Neruda (2016)

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Neruda.

Director: Pablo Larraín.
Guión: Guillermo Calderón.
Año: 2016.
Elenco: Gael García Bernal, Luis Gnecco, Mercedes Morán, Michael Silva.
País: Chile.
Género: Biográfico.
Duración: 107 minutos.

Pocas veces en nuestro país, el gran estreno de la semana es un largometraje nacional. De esas pocas veces, la gran mayoría, además, correspondía a películas de tinte más comercial, que con un claro éxito en taquilla tenían mínimas o ninguna chance de exportación. Se trata de productos como las películas de Stefan Kramer o este año “Sin Filtro”, donde el humor y la inmediatez de lo que se entrega en pantalla son la clave, sin un verdadero interés artístico de por medio (y esto aunque suene paternalista). Absolutamente lo contrario pasó este jueves en las salas nacionales, donde se estrenaba “Neruda”, la sexta película de Pablo Larraín (“El Club” y “No” entre otras), basada en un relato bastante mágico de la salida del poeta tras su paso a la clandestinidad en virtud de las leyes que buscaban eliminar a los adherentes del partido comunista de nuestro espectro política. Presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes de la edición de este año, te guste o no, el producto que entrega Larraín demuestra que el director nacional está a otro nivel. En “Neruda” vemos una verdadera apuesta que contiene muchos riesgos, tiene un interés artístico que guía el relato, y busca trascender más allá del simple criterio comercial de corte de boletos. Que el resultado convenza al espectador, en todo caso, es harina de otro costal. Y, les adelantamos, “Neruda” no convence.

Bajo el gobierno de Gabriel González Videla (Alfredo Castro), el ya famoso Pablo Neruda (Luis Gnecco) era un reconocido senador del Partido Comunista. Fue entonces cuando se dictó la “Ley Maldita” o “Ley de Defensa Permanente de la Democracia”, que tuvo por objeto proscribir la participación política del PC. Las bases del partido decidieron dejar el país o vivir en la clandestinidad. Neruda, en cambio, acostumbrado a una vida de participación política y creación literaria pero también de pasión, excesos y entretenimiento, no recibió de buena manera la idea. Consciente de su condición social y reconocimiento cultural, su último cuadro debía ser una escapada artística. Una escena de despedida del calibre de su nombre. Es entonces cuando comenzará una verdadera cacería, por momentos con muchas notas de humor, donde el policía Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal) andará tras los pasos de un sujeto que se esconde bajo mil nombres y mil caras. Un juego del gato y el ratón, que además representa una verdadera construcción literaria de personajes detectivescos, la aparición de otros cómicos y caricaturizados, y la elabroación de un guión que es un facisimil razonable de una verdadera obra teatral. Porque será Neruda quien siempre tendrá las riendas de su historia, lo que incluso lo llevará a olvidar el verdadero motivo por el cual ya no puede estar en su amado Chile (escondiendo lo absurdo de la situación a la que se vio expuesto el poeta).

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Además de la obvia crítica política a la intolerancia de la derecha chilena, hay una crítica todavía más fuerte a las cúpulas de izquierda, en especie de lo que muchos conocen como el “red set”. En una notable escena donde Neruda está en otras de sus fiestas, ahora clandestinas, presentando su Canto General, una persona del partido (Amparo Noguera), integrante de sus bases, le pregunta si el día que los comunistas lleguen al poder serán como ellos, la izquierda grandilocuente, ostentosa y “aristócrata”, o serán como ella, trabajadores explotados por un sistema que los tiene de rodillas frente a los poderosos. Una dura crítica al personaje de Gnecco, que va de la mano con la que le realizaría luego su guardaespalda Jarita (Michael Silva), quien le reprocharía las irresponsabilidades que Neruda cometería constantemente incapaz de seguir las instrucciones que su propio partido le entregaría para su seguridad. Mientras muchos compañeros sufrirán en campos de concentración, en el exilio, o simplemente no vivirán para contarlo, Neruda pasará su tiempo en burdeles, tomando whisky y champaña y escribiendo sus poemas, hasta que tarde o temprano se vea obligado a abrir los ojos.

Mismo camino pero inverso recorrerá Peluchonneau, quien descubrirá que en su víctima encuentra mucho más de lo que encuentra en su mandante, el impersonal presidente González Videla, porque Neruda le terminará haciendo uno de los regalos más hermoso que alguien podría soñar recibir: la inmortalidad. No como un personaje secundario, para nada. No un “huacho” chileno, aspiracional, arribista y complaciente, quien buscaba ser reconocido como el hijo que no era de un prócer de la polícia. No. Ser inmortal como un verdadero detective rodeado de misticismo, que muere casi al atrapar a su presa, con un fondo blanco y bajo la inexpugnable Cordillera de Los Andes.

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En lo técnico, es poco lo que se puede comentar, pues Larraín siempre ha dado en las expectativas con sus largometrajes. Gnecco muy bien como Neruda y García Bernal, bastante mejor que en “No”. La ambientación de Chile de los 40’s es otro de los puntos altos en “Neruda”, muy lógica además por la utilización romántica de Larraín de técnicas ya primitivas. Por lo mismo, parece que el resultado de “Neruda” o el punto de vista desde el cual se le puede criticar se centra en cuánto el espectador quiere comprarle a Larraín. Y hablamos de un nuevo Larraín, que en esta película rompe varios de los moldes de sus trabajos anteriores. ¿Cuánto nos gusta la existencia de un narrador omnipresente que todo lo sabe? ¿Cuánto agrada la presencia de un actor extranjero haciendo de chileno? ¿Cuánto nos gusta un guión lento que no adentra mucho en los personajes y que descansa exclusivamente en una cacería? Al menos desde esta vereda, el resultado no convenció. Probablemente “Neruda” sea la película más exitosa de la carrera de Larraín a esta hora, pero verla se vuelve un llamamiento a revisar su filmografía. Revisar como “Post Mortem” debe ser la ópera prima más pretenciosa de la historia reciente de nuestro país (y en ello radica su belleza), y como “El Club” es el resultado maduro de un director que logra conmovernos con un relato que necesita poca decoración para impresionar. “Neruda” queda en un camino entre medio sin encontrar rumbo. Se llena de plumas, colores y nombres famosos, actores de Hollywood y cartel de Cannes, para luego reposar exclusivamente en eso que mucho no importa: la vanidad. La misma que obliga a Neruda a partir al sur y darse cuenta que su juego debía terminar.

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