Sherlock: The Abominable Bride

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Advertencia previa: la reseña contiene spoilers de todo el capítulo, no la lea hasta que lo haya visto.

Una novia comienza a disparar indiscriminadamente desde su balcón hacia los transeúntes y, acto seguido, se quita la vida con un certero balazo en su propia cabeza.

Al tiempo después, aparentemente la misma novia emerge de su tumba y decide asesinar, a la salida de un fumadero de opio, al que había sido su esposo en vida.

Vuelve a pasar el tiempo, y más asesinatos aparentemente cometidos por la misma novia comienzan a aparecer uno tras otro. Siempre la misma novia, y siempre un hombre es la víctima.

“The Abominable Bride” es un capítulo especial de Sherlock que nos transporta a la época victoriana, ubicación temporal original de las historias de Holmes y Watson, para ofrecernos una aventura llena de misterio, humor, algunos momentos de terror, mucho fanservice y una inesperada (para algunos) destrucción de la cuarta muralla. Aquéllos que esperaban una historia autocontenida ambientada exclusivamente en los últimos años del Siglo XIX se deben haber llevado una sorpresa mayúscula cuando, al final del segundo tercio de la historia, descubrimos que toda la ambientación victoriana era tan solo una capa de realidad, no la realidad en sí – y que estuvimos dentro de la mente de Sherlock durante todo el tiempo anterior.

Es imposible referirse a “The Abominable Bride” sin dedicarle tiempo a dicha revelación, puesto que la estructura del especial en sí descansa sobre la base de que la historia victoriana no es más que una alucinación/experimentación/viaje en el Palacio Mental de Sherlock debido a una sobredosis de droga ocurrida en los momentos inmediatamente posteriores al cierre de la tercera temporada de la serie. La revelación no es tan súbita porque ciertos elementos premonitorios habían estado repartidos durante la narrativa hasta ese instante: las palabras extrañamente atemporales de Mycroft sobre Moriarty, el cambio del pronombre de “she” a “he” por parte de Sherlock después del asesinato de Sir Carmichael, los momentos evidentemente autoconscientes por parte de los personajes, incluyendo variantes de escenas ya vistas a lo largo de la serie en sí – todos esto indicaba que la realidad que presenciábamos en esos instantes ocultaba algo más detrás, que no todo era simplemente transportar a los personajes que conocemos “de vuelta” a la época en donde originalmente vivieron.

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De esta manera, los dos primeros tercios de la historia pasan de ser simplemente una suerte de fanservice per se (“nuestra versión de Sherlock, ¡pero en el Siglo XIX!”) a ser un fanservice funcional o, al menos, coherente con el mismo universo en el que se desarrolla la historia: si todo está en la mente de Sherlock, es natural que ciertos personajes sean una caricatura de quienes realmente son y que lancen referencias a sucesos ya ocurridos.
El “problema” está en la resolución del misterio, o la falta de ella, por decirlo de alguna manera. El hecho mismo de que parte de la narrativa haya sido exclusivamente una alucinación psicotrópica de Holmes y que, además, el objetivo de esta narrativa haya sido instrumental a otro objetivo que descubrimos luego, le resta potencia a dichas secciones. Especialmente si consideramos que la suerte de moraleja tras el caso de la Novia Abominable es una discusión sobre el trato vejatorio que sufrían las mujeres en aquella época (y que siguen sufriendo en estos días), un golpe de comentario social que termina perdiéndose entre la ya mencionada instrumentalidad (“¿cuál es el punto, entonces?”) y una ejecución menos hábil que la requerida.

Es más, detengámonos un momento en lo que hay tras la Novia Abominable: si bien cualquier creación que intente lograr una discusión sobre la minimización de la mujer en general es bienvenida, la forma en cómo este elemento sale a la superficie en el capítulo es discutible y no podemos decir que es completamente efectiva. Se agradece, claro, que “The Abominable Bride” nos muestre en la misma narrativa cómo la mujer es minimizada e ignorada (los comentarios de la Sra Hudson sobre su escasa aparición en los relatos de Watson, el tratamiento de Watson hacia su sirvienta, Molly Hooper forzada a hacerse pasar por hombre para poder hacerse camino en un mundo estrictamente masculino, etc.) y cómo ello está mal (“a war we must lose”, dice Mycroft en su momento), pero es curioso cómo el capítulo termina por explicar todo ello a través de la voz de un hombre mientras las mujeres se mantienen silentes – y que, además, la intención de examinar el misterio de la Novia Abominable haya sido solo un paso transitorio para descubrir la forma cómo Moriarty (un hombre) aparentemente escapó de su muerte. No alcanza a ser hipócrita, pero sí se siente como un paso en falso que podría haber sido arreglado de mejor manera. A eso le sumamos el hecho de que las mujeres tras la Novia Abominable hayan sido una versión ficticia de las sufragistas y suffragettes pero vestidas con atuendos sospechosamente similares a los del Ku Klux Klan, lo que hace un paralelismo innecesario -aún cuando haya podido ser subliminal o no-intencional- entre las acciones de ambos grupos; si bien existieron dimensiones un tanto desafortunadas en el movimiento de las suffragettes, el Ku Klux Klan existió (y existe) en un plano completamente distinto de maldad, por lo que cualquier asociación entre ambos, aunque haya sido no-intencional o en tono absurdo, es algo desafortunada.

