Warcraft (2016)

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País: USA
Año: 2016
Director: Duncan Jones
Género: Fantasía, Acción-Aventura
Duración: 123 minutos
Elenco: Travis Fimmel, Paula Patton, Ben Foster, Dominic Cooper, 
Toby Kebbell, Robert Kazinsky, Ben Schnetzer, Daniel Wu
Música: Ramin Djawadi

El mundo de los Orcos está muriendo. El hechicero Gul’dan (Daniel Wu) une a los diversos clanes orcos en una poderosa Horda y crea un masivo Portal que los transportará hacia el mundo de Azeroth, escapando del cataclismo inevitable que se cierne sobre sus tierras. Dicho Portal, sin embargo, funciona con magia o energía Vil, drenando la vida de otros seres – y el único capaz de esgrimir dicha magia es Gul’dan. El plan del hechicero es que un puñado de guerreros orcos, los más capaces y temibles, viajen hacia Azeroth a buscar víctimas para sacrificar y así mantener el Portal abierto el mayor tiempo posible, con tal de que toda la Horda pueda cruzar hacia el nuevo mundo. Jefe del Clan Frostwolf, Durotan (Toby Kebbell), su pareja Draka (Anna Galvin) -quien además se encuentra embarazada- y su amigo Orgrim Doomhammer (Robert Kazinsky) deciden cruzar el Portal a pesar de sus dudas y su desconfianza hacia Gul’dan.
De los tonos rojizos de un mundo en extinción, al verde profundo de unas tierras llenas de vida. Así es el primer encuentro de dos mundos completamente distintos. Así comienza Warcraft.

La película dirigida por Duncan Jones (Moon, Source Code) se estrena por fin en nuestro país con un par de semanas de retraso respecto al resto del mundo, y si bien viene precedida de un gran éxito de taquilla en China (convirtiéndose, en muy poco tiempo, en la película basada en videojuegos más rentable de la historia), no ha logrado el éxito ni crítico ni comercial en suelo estadounidense. ¿Es una película digna del desprecio que se ha ganado por parte de la crítica y de la audiencia? Honestamente, y a nuestro juicio, no. Warcraft es una película liviana y entretenida, y que se nota estar hecha por gente que de verdad tiene en muy alta estima el material original; por ende, lo trata con el respeto suficiente para seguir sus lineamientos pero sin ceñirse al pie de la letra, con todo el bagaje que ello implica. Como adaptación y refinamiento (o “streamlining”) de la historia contada en los juegos, funciona – más aún si consideramos la dificultad inherente de introducir un universo completo poblado por diversas razas de características diversas y nombres complicados en tan solo 2 horas. Funciona, porque la trama es sencilla de seguir y los personajes, a pesar de lo aparentemente complicado de sus nombres, se diferencian lo suficiente unos de otros ya sea en cuanto a físico o a su función/propósito. Funciona – pero no sin problemas, evidentemente.

Es un buen momento para mencionar que la trama de la película no es una adaptación de alguna que encontremos en World of Warcraft, el popular juego multiplayer online (o MMORPG, como se conoce al género por sus siglas en inglés) sino que de la historia básica tras el primer juego de la saga, Warcraft: Orcs & Humans, lanzado en el año 1994. La decisión de adaptar y volver a contar la primera historia de la saga, la más sencilla de todas, resulta esperable y razonable: es una buena puerta de entrada para aquéllos que no conocen los juegos/nunca los han jugado/no les interesa jugarlos, y también es un buen punto de partida para contar una historia que cada vez se vuelve más y más grandilocuente, compleja y épica. Por mucho que WoW sea extremadamente popular -aunque su peak fue hace ya un par de años- haber basado la película en alguno de sus elementos habría sido casi imposible de lograr satisfactoriamente, cortesía de su extensísima backstory, llena de detalles, fechas, referencias, menciones y demases sin los cuales no tendría sentido. En otras palabras, es bueno que hayan decidido partir por el comienzo (por muy tautológico que esto suene).

