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El Poder de la Mentira en Un Mundo Cayéndose a Pedazos

Es innegable considerar a las mentiras como una parte crucial, para bien o para mal, de nuestra existencia cotidiana. Desde las mentiras blancas que decimos a otros para evitar herir sus sentimientos a las mentiras profesadas constantemente por aquéllos que detentan el poder para no despertar sospechas, nuestra vida parece irse moldeando debido a ellas – pero lo anterior va mucho más profundo de lo que quizás sospechamos. Las mentiras, y nuestra creencia sincera en ellas, son capaces de otorgarle un sentido (ya sea transitorio o no) a nuestras vidas, de definir nuestras personalidades, incluso de moldear nuestra propia percepción de la realidad; no hace falta que sea malintencionada, pero una mentira dicha en el momento preciso puede tener consecuencias poderosas. Incluso guerras se han desatado basadas en mentiras.
Pero dentro de todas estas mentiras, estas cuestiones que se alejan de la realidad, nuestra realidad, hay una que es profundamente relevante para lo que vimos esta semana en Mr. Robot: la ficción en sí. Más allá de cualquier controversia, la ficción es esa mentira que nos envuelve, nos atrapa, nos cobija, nos involucra, nos alimenta y se alimenta de nosotros; esa mentira que nos marca, nos conmueve, nos enoja, nos divierte, nos quebranta y nos eleva. La ficción es una vida paralela, múltiples vidas paralelas, que podemos llevar cada vez que abrimos un libro, vemos una película o una serie. La ficción moldea, momento a momento, nuestras vidas al punto de asociar ciertos recuerdos importantes con aquella ficción que nos acompañaba en ese instante. La película de la niñez que nos daba miedo, las series con las que pasábamos las tardes, incluso uno que otro comercial de TV (esa ficción que nos promete y nos vende un mundo más cómodo, mejor y más feliz si es que compramos ese producto que podemos o no necesitar de verdad) memorable que despierte esa profunda, incontenible, nostalgia. La ficción es omnipresente, y todas esas vidas posibles (e imposibles) se subsumen en nuestra propia vida.

Master Slave” es, al menos en parte, un homenaje absurdo-pero-sincero a un específico tipo de ficción (y, a través de él, a la ficción en sí).“Sometimes lies can be useful, Elliot. Sometimes they can protect you,” dice Mr. Robot – y allí descansa el argumento central de dicha parte del episodio. A veces la vida en sí parece caerse a pedazos a tu alrededor, y sin embargo el único consuelo que pareces tener, la única forma de encontrarle sentido a todo, es a través de una ilusión. No es algo malo, incluso se vuelve hasta necesario. Lamentablemente le tomó una golpiza salvaje a Elliot darse cuenta de dicha utilidad y dicha necesidad: en ese momento, un mundo completamente ilusorio se volvió su única barrera metafórica en contra de una terroríficamente real devastación. Una mentira envuelta en un salvavidas, lo real y lo irreal en un solo momento particular en donde todo parece perder sentido pero lo tiene, si logras escarbar un poco bajo la superficie.
Este homenaje toma la forma de una secuencia extendida a la usanza de las sitcoms de finales de los 80s y principios de los 90s que Elliot (como millones de otros niños de la época) sin duda veían cada semana: Tres por Tres, Paso a Paso, Dos Perfectos Desconocidos, Alf, Cosas de Casa, etc. Para todos quienes vivimos dicha época, es difícil no acordarse de al menos un par de ellas, con su tono “levemente” cursi, sus situaciones idealizadas, su pegajoso tema principal, su “lección importante” al final de casi cada episodio… era una ficción de sacarina, cliché y risas envasadas, pero que de igual manera muchos recuerdan con cariño. Es esa estética, esa ficción en sí, esa vida paralela, la que Mr. Robot toma, parodia, homenajea y la convierte en el armazón sobre el cual construir su narrativa. Apuesta arriesgada, incluso para una serie que ha logrado llevar elementos no-convencionales hacia lo mainstream – así es como no encontramos tan descabellado leer a gente criticando con fuerza esta sección del capítulo. Hasta cierto punto les encontramos la razón: no es tanto la existencia de un homenaje así (no solo en la serie misma abundan las referencias a la cultura pop, sino que en la post-modernidad en sí abundan), sino su longitud, su propósito, esa ineludible sensación de que Sam Esmail está fanfarroneándose en tu cara. Es una secuencia autoindulgente, sin duda, y es como si la serie disfrutara con dedicarle 20 minutos de un capítulo a una referencia extendida que pareciera no tener mayor importancia. Entendemos eso a la perfección, y reconocemos que a muchos les pueda parecer un síntoma más de una serie que va perdiendo el rumbo en su segunda temporada.

