Mr. Robot S02E09: eps2.7_init_5.fve

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Nada Normal

Si el capítulo de la semana pasada destacaba -entre otras cosas- por lo convencional de su construcción (o sea, lo convencional fuera del estilo y el tono que caracteriza a Mr. Robot), el capítulo de esta semana vuelve al lenguaje que ya conocemos. Es convencional dentro de ese estilo, una suerte de vuelta a la normalidad, con los monólogos internos de Elliot y los problemas de su psiquis y una narrativa intencionalmente obtusa y conspiraciones que quizás sean más grandes y profundas que lo que nuestras medianamente paranoicas mentes logren concebir. Eso es lo normal, ¿no? A ello estamos acostumbrados. Lo normal como zona de comodidad, un espacio en el que nos sentimos seguros en un mundo absolutamente incierto, en donde la rutina se vuelve nuestra única ancla en un ambiente que gira y gira sin importarle en absoluto que estemos preparados o no. Rutina. Familiaridad. Comodidad. Normalidad.

Hasta que descubrimos que lo “normal” es tan ilusorio como el orden que intentamos imponer a un caos imposible de contener.

Init 5” es un capítulo que, en un inicio, intenta hacernos creer en dicha normalidad. La vuelta a los recursos estilísticos típicos, la salida de Elliot de la cárcel y su reinserción en la sociedad luego de 86 meses preso son como pequeñas concesiones al espectador. Ten, aquí tienes tu semblanza de normalidad, aquí está tu zona de comodidad. Aquí todavía puedes estar seguro. Incluso el término mismo que le da origen al título del episodio (refiriéndose a un arranque de sistema Linux en modo multiusuario, con funciones de red y, además, elementos de interfaz gráfica) conlleva, transmite y propaga dicha idea. Un mundo de colores que se ve extrañamente gris cuando Elliot sale a enfrentarlo por primera vez en meses. Desprovisto, por fin, de la realidad y la rutina que él mismo creó para darle un significado a su situación. Saliendo de su zona de comodidad, hacia un mundo extrañamente opaco. Primer indicio de la destrucción de lo “normal”.
En ese sentido, Sam Esmail y los guionistas del capítulo son hábiles en comenzar la hora semanal con la explicación detallada sobre lo que le pasó a Elliot inmediatamente después del final de la temporada anterior. No pierden tiempo en mostrar lo relevante en un eficiente montaje, despejando prácticamente toda duda al respecto: la persona quien golpeaba la puerta del departamento de Elliot era un policía que venía a arrestarlo por “uso indebido de un computador” (hackeo) y robo (de la mascota del ex de Krista); en vez de hacerle caso a su defensor público decidió declararse culpable de todos los cargos y aceptar su sentencia en prisión; Ray era el alcaide (wow) del recinto penitenciario y su matón, uno de los gendarmes; Leon fue uno de los primeros en hablarle a Elliot dentro de la cárcel y hacer buenas migas con él (reforzando la revelación de la semana pasada respecto a su contacto con Whiterose) y su estadía en dicho lugar duró 86 días. Lo único relativamente ambiguo es el motivo de su salida: para las autoridades, la puesta en libertad de condenados por delitos no-violentos era una cuestión inevitable luego de los problemas de presupuesto acontecidos después del hackeo a E Corp; para Elliot, en cambio, probablemente Whiterose y la Dark Army hayan estado involucrados. Quizás sean ambas. Además, lo exhaustivo del flashback se relaciona directamente con la intención de Elliot de recuperar “nuestra” confianza. No más secretos ni mentiras.

Obviamente lo que Elliot desea y lo que está sucediendo son cuestiones completamente distintas.

El capítulo mantiene el tono tenso de “Successor” de gran manera, demostrando que la paranoia ha logrado permear a distintos personajes. Es más, pareciera ser la emoción común, una suerte de niebla o de pantano que lo devora todo de forma implacable. Si comparamos la situación actual con la retratada en el final de temporada anterior, nos encontramos con que no podrían ser más disímiles, y cualquier sensación de victoria que se haya tenido en dicho momento se terminó por esfumar con el paso de los días. Si la Fsociety “ganó”, entonces fue una victoria pírrica por donde se le mire: con un Elliot encarcelado y con un estado mental más frágil que nunca, Darlene haciéndose cargo a duras penas de un grupo cada vez más disperso e irrelevante, Romero asesinado por manos desconocidas, Mobley y Trenton desaparecidos sin rastro. Evil Corp sigue allí, trastabillando desangrada pero no muerta. No todavía. No hay nada qué celebrar.
El cliffhanger del capítulo anterior se mantiene sin resolver, además, lo que aumenta la tensión no solo en el espectador (¿dónde están Trenton y Mobley?) sino que en Darlene también (¿dónde están Trenton y Mobley?), tratando dicha desaparición como un punto más en la larga lista de cuestiones que no calzan y que desestabilizan la situación de forma incontrovertible. A todo esto le sumamos el hecho de que la Dark Army definitivamente está involucrada planeando “algo” (la llamada “Stage 2” o “Etapa 2”) de un plan hasta ahora desconocido y tenemos como resultado que Darlene está sumida en la paranoia. Prácticamente no tiene a nadie en quién confiar excepto en Elliot. El FBI y la Dark Army dando vueltas a su alrededor, cada una intentando jugar su propio juego en las sombras. Y en ese contexto Darlene se da cuenta que falta una cinta de video, la que ocuparon para grabar el mensaje contra la Operación Berenstain – en donde sale su rostro descubierto. Si la llegan a descubrir, es el Fin del Juego.