Pero incluso más allá del comentario social o de la estructura un tanto Inception del relato y la aparente complejidad para el espectador que esto pueda conllevar, la verdad es que hay mucho en “The Abominable Bride” que funciona, y funciona muy bien. Demás está decir que Benedict Cumberbatch y Martin Freeman siguen deleitándonos cada vez que están en pantalla, y la química entre ambos no se ha perdido en absoluto durante todo el tiempo que transcurre entre la producción de cada temporada de la serie. Asimismo, los personajes secundarios tienen sus momentos propios para brillar – como la Sra. Hudson y una de las mejores líneas de la serie (“I’m your landlady, not a plot device”), Mary y su autoridad tanto en el pasado como en el presente (“I’m taking Mary home.” “You’re what?” “Mary’s taking me home.” “Better”), Lestrade y su escasa utilidad, Molly Hooper sorprendentemente vestida como hombre y con bigote postizo, Mycroft obeso y -por supuesto- Moriarty. La actuación de Andrew Scott en la serie es bastante divisiva, existiendo aquéllos que lo detestan por su sobreactuación y otros que lo adoran precisamente por lo mismo; desde esta vereda, manifestamos nuestro gusto por el histriónico devoramiento de escenas que realiza Scott, algo que le otorga una cualidad opuesta pero igualmente excéntrica que la frialdad calculadora pero entrañable del Sherlock de Cumberbatch, por lo que su aparición en “The Abominable Bride” es bienvenida, ya sea lamiendo el cañón de una pistola con la punta de su lengua o vestido de novia.

Además, incluso obviando la discusión sobre la resolución del misterio de la Novia, las escenas victorianas tienen una cualidad oscura muy especial, un terror gótico que no podría haber sido desarrollado así de bien en la realidad contemporánea de la serie. Los trabajos de dirección y fotografía claramente le sacan el jugo al contexto antiguo y al tremendo diseño de producción, lo que hace que visualmente el capítulo sea un agasajo.
El capítulo también funciona en un nivel distinto: en lo puramente emotivo, particularmente si se considera como una metáfora extendida sobre los estragos mentales y emocionales que el abuso de drogas puede causar en un individuo con inseguridades muy profundas y limitaciones evidentes. Mycroft y Watson son los pilares de Sherlock Holmes, incluso cuando éste no lo vea así o no quiera reconocerlo públicamente – el primero, preocupándose de su hermano menor más allá de cualquier rivalidad aparente; el segundo, permaneciendo fiel a toda prueba, y cambiándolo de maneras que nunca hubiera imaginado. Un momento pequeño pero muy efectivo es el breve flashback cuando Mycroft encuentra a Sherlock en el cuchitril de adictos, un elemento que es el núcleo de su trama en el capítulo – el reproche hacia el (ab)uso de drogas de su hermano y la intención de estar siempre allí para salvarlo de sus excesos. Por otro lado, Watson es tratado (generalmente) de forma casi despectiva por Sherlock en sus aventuras, pero en el momento del clímax descubrimos que en su interioridad, la mejor parte de su naturaleza toma la forma de su gran y único amigo. Es un detalle no menor, que viene a reforzar lo que Sherlock manifestó durante la tercera temporada de la serie: el leve y progresivo derrumbe de las barreras que lo mantenían alejado de quienes lo rodean.

En el mismo sentido, toda la idea tras la alucinación y el viaje interior de Sherlock tiene relación con la necesidad de deshacerse del espectro de Moriarty que todavía pesa en su conciencia – por lo que el hecho que haya sido Watson quien termina por lanzar a Moriarty al vacío es algo bastante significativo. Sherlock, por fin, ha superado una obsesión enfermiza gracias a la ayuda de su amigo.
Con todo, “The Abominable Bride” es casi como un entrañable desastre. Tiene todos los elementos que amamos de la serie y, sin embargo, no logra cuajarlos a la perfección. Ya sea por la estructura, porque el “misterio” de la primera parte no tiene una importancia en sí mismo, porque la resolución es débil, por la excesiva cantidad de fanservice, o porque mantiene el tono “self-aware” de la tercera temporada de la serie en vez de las historias más serias de las primeras dos, el capítulo especial no triunfa a cabalidad. Pero, por otro lado, la inigualable química entre los actores, lo efectivo del humor y la belleza de la producción en sí hacen que incluso los momentos más débiles puedan perdonarse hasta cierto punto, Mal que mal, es lo último que tendremos de la serie antes de que la cuarta temporada salga (recién) el próximo año.

Observaciones varias:

  • La cantidad de fanservice es descomunal. El famoso sombrero, las cinco pepitas de naranja, la discusión del carbunclo azul, el enfrentamiento definitivo en las cataratas Reichenbach y mucho, mucho más.
  • La conversación en lenguaje de señas entre Sherlock, Watson y el recepcionista es un momento increíble.
  • Incluso apareció el agradablemente desagradable Anderson, con una prominente barba. Lástima que no haya tenido una participación más significativa.
  • Nunca son gemelos. O Lupus. O gemelos con lupus.

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