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¿A nosotros? Honestamente, nos pareció genial. Graciosa y absurda, un derribe por completo de la 4° Muralla que te deja tan confundido como al mismísimo Elliot. ¿Demasiado extensa? Sí, quizás habría sido bueno recortarla un par de minutos – pero tal vez la sensación de incomodidad (absolutamente intencional) tanto de Elliot como nuestra se habría visto disminuida. Necesitábamos que al volver de comerciales dicha pesadilla noventera no se acabaría. Necesitábamos no contar con esa red de seguridad que significaba volver a la “realidad” de la serie y preguntarnos cada vez hasta cuándo seguiría esta ficción-dentro-de-una-ficción. Nos ponemos incómodos por un cambio en una realidad inexistente, cuando cambian las reglas del juego y nos alejamos del status quo de otra realidad inexistente. Todo sirve. El punto es que se vuelve una suerte de meta-narrativa y nos damos cuenta, además ,que el espectador (dentro de la historia) está también sujeto a la perspectiva de Elliot por lo que es (casi) obvio que ambos nos sintamos incómodos y confundidos.
Pero sí, quizás haya sido demasiado extenso, y quizás haya sido menos gracioso para algunos (especialmente los más jóvenes, que jamás han visto dichas sitcoms, o los más viejos, que no tienen alguna cercanía emocional con ellas) por lo que el éxito de la ejecución va a depender de quien esté observando. Una vez más, a nosotros nos pareció genial considerando el contraste de lo evidentemente envasado y ficticio de la secuencia con lo oscuro y morboso de la realidad de Elliot tanto en su presente como en su pasado; hace liviano algo evidentemente traumático (el abuso que sufrían tanto Elliot como Darlene por parte de su madre), lo envuelve en lo absurdo y termina volviéndolo significativo una vez más. No es que trivialice la violencia intrafamiliar per se, sino que precisamente por lo grave que es y los problemas que ello conlleva es que se produce esa evidente discordancia, esa desconexión entre lo que es y lo que estamos viendo, esos sentimientos encontrados producidos por reírse de lo ridículo que es todo y, al mismo tiempo, condenar y sobrecogerse ante lo violento de una familia disfuncional. Es tan absurdo todo que Tyrell Wellick (presentado como “Man in the Trunk” en los créditos iniciales) no puede escapar de su secuestro porque literalmente choca contra el fondo de la escena, que Gideon Goddard -o su actor- reaparece luego de haber muerto solo para morir nuevamente cortesía de un accidente en el que participó Alf. Ese Alf, el que no volvió en forma de fichas sino que como la misma marioneta con la voz del mismo sujeto que en sus apariciones originales. Así de absurdo todo, como un mal sueño donde lo kitsch de la niñez vuelve en una versión corrompida e irreconocible, un espejo oscuro, una alucinación espectral difuminada.

