Game of Thrones S05E07: “The Gift”

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Reinos en Crisis

We march to victory, or we march to defeat. But we go forward, only forward” – Stannis Baratheon.

Las palabras de Stannis sirven para guiar nuestra discusión lejos de la batahola generada por el final del capítulo anterior. Son, por supuesto, una manifestación de lo inflexible del carácter del Monarca – pero también pueden servir como un meta-comentario acerca de lo poco fructífero de detenerse incesantemente en un punto, sin salir de sus confines. En lo que a “The Gift” respecta, no soluciona todos los problemas ni las críticas que se han alzado en contra de esta temporada -y, en cierto punto, respecto a la serie en general- pero también logra zafarse de manera hábil en otros aspectos.

El capítulo en sí no tiene un solo hilo conductor, pero observamos una serie de temas que se van conjugando en la mayoría de las escenas. Comenzamos la jornada en el Muro: Jon Snow se prepara para partir en la controvertida-pero-noble misión de convencer a los salvajes de moverse hacia el otro lado del Muro, dejando a Sam y Gilly con un aliado menos en el Castillo Negro. El precario estado de salud del Maestre Aemon solo empeora las cosas; como bien dice el desagradable Alliser Thorne: “you’re losing all your friends, Tarly”. Uno parte hacia las tierras indómitas más allá del Muro que protege los reinos de los hombres, y otro parte más allá del alcance de todo ser vivo, a ese destino inexorable. Las escenas de agonía y posterior fallecimiento del Maestre Aemon están llenas de tristeza, con un dejo de nostalgia; mientras yace en su lecho de muerte, el Maestre rememora sus días de juventud con una de las líneas más emotivas escritas en los libros (y que agradecemos que hayan ocupado en la serie): “Egg? Egg… I dreamed that I was old.” La despedida en sí del personaje estuvo a cargo de -quién más- Sam, cuyo discurso en recuerdo del Maestre Aemon también constituye un golpe emocional para todos quienes nos encariñamos con su sabiduría. Un respetuoso adiós para un personaje que, si bien no tuvo una presencia constante en la serie, de igual manera logró posicionarse como uno de los más importantes en su contexto. Ahora su guardia ha terminado, Maestre Aemon, pero le deseamos un buen viaje.

La partida de Jon y del Maestre, por tanto, repercuten de forma inmediata en Sam (y, por ende, en Gilly): han quedado desprovistos de sus dos mayores aliados en el Muro, especialmente de una figura paterna, una situación que es aprovechada por los elementos menos decorosos de la Guardia de la Noche. En una escena que es -lamentablemente- criticable casi por las mismas razones (aunque tal vez con menor intensidad) que aquélla de la semana pasada, dos Hermanos de la Guardia intentan violar a Gilly. Sam, obviamente, sale a su defensa – la desventaja numérica y su deplorable afinidad para el combate jugándole en contra. A pesar de ser brutalmente superado, incluso al punto de ser golpeado en el rostro hasta sangrar, Samwell Tarly se levanta, desafiante. Si uno de los Caminantes Blancos y un Thenn han caído por su mano, ¿por qué un par de maleantes comunes (aún cuando sean sus “hermanos”) no podrían caer también?

En el momento preciso vuelve Ghost (y no en forma de fichas, a decir verdad). El direwolf de Jon Snow hace acto de aparición y salva a Sam y Gilly de un destino mucho más infausto.

La “recompensa” de Sam por su valentía es un momento tierno e íntimo con Gilly – una escena cuya ubicación es un tanto discutible pero que sirve para marcar el desarrollo de personaje de Sam y de Gilly, saliendo un poco de la sombra de Jon y recuperando su autonomía. Respecto a Sam, en particular, uno de los elementos que ha caracterizado su arco es la suerte de crisis de masculinidad (o de cómo ésta es entendida tradicionalmente) que lo aqueja: un gordo sensible, tímido, inepto para la guerra, menospreciado por su padre (un guerrero fiero y orgulloso) y por el resto de sus hermanos de la Guardia de la Noche; de a poco, Sam ha ido superando esas vallas de forma no muy prístina, pero igualmente valederas: ha sido el único que ha logrado derrotar a un Caminante Blanco, logró -hasta cierto punto- influir en la elección de Jon como Lord Comandante y ha adquirido un coraje tal que le permite defender, incluso poniéndose en riesgo a sí mismo, a aquéllos a quienes quiere. Es un avance muy Sam Tarly, pero es un avance.