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A los ya mencionados Gul’dan, Durotan, Draka y Orgrim también se les suma Garona (Paula Patton), una medio-orco que no es parte de la Horda en sí por ser considerada “inferior” al resto de los orcos “puros”. En el lado de los humanos en Azeroth nos encontramos con Anduin Lothar (Travis Fimmel), el Comandante del Ejército del Reino; el Rey Llane (Dominic Cooper) y su Reina Taria (Ruth Negga), hermana de Anduin; Medivh (Ben Foster), un poderoso mago cuyo rol es ser el “Guardián” del Reino; y, por último (aunque no menos importante) tenemos a Khadgar (Ben Schnetzer), joven mago y potencial sucesor de Medivh como Guardián, pero que por alguna razón abandonó su entrenamiento a cargo de la Orden de los Kirin Tor. Más allá de la aparente gran cantidad de personajes a seguir, la verdad es que la trama en sí es relativamente sencilla de seguir, y perderse requeriría un esfuerzo intencional por parte del espectador – literalmente, no estar viendo la película; el conflicto principal se desata cuando pacíficos asentamientos en Azeroth son misteriosamente atacados y el Rey Llane envía a Anduin Lothar a investigar el asunto. Algo que parecía sencillo adquiere un cariz siniestro cuando el joven Khadgar descubre la utilización de magia Vil en los ataques, por lo que se requiere la ayuda del Guardián del Reino, el desaparecido mago Medivh.
El primer enfrentamiento en pantalla entre ambos bandos es breve, tan solo un aperitivo del conflicto por venir, pero muestra bien la diferencia notoria entre el poder de ambos bandos y las personalidades de Lothar y Khadgar. Además, sirve para introducir propiamente tal a Garona, personaje que será crucial para el desarrollo de la trama: por su propia naturaleza mestiza, no forma parte por completo de ninguno de los dos bandos – pero allí donde recibió desprecio por parte de los orcos (particularmente Gul’dan), recibe cierta comprensión desde el lado humano; o, al menos, una mirada más de extrañeza que derechamente discriminación, como una criatura inimaginable hasta dicho momento.

De allí en adelante Warcraft prosigue su rumbo sin mayores sobresaltos y sin mayores sorpresas: es, para todos los efectos, una narrativa relativamente genérica más allá de la “novedad” de trasladar una de las sagas de videojuegos más exitosas a la pantalla grande. Lamentablemente, incluso considerando los escasos riesgos narrativos que toma (más allá de su sorpresivamente -para quienes no conocen la historia de los juegos- agridulce final), la película evidencia problemas que pueden mancillar la experiencia. El ritmo de la película no solo es generalmente acelerado sino que lo es de forma inconsistente: la relación entre Lothar y Garona se siente sospechosamente rápida, sin mayor construcción que un par de escenas entre ambos – pero la película la trata como algo natural y profundo; en cambio, la camaradería entre el mismo Lothar y Khadgar está desarrollada de mejor manera, y uno entiende hasta cierto punto por qué un entusiasta pero dubitativo mago termina siendo amigo de alguien impetuoso, temerario e inestable como Lothar.
En un sentido similar, no todos los actores son bien aprovechados durante la película: Travis Fimmel y Ben Schnetzer funcionan bien como los ya mencionados Lothar y Khadgar, lo suficientemente carismáticos para que el público empatice con ellos. Ben Foster como Medivh también lo hace bien, mezclando una sensación de misteriosa lejanía con sabiduría intencionalmente oculta y flashes de bondad, al punto de que es razonable respetarle, temerle y desconfiar de él en igual medida. Por el lado de los orcos, tanto Toby Kebbell como Daniel Wu también funcionan como el honorable Durotan y el malvado Gul’dan – más si consideramos que nunca podemos ver sus rostros verdaderos, solo escuchamos sus voces (y observamos sus movimientos, capturados por computadora) saliendo desde las bocas de creaciones 100% digitales.
El terreno se pone algo más pantanoso cuando nos referimos a Llane, Taria y Garona. Por mucho que sean personajes relevantes dentro de la narrativa, es imposible no sentir un dejo de decepción con las apariciones efectivas de Dominic Cooper y Ruth Negga – ambos muy buenos actores cuyos papeles no logran estar a la altura de sus evidentes capacidades. No lo hacen mal, claro está, pero no sobresalen. Paula Patton está en una situación similar: sin mucha química y tampoco sobresale, aún cuando debiera haberlo hecho. Uno podría ser un poco más permisivo y benevolente en este caso y culpar más al guión que a la actriz, pero sea como sea el resultado es algo aceptable que podría haber sido mucho más.
La misma conclusión podemos sacar de la banda sonora de la cinta, compuesta por Ramin Djawadi – más todavía a la luz del gran trabajo del que fuimos testigos durante el final de la 6° temporada de Game of Thrones. Las composiciones de Djawadi en la película son buenas y musicalizan bien la tensión existente entre los orcos salvajes y los humanos tradicionales, pero -una vez más- no sobresalen. No hay nada realmente memorable o icónico, algo lamentable viniendo de un compositor experimentado como Djawadi.