Esos 20 minutos, sin embargo, tienen su sustento. Su razón de ser. Son algo más que una simple parodia o un simple homenaje insertado a la fuerza dentro de un producto extremadamente serio; esa discordancia intencional refuerza un punto, y lo desarrolla de a poco. Es una metáfora que luego se vuelve texto explícito enmarcado dentro de un cliché: la mentira, la ilusión, como válvula de escape y/o barrera de protección. Las acciones de Mr. Robot durante esta secuencia son lo más “altruista” que le hemos visto llevar a cabo durante la serie – y no precisamente por pura bondad, sino porque Mr. Robot necesita a Elliot, literalmente. Eso lo lleva a protegerlo (entendiendo siempre que es una parte de su propia mente, de su propio ser) usando aquéllo que Elliot probablemente vio cuando niño, aquello con lo cual formó una cierta conexión emocional – si vas a proteger a alguien de una realidad dolorosa, de un daño inminente, ¿no sería bueno cobijarlo en una ilusión de seguridad, en una realidad ficticia donde todo parece ser más gracioso, más ligero, más cursi? Y la forma en cómo Mr. Robot mantiene dicha mentira a lo largo del tiempo, no precisamente para obtener alguna ventaja oculta, sino para ocultar a Elliot de la horrible, dolorosa verdad, y evitar que sufra físicamente los golpes y patadas que su cuerpo recibe en esos momentos, es usando la metáfora del espejo retrovisor. Una vez más, es algo poco sutil pero efectivo: la mirada hacia adelante, la golpiza en sí es un pasado que es imposible cambiar. Lo importante ahora es ver cómo enfrentamos el futuro luego de algo así.
Incluso el momento de “realización” por parte de Elliot y las verdaderas intenciones de Mr. Robot están enmarcadas, como ya dijimos, dentro de un cliché: la típica conversación padre-hijo cerca del final de los capítulos de dichas sitcoms, en donde el padre le otorga su infinita sabiduría a un niño (o niña) que por fin aprende la lección que ignoró durante todo el resto del capítulo. Hábilmente, eso sí, la conversación dentro de la ficción entre Mr. Robot y Elliot se ve doblemente reflejada al final del capítulo, dos “ecos” que le otorgan un sincero componente emocional más allá de la mera apropiación de este cliché; así, el abrazo (y posterior llanto) de Elliot a la figura de su padre es un momento genuinamente emotivo, y quizás sea el primer paso en una necesaria reconciliación entre dos partes de un mismo ser. Ya vimos que intentar purgar dicha “mitad” por la fuerza no funcionó: ni con rutina estricta ni con drogas, ni siquiera con un real/metafórico juego de ajedrez. No hay nada qué purgar, simplemente aceptar que es parte de uno y seguir adelante. Ojos en el camino y no en el retrovisor.

De quien no hemos hablado hasta ahora es Ray, y es oportuno que le dediquemos, al menos, unas palabras: Craig Robinson, superando por completo nuestras expectativas, difícilmente puede ser más terrorífico que en las escenas del hospital, mientras le habla a un Elliot ensangrentado y jadeante. No tiene para qué subir la voz ni sobreactuar – con un comportamiento tan tranquilo como siempre simplemente infunde verdadero terror. Aquí adquiere pleno sentido el título del capítulo, produciéndose (otra vez) una suerte de subversión de expectativas: hasta ahora, mayormente, los títulos de capítulos hacen referencia a términos de computación y éste no es la excepción – pero no hay una referencia explícita a dicho uso, no hay una metáfora profunda aquí, no hay un símil. El significado del título es directo y es obvio: Ray, como están las cosas, domina por completo a Elliot. Bastó una paliza que lo dejó en el hospital, pero el miedo infundido es suficiente que es difícil no obedecer en esos casos. Quién sabe qué pasaría si no lo hace.
Así, en un santiamén, Ray pasó de ser simplemente “misterioso” a absolutamente terrorífico.