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Un poco más al sur, en Winterfell bajo la nieve, otro par de personajes sufren sus propias crisis. El ser otrora conocido como Theon (y que actualmente responde al mote de “Hediondo”) es una crisis de masculinidad andante: despojado de agencia, de orgullo, e incluso del órgano masculino propiamente tal, la des-humanización del personaje es brutal. Sansa, quien sufre todas las noches el abuso por parte del Bastardo de Bolton, intenta recuperar a Theon desde la cáscara que es Hediondo, rogándole que la ayude a alertar a sus aliados colocando una vela encendida en la cima de la torre abandonada. La dirección y edición del capítulo juega con nuestras expectativas; en una toma preciosa, Hediondo recorre Winterfell mientras una tormenta ruge con fuerza, cubriéndolo todo bajo un gélido manto blanco – y si pensamos que Hediondo por fin ayudará a la joven Stark, en un instante dicha esperanza es derrumbada. El control de Ramsay sobre ese remedo de hombre sigue siendo supremo. Todavía no ha logrado liberarse.
Ramsay, por su parte, lidia con el evento de la forma que nos tiene acostumbrados: desolla y cuelga en público el cadáver de la anciana que intentó ayudar a Sansa. Cualquier asomo de rebeldía por parte de la joven se desvanece más rápido que el color de sus mejillas en el frío. Sin embargo, Ramsay no está en completo control de la situación – la criatura en el vientre de la esposa de su padre es potencialmente un heredero con mejor derecho. Una eventual crisis que Sansa se encarga de recordarle (en un pequeño acto de valentía). Si bien Ramsay logra desquitarse de una manera terrorífica con Sansa, ello no le resta méritos a lo expuesto: el temor a perder lo que cree que le pertenece es algo que sin duda carcomerá sus pensamientos de aquí en adelante.

Cerca de Winterfell, el campamento de Stannis se encuentra en una situación fatal: azotado por la fuerte nevazón, han perdido la posibilidad de abastecerse con provisiones y una compañía de mercenarios los abandona. El gran Ser Davos le ofrece un consejo de cautela a su Rey: retirarse, volver al Muro y aguardar que el clima mejore. Stannis, sin embargo, no puede estar de acuerdo: esperar a que mejore el clima es esperar a que termine el Invierno – y el Invierno puede durar años. No es una opción que esté dispuesto a tomar, no a estas alturas. Marchar adelante es la única opción cuando las otras opciones han desaparecido.
Melisandre ha servido casi siempre como la contraparte a Davos en cuanto a aconsejar a Stannis se refiere, y en este caso no es la excepción: sus visiones le han revelado a ella y a Stannis caminando por Winterfell, rodeados de los cadáveres de los soldados Bolton. Sin embargo, para dejar la suerte a su favor, requiere de un sacrificio de Sangre Real: la sangre de Shireen Baratheon.
Stannis, figura paterna que ha hecho hasta lo imposible para salvar la vida de su hija, se niega rotundamente. La escena en un capítulo anterior en la que cuenta sus esfuerzos para evitar que la psoriagris acabara con Shireen nos otorga el contexto perfecto a su decisión.

