El Club (2015)

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El Club.

Director: Pablo Larraín.
País: Chile.
Año: 2015.
Género: Drama.
Duración: 98 minutos.
Elenco: Roberto Farías, Alfredo Castro, Alejandro Goic, 
Marcelo Alonso, Alejandro Sieverking, Jaime Vadell, Antonia Zegers.

No la ha tenido fácil la Iglesia esta temporada. Luego del notable éxito, tanto en taquilla como críticas, de “El Bosque de Karadima” (Matías Lira), el director chileno más exitoso de los últimos tiempos, Pablo Larraín, estrenaría en mayo la película que le significó ganarse el Oso de Plata en el reciente Festival de Berlín: “El Club”. Ya se sabía, además, que la mano venía dura. La polémica por la foto del cardenal Errázuriz viajando en primera clase con el Oso de Plata en sus manos generó un ambiente de tensión y expectativas como nunca habíamos visto, y que llevó a Larraín incluso a moderar su campaña, si podemos hablar de “campaña” pues en verdad la foto responder a un encuentra casual que muchos llamarían “diosidencia”.

La historia de “El Club” se articula en base a cuatro sacerdotes y una monja que se encuentran recluidos en una casa de un pequeño pueblo costero. Si bien la casa desde afuera no aparenta que algo en especial esté pasando dentro, cada uno de los curas está ahí para purgar sus pecados. Es una especie de cárcel VIP, sin amplias comodidades pero con el fresco aire de la libertad, donde las autoridades eclesiásticas mandan a cumplir las “sanciones” a aquellos sacerdotes que por A, B o C motivo se han apartado del camino de la fe. Este nivel de impunidad ha generado que durante el último tiempo la vida en la casa se haya vuelto tan rutinaria y tan lejos de la penitencia ordenada, que parecieran haber olvidado todos y cada uno de los motivos que los tienen recluidos. Su aparente calma, con carrera de galgos de por medio, se interrumpe cuando llega un nuevo sacerdote que les vuelve a recordar su pasado. Se trata del padre Matías Lazcano (hermosa actuación de José Soza en pocos minutos), quien refleja en su entrada en la casa toda la desesperación de integrarse a este selecto grupo de sacerdotes exiliados. No obstante, la situación del padre Lazcano es muy distinta. De forma inmediata trae, como si un velo fuera, todo el daño que ha cometido. El mismo día que llega a la casa, en las afueras aparece un personaje curioso. Conocido como el “Sandokan”, se trata de alguien que a los ojos de todos sería un simple borracho de pueblo, pero que a los ojos de los padres penitentes es sinónimo de verdad e inmoralidad. El Sandokan fue una de las víctimas de los abusos del padre Lazcano, y gracias a los bastantes litros de alcohól en su cuerpo, grita a los 4 vientos que dentro de esa casa hay sacerdotes abusadores. Acá vale detenerse en la increíble actuación de Roberto Farías. Si bien el guión, en cuanto a su personaje, es perfecto (con un humor negro que te hará sentirte bastante mal cuando te genere risas), lo cierto es que la actuación de Farías hace gran parte de la película. Su personaje, un outsider en esta casa/cárcel, es quien dicta las pautas de cómo se comportan los curas dentro, y cómo reacciona el pueblo. Roberto Farías hace ya un par de años debe ser, sin dudas, el mejor actor chileno, y acá lo demuestra con creces.

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Bastan un par de gritos para que esta casa amarilla que desde afuera se observaba tan sólida, se llene de grietas. Es curioso, pues dentro de sus muros están, simbólicamente, los crímenes los crímenes de los Karadima o de los Joannon, los Cox, y una larga lista de etcéteras. La única diferencia, en cambio, es que estos son curas sin nombre. Larraín de esta forma critica el modo silencioso de actuar de la Iglesia, pues nos invita a abrir los ojos al constatar que los casos de crímenes cometidos por sacerdotes que aparecen en los medios de comunicación son sólo la punta del iceberg de una red articulada de protección e intereses, que tiene ocultos a quienes no llevan sobre sus hombros apellidos poderosos, o se han movido en sectores de elite (a quienes, en todo caso, de todas formas intenta esconder). Acá vale centrarse en la casa, los miembros y sus dinámicas. Primero está el sacerdote que está condenado por abusos (Alfredo Castro). Autonombrado como el “rey de la represión”, el personaje de Castro está, aparentemente, pagando sus relaciones homosexuales con jóvenes. Simbolizando la avaricia, es propietario de Rayo, un galgo que hacen competir en el pueblo con miras de asistir al torneo regional. También está el sacerdote que dio en adopción niños, haciéndolos pasar por muertos (Alejandro Goic). Sin reproche moral alguno, esta especie de cura Joannon ve incluso virtud en sus actos, pues permitió que en las poblaciones se encuentren niños rubios y el barrio alto niños morenos. Dentro del abanico de historias está el sacerdote cómplice de los crímenes de la dictadura (Jaime Vadell). Un hombre acostumbrado a la comodidad que renunció a los principios más básicos por mantener su estatus y beneficios como sacerdote castrense. Finalmente, el cuarto integrante es un misterio. Representando un sacerdote entrado en edad, Alejando Sieverking es el cura que nadie sabe por qué está ahí. Incapaz de comunicarse y siendo asistido constantemente, es una constante presencia tenebrosa: ¿qué habrá hecho para estar ahí tanto tiempo? El círculo lo cierra la madre Mónica (Antonia Zegers), la monja encargada del cuidado y organización de la casa, o como ella prefiera llamar, carcelera. Un pasado oculto con un niño que trajo en adopción desde el África la tiene pagando más culpas consigo misma que por crímenes cometidos contra otros. Un elemento común entre los 5 integrantes de esta especie de macabro reality es ser condenados silenciosos, aquellos que nadie conoce, cuyos crímenes, si los hubiese en todos los casos, nunca saliero a la luz pública, y que caminan impunes por otros pueblos gracias a la política de traslados e impunidad de la Iglesia. Una dinámica eterna los tiene abstraídos de la realidad. Despierta, rezan, celebran la misa y duermen. Una condena a, valga la redundancia, condenarse eternamente, pero que ha perdido todo sentido. Por este motivo un joven sacerdote y psicólogo jesuíta (Marcelo Alonso) se integra al hogar. Está encargado por la Iglesia de cerrar aquellos centros que a su juicio estén de más, y para ello, se vuelve fundamental saber si los sacerdotes de la casa amarilla saben por qué están ahí. Una lucha interna de poder, de congregaciones, pero en especial sobre la verdad, se instalará en la casa con la llegada de este sacerdote/fiscal.