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Pero “Master Slave” es un capítulo de dos mitades claramente. Son dos historias en una sola, dos caminos, dos realidades paralelas; y en esa realidad ficticia que hemos decidido aceptar como “real”, el camino de distintos personajes converge en una secuencia tensa y cautivante, una de las mejores de la temporada. Haciendo eco tanto de películas de espías como de la infiltración a Steel Mountain la temporada anterior, todo lo que sucede con Angela dentro del edificio de Evil Corp es para no quedarse tranquilo en el asiento. En cualquier momento el plan se descarrila: puede aparecer alguien que no debiera aparecer, Angela se puede equivocar, uno de los instrumentos puede echarse a perder en el peor momento posible. Es llevarlo todo al límite. La tensión, en todo caso, se ve complementada por un profundo sentido de verdadera diversión que está en el trasfondo de todo: es maravilloso ver a Darlene usar una peluca y engañar a la mucama de un hotel cercano para poder conseguir acceso a una habitación que le permita monitorear remotamente la concreción del plan. Es tan “común”, pero no deja de ser entretenido. Está bien logrado.
Ahora, uno puede decir muchas cosas de Angela Moss, pero no que no aprende rápido. Si en tan poco tiempo ya logra desenvolverse con relativa facilidad en el ambiente hipercorporativo, devora-o-sé-devorado de Evil Corp, ¿cómo no va a aprender a hackear algo específico? Lo logra, aunque Mobley prácticamente se golpee la cabeza contra las murallas intentando enseñarle. ¿Cómo no va a lograr infiltrar un piso restringido del edificio mismo donde trabaja como si fuera una espía avezada? ¿Demasiado para ella? Pero lo logra, incluso debiendo improvisar cuando un insoportable agente del FBI intenta invitarla a salir. La escena aumenta en tensión, más cuando ante el rechazo, el sujeto en cuestión aparentemente se acuerda de cumplir estrictamente con su misión, pero la habilidad de Angela para sacárselo de encima es envidiable.
Y de ahí las cosas parecen ir un poco mejor. Lo suficiente como para colocar los instrumentos, volver a su cubículo en otro piso y comenzar el hackeo en sí. Todo bien. De a poco, letra a letra, comando a comando. Darlene instruye desde su habitación. Letra letra, comando a comando. Enter.

Hasta que una voz conocida rompe el ambiente. Dom DiPierro llega en el momento menos indicado. Y no sabemos qué pasa después. Cómo quisiéramos.

Y al final de todo, luego de un abrazo que podría ser sanador o podría ser una tregua temporal, volvemos al pasado. ¿El fin del comienzo o el comienzo de una nueva etapa? Hasta ahora se siente un tanto innecesario, aunque quizás haya sido más un golpe emocional y una forma de cerrar el círculo con respecto a la aparición y el discurso de Mr. Robot en la secuencia inicial del capítulo: ahora, en vez de Mr. Robot, en vez de esa simple personificación de un aspecto de la personalidad, es Edward Alderson en sí quien aparece. Edward Alderson en sí compartiendo un momento con su hijo, ese instante crucial en que le revela que está enfermo. Un pequeño secreto entre los dos. Probablemente ninguno imaginaba lo que eso conllevaría al poco tiempo después.
Edward Alderson es una persona con luces y sombras, claramente. Es una persona, en comparación a la ilusión que es Mr. Robot.

Y, por supuesto, es Elliot quien termina nombrando a la tienda. Es Elliot quien crea, en múltiples sentidos, a Mr. Robot. No podía ser de otra manera. “I’m never going to leave you. Promise.” Edward Alderson no cumplió su promesa, pero la ficción de Mr. Robot sí.

Observaciones varias:

  • El premio a la escena más dolorosa del capítulo no se la lleva la golpiza de Elliot (vista solo en el retrovisor) o la segunda muerte de Gideon, sino que la tortura de Cisco por parte de la Dark Army, con una jeringa bajo la uña incluida. Uf.
  • ¿Te acuerdas de Alf? ¡Volvió! ¡En forma de alucinación!
  • La tipografía de los créditos iniciales es la misma que la de Tres por Tres/Full House.
  • En el mismo sentido, la música de los créditos iniciales no solo está hecha en el estilo de las sitcoms de la época, sino que Sam Esmail consiguió que los compositores originales de dichas canciones compusieran una canción nueva para esta ocasión.
  • Lo de “Word Up Wednesday” del inicio también es un segmento ficticio, aunque el logo retro de USA era el de esa época.
  • Nota musical 2: la canción que suena en la secuencia de espionaje/hackeo es “Gwan” de The Suffers.
  • Nota musical 3: la canción que suena en el flashback final es “Guiding Light” de Television.

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