Quizás la parte más débil del capítulo está en Dorne (un juicio que hacemos extensivo a toda la temporada): sintiéndose a escala reducida, sin una dirección establecida y un tanto superflua, las escenas en Dorne al menos se conectan con la temática de la figura paterna gracias a Jaime y su conversación con su hija/sobrina Myrcella. No es el reencuentro ni la reacción que él esperaba: Myrcella se encuentra a gusto en las tierras del sur, enamorada de su prometido Trystane y dispuesta a quedarse viviendo allí junto a él. Probablemente Jaime sienta que, en su calidad de padre ausente, le ha fallado a su propia hija – tanto que ella misma le recrimina su ausencia para desestimar su súbita preocupación.
La masculinidad, por su parte, está dada por Bronn y su encuentro con las Serpientes de Arena. En una escena que se aprecia en cuanto a sensualidad pero con una dudosa motivación detrás, Tyene seduce a Bronn desde su celda, solo para revelar que: A) las navajas con las que lo hirió estaban recubiertas de un veneno que causa la muerte, y B) que solo ella posee el antídoto. Un Bronn a punto de desfallecer se ve obligado a admitir que Tyene es la mujer más hermosa que ha visto y se gana el antídoto. Si el propósito de la escena era entretener la vista, lo logró. Si era deconstruir la objetificación del cuerpo de la mujer… quizás su efectividad sea un tanto más discutible. Lo único que se puede afirmar con certeza es que Tyene demostró tener poder sobre Bronn, circunstancias excepcionales o no.

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Al otro lado del mundo, en Meereen, la trama se ve esencialmente acelerada gracias al sorpresivo reencuentro entre Jorah y su Khaleesi. En un giro impensado (con una referencia a Gladiador incluida), Daenerys atiende unos combates preparatorios antes del gran evento en la Fosa de Daznak – combates entre esclavos propiedad del mismo sujeto que escenas antes había comprado tanto a Jorah como a Tyrion. Jorah es habilidoso para hacerse notar, prefiriendo ocupar golpes contundentes y certeros ante sus rivales que el degollamiento o cercenamiento de otros miembros  – logrando captar casi inmediatamente la atención de Daenerys. La revelación de su identidad es recibida (predeciblemente) tanto con sorpresa como disgusto por la Madre de los Dragones, pero hay un elemento que ella no esperaba: el “Regalo” que le da nombre al episodio. Tyrion Lannister.

De vuelta en Westeros, nos detenemos en la capital de los Siete Reinos por la importancia de las escenas que allí se llevan a cabo.
En primer lugar, el Rey Tommen sufre su propia crisis de masculinidad cuando se muestra ofuscado ante la impotencia de no poder ayudar a Margaery. Es meritorio destacar la utilización del “I am the King” por parte de Tommen, misma frase que alguna vez utilizó su fenecido hermano Joffrey para justificar la tortura (o muerte) de aquél que no estuviera de acuerdo con él; pero mientras Joffrey como forma de manifestar su control irracional sobre sus súbditos, en boca de Tommen se siente como un grito desesperado de un niño que siente cómo el poder que debiera tener se le escapa de las manos. Menos un alarde de potestad infinita y más el llanto de quién la desea. Cersei se encarga de calmarlo con una sutil manipulación pero con suficientes elementos de verdad: su deseo de sobreproteger a sus hijos la ha vuelto capaz de hacer cualquier cosa. Y ahora tiene a Tommen donde quiere, casi incapaz de escaparse de sus garras.
Las maquinaciones de la Reina Madre han logrado que Lady Olenna intente tomar el asunto con sus propias manos, yendo a hablar directamente con el Gorrión Supremo. Una gran escena entre dos grandes como Diana Rigg y Jonathan Pryce, en la que las línea divisoria entre el blanco y el negro se difumina para dar paso al gris: la altanería inicial de Lady Olenna (“don’t spar with me, little fellow”), que da paso a posteriores amenazas que no tienen ningún efecto en el Gorrión Supremo; cuando ella asume (razonablemente, debido a las constantes maniobras políticas en las altas esferas de la nobleza) que todos tienen un precio, el Gorrión Supremo se encarga de recordarle a ella -y al público- que el Juego de Tronos es un Juego que solo juegan los nobles en desmedro de la gente común. Y que, sin embargo, la gente común es mayoría – al adquirir el poder, la minoría noble comienza a temblar. El discurso del Gorrión Supremo es efectivo, pero se ve matizado por un gran elemento: más allá de hablar desde el punto de vista de los desposeídos, también habla desde el punto de vista de la intolerancia de los fanáticos religiosos. Así, el Gorrión Supremo comienza a ser menos un libertador igualitario y más un teócrata populista, con una agenda agresiva que determina quiénes son iguales (aquéllos que sigan la Fe de los Siete según su propia interpretación) y quiénes no (aquéllos que se desvíen de ese camino, los “pecadores” – sin importar qué tan grande sea su pecado).