Unos minutos bastan al personaje de Alonso para darse cuenta de la verdad de la casa.  Un lugar donde todos los patrones morales se han distorsionado, permite que vivan a su amparo una serie de incorrecciones que se justifican en, supuestas, distintas maneras de ver la fe. La soberbia, la gula, o directamente la maldad, es lo que descubre directamente el psicólogo. Nunca sospecha, en todo caso, la verdadera historia macabra tras el rápido “abandono” de la casa del padre Lazcano, y cómo los restantes sacerdotes han decidido lidiar con el tema. Una atmósfera verdaderamente oscura, que se potencia, sin dudas, con la estética que propone Larraín. Enemigo de las nuevas tecnologías, grabó “El Club”, como lo ha hecho con otras de sus películas, con una cámara soviética de la época de Tarkovsky, con unos lentes especiales que aportan mucho ambiente. Los planos, además, de los sacerdotes y, por qué no decirlo, de su “carerajismo”, tendrían otro sentido si no fuese por esta sabía decisión de Larraín. Una película en tonos tristes y oscuros que nos invita a pensar la constante oscuridad y humedad en la que viven los sacerdotes quienes, pese a todo, parecen disfrutar de su vida (ninguno está obligado a permanecer ahí, nos señalan en la película). En este sentido, sabia también es la elección de Matanzas como lugar de grabación, un pueblo que permite contrastar, en lo extenso de sus vistas, el encierro que se vive en la casa amarilla. También aporta en este escenario de tensión la banda sonora de Carlos Cabezas, que conjuga con otros clásicos cinematrográficos de décadas pasadas, de una forma tal que es difícil descubrir.

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Algo muy importante a descubrir es que Pablo Larraín es cristiano, de educación de elite como mucho de los sacerdotes que están siendo perseguidos. Esto, más una notable investigación, hacen que Larraín sepa muy bien de lo que habla y transmite. Y acá me gustaría centrarme en una de las escenas finales, donde el sacerdote jesuíta hace uno de los actos cristianos más piadosos. Lavar los pies a otra persona, tal como lo hiciera Cristo poco antes de morir. Los sacerdotes a los cuales debe entrevistar no pretenden, ni remotamente, reconocer sus culpas y arrepentirse. La costumbre de la impunidad y la falta de reconocimiento de las culpas es, y al parecer será, una constante en Iglesia. Alonso, el cura “buen elemento”, el que quiere cambiar la Iglesia, termina rindiéndose. Incapaz de obtener algo bueno de estos hombres de forma voluntaria, decide hacer lo totalmente contrario a lo que indica la frase inicial de la película (Génesis 1:4. “Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas”). Con 2 caminos posibles, el jesuita decide que se continúe en el oscuro. Pero un oscuro a medias, donde deberán amar a quien mas daño le han hecho. Algo de luz hay en la opción de Alonso, pues por primera vez en mucho tiempo, y aunque nadie sepa, en esa casa amarilla, de ahora en adelante, la Iglesia (representada en esos 4 sacerdotes) se pondrá al servicio de las víctimas. Pero por siempre deberán convivir con su lado que refleja las tinieblas, al menos hasta que decidan separarlo voluntariamente de sí mismos.

Si el mundo conoció a Larraín con “Tony Manero” y luego lo llevó a la fama con “No” (la más débil de sus producciones, a nuestro juicio), literalmente se rendirán a sus pies con “El Club”. Parece carta segura a representar a Chile en los próximos premios de la Academia, en especial luego que los derechos de presentarla fueran adquiridos por más de 30 países, uno de ellos, Estados Unidos. Un trabajo muy maduro y con un guión, a mi juicio, mucho más preparado y pensado. En “El Club” hay tensión cuando uno quiere mirar y cuando no; cuando escuchamos o cuando no queremos hacerlo; cuando estamos dispuestos a perdonar y cuando no. Un elenco notable, con actuaciones de primer nivel, hacen posible una película que seguramente pasará a la historia del cine nacional y de la carrera de Larraín, quien junto con su hermano Juan de Dios, hace mucho tiempo están haciendo lo mejor del cine nacional. Sería imperdonable no haber visto “El Club” oportunamente.

11Bonus Track: en Revius nunca hablamos de Teatro, hay que decirlo, pero la situación amerita. Como señalamos en la crítica, el Sandokan es un personaje basado la obra “Acceso”, que actualmente se presenta en el Teatro La Memoria. Una puesta en escena en conjunto de Larraín y Farías, hace que todo comentario a la actuación de la película sea demasiado pobre. Quienes se hayan conmovido con el Sandokan y su relato, pueden ir a conocer su verdad durante el mes de junio. Vale la pena, notablemente. Una de las actuaciones más potentes de las que tenga recuerdo, y que obligan admirar el talento que derrocha por raudales este actor nacional.

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