Por otro lado, Angela también cae bajo los efectos de la paranoia desatada. Una vez que hábilmente logra extraer los datos de login del computador de su jefe (usando un USB “Rubber Ducky”) y acceder a la información directa sobre los diversos desastres naturales en los que Evil Corp ha estado involucrada, decide ir a las autoridades -en específico, la Nuclear Regulatory Commission o Comisión Reguladora Nuclear- pertinentes a entregar prácticamente en bandeja a Evil Corp y su oscura mano. Son escenas de pequeñas victorias, momentos que contrastan con el estado miserable de Darlene y la Fsociety, que hacen que la trama de Angela salga de ese ciclo constante de reiteración y redundancia  y muestre la valía que sabemos que posee.
Hasta que, por supuesto, la paranoia comienza a apoderarse por completo de ella luego de esperar horas en la oficina de la NRC a la encargada, que hayan repentinas y constantes bajas de voltaje en el alumbrado público y privado, que el pasillo por el que transitan antes de llegar a la sala de conferencias sea extrañamente ominoso, que las preguntas que la Directora Phelps le haga sean (a su juicio) extrañamente contraproducentes respecto al anonimato prometido en un principio y que tenga que precisamente juntarse en persona con otras autoridades (las que desconocemos) en vez de solo proporcionar la información y retirarse en paz. Nada calza. Quién sabe, a lo mejor Evil Corp tiene a alguien infiltrado incluso dentro de la NRC. ¿Por qué no habrían de tenerlo? Algo raro. Paranoia. Mejor retirarse. Podría ser peligroso darse a conocer. Mejor retirarse y no volver.
La aparición de Dom DiPierro termina siendo menos tensa y más simbólica que lo esperado. Su forma de presentación (“Your favorite, Nia’s gyros!”) hace que todo tenga un tono más off the record que una investigación oficial, pero su -¿simulada?- cercanía y jovialidad no logran una conexión con Angela… no hasta que, de alguna manera, logra sincerarse. Dom DiPierro, la mujer que no tiene sueños, por fin tuvo uno: empezó bien, con una mujer atractiva, y al instante siguiente estaba siendo ahogada bajo el agua. Las cosas mejoraron cuando dejó de luchar y simplemente se rindió. Dom es honesta al decirle a Angela que la viene investigando desde hace meses (gracias, Ollie) y que, dentro de todo, es preferible que confíe en ella en vez de algún eventual otra nebulosa figura de autoridad que también logre llegar a la joven ejecutiva de E Corp. Si estás siendo ahogada bajo el agua, mejor deja de luchar.

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Incluso entre Whiterose y Price las cosas no son como parecen en un principio. Lo que inicia con Whiterose literalmente orinando sobre la lápida del predecesor de Price como CEO de E Corp termina convirtiéndose en una conversación magistral desde el punto de vista visual, narrativo, de guión y actoral. Es una escena maravillosa, aunque un tanto oblicua en su uso de alusiones vagas en un principio -el “plan” de Price, a qué están jugando específicamente ambos- hasta que deja completamente de serlo en un santiamén; cuando Whiterose intenta amenazar a Price de la misma manera en que amenazó a su predecesor, el CEO decide que ya basta – y la tortilla se da vuelta. Price toma las riendas y desata su lado más feroz, hastiado ya de la diplomacia con su par chino. En el mundo del capitalismo desatado no hay espacio para el sentimentalismo – la competencia es total, y aquí no es la excepción. Michael Cristofer demuestra una vez más lo terrorífico que puede llegar a ser sin necesidad de volverse histriónico o caricaturesco. “You see? I’m a mercenary, I don’t play fair. I play what I want,” gruñe Price mientras Whiterose es incapaz de replicar ante el tono cada vez más agresivo de su contraparte, y lo corona todo con una de las frases más significativas del episodio: “Order will not protect you anymore, my friend. I will rain chaos, even if it hurts me, ‘cause I would rather see you lose than win myself.” El orden como zona de comodidad, como forma de darle un sentido a la vida, está colapsando en ese mismo instante alrededor de todos. Adiós orden, adiós normal. Bienvenido caos.