Después de su infructuoso encuentro con el Líder de la Fe en los Siete Reinos, Lady Olenna es llamada a encontrarse con Petyr Baelish, su cómplice en el magnicidio de Joffrey. No hay simpatía ni afecto entre ambos Jugadores del Juego, pero reconocen su valía – y Baelish, hábil operador político, logra mantener a Olenna Tyrell de su lado gracias a otro “Regalo” que también le da sentido al título del capítulo: un regalo que es el principio del fin para Cersei Lannister.

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La caída de la Reina Madre en los libros es más una consecuencia de su desastroso, negligente y temerario actuar que gatillado por una maniobra política específica. Es el resultado natural y obvio de haberle entregado el poder a un grupo de fanáticos religiosos cuyo concepto de “justicia” es rígido e inflexible. Aquí, sin embargo, es propiciado por Lancel Lannister – su primo y antiguo amante; una decisión sabia que los showrunners tomaron, reduciendo el número de personajes y la complejidad de la red en torno a Cersei. La función, en todo caso, es la misma, y Cersei cae debido a sus propios pecados.
La escena en la que el Gorrión Supremo le explica a Cersei su particular visión -basada en la pobreza, humildad y estricta adherencia al libro basal de la Fe- resulta ominosa, y un irónico contrapunto al alardeo previo de la Reina Madre en la celda de Margaery. En un par de minutos ha pasado desde la cima al abismo. La sonrisa desaparece de su rostro. La Reina ha tropezado con la piedra que ella misma dejó en el camino.

Observaciones varias:
-Natalie Dormer no tiene mucho qué hacer en el capítulo, pero su apariencia destruida durante su encierro y el “get out, you hateful bitch!” dirigido a Cersei merecen una mención.
-La historia con la que logran vender a Jorah es maravillosamente exagerada. Quién iba a pensar que terminaría -desde cierto punto de vista- eliminando a Khal Drogo en un combate mano a mano.
-Asimismo, Tyrion logrando convencer a su eventual “dueño” de que también es un luchador hábil es un buen y doloroso momento de comedia.
-”Look at me. Look at my face. It’s the last thing you’ll see before you die.” La ira de Cersei Lannister en una gran línea.
-De nuevo, hay que recalcar: la motivación del Gorrión Supremo no está dada ni por dinero, ni por gloria, ni algún tipo de recompensa material, sino por fe ciega. Si eso no le parece aterrador, tenemos visiones muy distintas.
-Bronn (Jerome Flynn) otra vez sacando a relucir sus dotes para el canto. Se aprecia.
-El hecho de que Jaime esté en una habitación mucho más decente y digna de su “status” en comparación a Bronn y las Serpientes de Arena debe ser por algún juego de diplomacia por parte de Doran Martell, ¿no?
-La aparición de Brienne en este capítulo se reduce a mirar, desde lejos, a la torre abandonada de Winterfell, con la esperanza de ver la vela encendida. Confiamos en ti, Brienne.
-Hablando de velas, bien la edición del capítulo con la transición de la vela de Sansa y las velas alrededor del Maestre Aemon.
-Si bien podría explicarse la escena entre Tyene y Bronn con la lógica de que el veneno se activaba con alza de temperatura… honestamente seguimos sin encontrarle mucho sentido a la escena. Pero al menos es una explicación razonable.

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