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Algo que sí definitivamente destaca en la película es, sin embargo, el apartado visual. El trabajo de Industrial Light & Magic es espectacular, logrando que los orcos se sientan absolutamente verosímiles en cada escena que aparecen. Es difícil imaginarse cómo hubieran logrado transmitir la evidente disparidad física entre las razas, con semejante cantidad de detalles y calidad, utilizando solo efectos prácticos y sin que se viera evidentemente “falso”. Su más cercano punto de comparación sería la trilogía de The Hobbit en cuanto a la utilización de efectos especiales para darle vida a criaturas fantásticas, pero los efectos de esta película superan con creces a la criticada segunda trilogía de Peter Jackson.
Lo mismo podemos decir de los sets utilizados en la filmación y los efectos especiales complementarios, logrando darle vida a locaciones que hasta hace un tiempo atrás solo existían a mucho menor escala en juegos de PC. Stormwind y Dalaran son ejemplos precisos de lo muy bien lograda de la ambientación, y a esto le debemos sumar la enorme cantidad de detalles, guiños y referencias que Duncan Jones y su equipo insertaron en la película sin que se sienta absolutamente auto-referente al punto de “romper la cuarta muralla”; cada locación tiene cositas que a los más fans de los juegos le sacarán más de una sonrisa. En otras palabras, se nota (una vez más) que la película está hecha con cariño y respeto hacia el material original, y hecha para gente que lo tiene en la misma estima. Hecha por fans, para fans.

Así las cosas, Warcraft logra entretener, y logra sentar las bases de secuelas que sin duda mejorarán lo hecho por esta película en todo ámbito. Su superficialidad y su ritmo apresurado pueden entenderse como consecuencias indeseadas de la necesidad de establecer en poco tiempo el universo con el cual construir una franquicia – y tal vez esas sean sus mayores fallas, las más cruciales, las más dañinas. Las otras pueden soslayarse si se va al cine sabiendo que no hay que esperar algo al nivel de Fellowship of the Ring más allá del género en el que la película se encuentra inserta. Las 2 horas de duración se pasan rápido y, considerando las semillas que deja plantada para eventuales continuaciones, sin duda deja con ganas de más. Desde esta humilde tribuna no comprendemos, una vez más, el odio que generó en la crítica occidental. ¿Será manifestación de snobismo? ¿Será que los críticos no soportan a la fantasía como género (más allá de Game of Thrones, y aún así dicha serie tiene detractores que reclaman cuando aparecen “cosas muy fantásticas”)? ¿Será que nuestra vara de medición es mucho más baja? Sea como sea, Warcraft es, a nuestro juicio, la mejor película basada en videojuegos hasta la fecha. No tiene compañía muy ilustre, pero no le resta méritos tampoco. Hay mucho peores maneras de gastar 2 horas de su día, y si es fan de la saga es muy probable que se emocione viendo cómo se desarrolla todo en la pantalla grande. Sí le pedimos que vaya a formarse su propia opinión sobre la película, en vez de ir dispuesto a odiarla.

Quizás termine disfrutándola más que lo que tenía planeado.

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