Elliot debe saberlo. Lo que todo parecía andar bien comienza a caerse a pedazos. Ese mundo a colores que debiera ser en verdad está más gris y opaco que nunca. Los primeros signos de este colapso existencial están dados por la muy bien lograda escena en la que Elliot escucha, desde el baño, cómo Mr. Robot termina con la discusión entre Darlene y Cisco. Es un momento pequeño pero perturbador, es la primera grieta que terminará creciendo hasta romper la represa. La sensación de incredulidad de Elliot (y de Mr. Robot también, hay que decirlo) es palpable – nadie sabe qué está pasando. La existencia misma de Elliot parece desaparecer por instantes, un par de microsegundos en que es Elliot y Mr. Robot alternándose en un solo lugar, como si de una mala conexión se tratara. La confusión aumenta en otro perturbador momento, con Elliot viendo a distancia una conversación entre Mr. Robot y Cisco, incapaz de salir de su vagón, incapaz de ser escuchado, incapaz de afectar en algo lo que está sucediendo a su alrededor. Es la sensación de que quizás, por mucho que Elliot quiera ser honesto con nosotros, no pasa lo mismo con Mr. Robot. Que, quizás, Elliot no pueda ni siquiera confiar en sí mismo y recién ahora esté dándose cuenta, una vez hechas las paces con esa parte de sí mismo. Que, quizás, todo este lío es culpa de él – y ni siquiera se haya podido dar cuenta.

Hasta que nos damos cuenta que eso es precisamente lo que sucedió.

El episodio culmina con una serie de cliffhangers sucesivos, la apertura de una Caja de Pandora que solo hace que la espera se vuelva peor. Es una táctica un poco barata, casi telenovelesca, de asegurar que estemos sí o sí presentes para el próximo capítulo… pero al menos hasta cierto punto se le perdona. Lo de Cisco y lo que encontró en la casa de Jacobs quizás en menor medida, porque resulta hasta un poco excesivo – pero los golpes en la puerta de Darlene y en especial la revelación sobre Elliot sí estuvieron bien logrados. Porque todo culmina en un momento de incredulidad, de tensión, de sentirse abofeteado por Sam Esmail personalmente mientras sonríe maliciosamente.

Stage 2 is his plan.”

Adiós zona de comodidad. Adiós normal. Cuando piensas que el mundo tiene un orden establecido y que puedes confiar, al menos, en ti mismo, te das cuenta que todo es caos. Y luego ves que el vehículo del desaparecido Tyrell Wellick está estacionado frente al edificio donde vives y te preguntas por qué. La ventana baja y está ella, Lady Macbeth, con sus ojos gélidos y su sonrisa maquiavélica. “Hello, Ollie”.

Nadie sabe nada. Bienvenido caos.

Observaciones varias:

  • El “Hello Ollie” es referencia al apodo que se puso Elliot en su conversación con Joanna en el final de temporada anterior, no vayamos a pensar que le metieron otra personalidad dividida al pobre. También sirve como contrapunto al “bonsoir, Elliot” característico de Tyrell.
  • Leon, antes de ver Seinfeld, maratoneó Mad About You (sitcom que por estos lados transmitieron en el Warner Channel… ¿o era el Canal Sony?) y alabó el trabajo de Paul Reiser como protagonista: “you know, my man Paul Reiser… he just doesn’t get the credit he deserve. Man is spectacular.
  • Sorpresivo momento emocional en la visita de Elliot a su madre (¿catatónica?) después de salir de la cárcel. Más allá de lo horrible de su trato mientras era niño, al menos la figura maternal le ayudó -hasta cierto punto- a encontrarle un sentido a su existencia mientras estuvo preso.
  • Otro momento emotivo fue el abrazo entre los hermanos Alderson. El que Darlene abrace a Elliot no es tan extraño, pero que él abrace de vuelta es significativo.
  • ¿Quién carajo vive al frente de Cisco que tiene esas frases pintadas alrededor de su puerta?
  • Nota musical 1: La canción que suena cuando toman preso a Elliot es “This Ain’t No Hymn” de Saint Saviour.
  • Nota musical 2: La canción que suena cuando ingresa a la cárcel es “The Order of Death” de Public Image Ltd.
  • Nota musical 3: La canción que acompaña a Elliot cuando ingresa a su celda y reimagina el mundo a su alrededor es “Walking In My Shoes” de Depeche Mode.
  • Nota musical 4: No solo la elección de canciones estuvo notable esta semana (como siempre, en verdad), sino que el trabajo de Mac Quayle en la banda sonora incidental otra vez merece aplauso. No lo hemos mencionado en las reseñas, pero queremos dejar en claro que el trabajo de Quayle es parte fundamental de la estética de la serie y siempre está a la altura.

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