P por parte de McCann. Esta escena nos evoca visualmente, con una precisión envidiable, una de las escenas de la primera temporada de la serie en la que Pete le habla a Peggy sobre la caza; y si bien no es, exactamente, una reiteración de lo allí sucedido, sí se encarga de mostrarnos el vínculo entre Pete y Peggy, otro vínculo real y volátil pero duradero, construido a base de secretos (como el ahora manifestado) entre ambos.

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Para Peggy el pasado también tiene forma de niño, y es algo con lo que debe lidiar todos los días de su vida. Su reacción un tanto inusual ante los niños es malinterpretada (razonablemente, considerando que no tiene la información suficiente) por Stan como una aversión o rechazo hacia ellos. Dicha percepción se refuerza con la escena en la que discuten Peggy y la madre de una de las niñas que se había quedado en la agencia: para Stan, sería otra muestra de la incapacidad de Peggy de relacionarse con los niños.Todo decanta en una de las escenas más hermosas del capítulo, la conversación en la que Peggy se desahoga ante Stan. Es tanto una declaración de empatía, a pesar de sus diferencias, con la mujer con la que tuvo la discusión (“she should be able to live the rest of her life just like a man does“) como una manifestación profunda, emocional e imparable, del trauma que la ha acompañado desde el fin de la primera temporada, hace casi ya 10 años dentro de la historia. “I’m here and… he’s with a family somewhere. I don’t know, but it’s not because I don’t care. I don’t know, because you’re not supposed to know… or you can’t go on with your life”. Peggy sacrificó su maternidad para poder avanzar en su carrera – y es un sacrificio que no se le puede (ni debe) exigir a nadie. Enorme trabajo de Elisabeth Moss y Jay R. Ferguson en una de esas escenas que serán recordadas por mucho tiempo más por quienes seguimos esta serie.

Las cosas no salen, a final de cuentas, como Don y los restantes socios de SC&P querían. La reunión con Jim Hobart no fue el pitch mágico de Don Draper que pretendía ser: interrumpido poco tiempo después de comenzar, Hobart les dice que su decisión es final pero que, al mismo tiempo, es algo bueno para ellos. Tendrán acceso a clientes de primer nivel, como Buick y Coca Cola. “You are dying and going to advertising heaven”, dice Jim Hobart (otra vez la serie utilizando la metáfora de la muerte). Todos los socios (excepto Joan, como ella misma lo nota con posterioridad) son tentados con cuentas de primer nivel a cambio de su independencia. “Stop struggling. You won”. Es algo que Hobart dice para convencerlos, pero que no deja de sonar siniestro. Dejen de luchar. Ríndanse. Todo terminará pronto. De las posibilidades abiertas e infinitas de SCDP a la certeza del éxito como engranaje en una gran maquinaria llamada McCann-Erickson.

Cuando, después de que los rumores se salieran de control, Don y el resto de los socios deciden informarle al resto de la agencia la situación con McCann. Don Draper ya tiene lista su lengua plateada, su don de la palabra, aquéllo que cautivará y emocionará al resto y hará que caigan bajo su encanto.

Pero su audiencia no presta atención. La incertidumbre del futuro del trabajador común es más poderosa que las promesas de un futuro mejor por parte de un ejecutivo cuenta-cuentos. “This is the beginning of something, not the end…” dice Don Draper, pero el fin está cerca. El fin es inevitable. Todo termina.

Don se quedó sin matrimonio, sin amante, sin departamento, y ahora se queda sin agencia. Dejen de luchar, han vencido. Si es una victoria, ¿entonces por qué sabe tan amarga?

Observaciones varias:
-Lou Avery sigue siendo el peor. Su (esperamos) escena final de la serie es, sin embargo, una joya de la comedia. Esa soberbia llamada telefónica que culmina con “sayonara, my friend! Enjoy the rest of your miserable life!” es una increíble manera para despedir a un personaje.
-Siguiendo con Lou Avery – su ridícula tira cómica “Scout’s Honor” sería adaptada por Tatsunoko (“they made Speed Racer, Don!”) como animé en Japón. Momento freak: la primera aparición en la serie de Lou Avery fue en la 6° temporada, en el aeropuerto en el que se encuentran Roger y Don viajando para intentar convencer a Chevrolet de hacer negocios con ellos. Atención con el afiche que aparece atrás de Lou Avery…
-Ken vuelve y cumple la promesa de la vez pasada: se venga de Roger y Pete con un preciso pero brutal “no”. ¿Se acuerdan cuando Ken era el tipo de la agencia que separaba el resto de su vida de su trabajo y soñaba con escribir ciencia ficción?
-Don se entera que Roger tiene un amorío con Marie, la madre de de Megan. Ante la mirada incrédula/reprobatoria de Don, Sterling lanza otra de sus grandes frases: “When I married my secretary, you were hard on me. Then you went and did the same thing.”
-No deja de ser curioso (y apropiado) que un episodio tan centrado en el pasado volviendo de cierta manera al presente haya sido dirigido por quien fue “Lane Pryce” en su momento: Jared Harris.
-¿Es Meredith la mejor secretaria de Don? ¿O será la infravalorada Dawn? ¿O quizás la hilarante Señora Blankenship?

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