Ghost in the Shell (1995)

 GHOST IN THE SHELL

País: Japón
Año: 1995
Director: Mamoru Oshii

Género: Animé/Cyberpunk
Duración 83 min.
Guión: Kazunori Ito
Basada en el manga de: Masamune Shirow
Voces (japonés): Atsuko Tanaka, Akio Otsuka, 
Iemasa Kayumi, Koichi Yamadera
Música: Kenji Kawai

Es el año 2029 y el concepto clásico del “Estado-Nación” está en completa crisis, con fronteras físicas prácticamente destruidas por la existencia de la internet – un flujo constante, interminable, incontenible de información comunitaria. Las transnacionales parecen tener cada vez más poder sin un aparente contrapeso, dominando la cultura de las masas. Los ciberataques son considerados incidentes con repercusiones diplomáticas internacionales, asimilados al terrorismo, y existen unidades especiales de los organismos de seguridad estatales dedicadas a combatir estas amenazas.

Es el año 2017 y, en cierto sentido, el mundo de “Ghost in the Shell” dejó de ser ciencia-ficción especulativa hace ya bastante tiempo, convirtiéndose en nuestra realidad: en una cotidianeidad escalofriante, al mismo tiempo tan llena de posibilidades como severamente limitada dentro de la ilusión de la elección, vidas entregadas al capricho de intereses económicos y -al mismo tiempo- un flujo desatado de información, de arte, de expresión, de frutos de trabajos remunerados o no, con comunidades virtuales en donde no existen fronteras complementando nuestra socialización física o -en algunos casos- suplantándola derechamente. Casi todo excepto los cyborgs. Allí sí nos falta todavía.

Y, sin embargo, el hecho de que no tengamos cyborgs (que son parte importante de la puesta en escena de la película) no disminuye ni la potencia de su mensaje, ni lo aterradoramente predictivo del mundo que creó, porque los cyborgs de “Ghost in the Shell” son más que cyborgs: son un medio a través del cual exploramos, tanto creador como espectador, la naturaleza humana en tiempos artificiales e inciertos como el de la película, o como el nuestro.

Ghost in the Shell” trata, a muy grandes rasgos, sobre Motoko Kusanagi, también conocida como “la Mayor” debido a su rango en la Sección 9 de los organismos de seguridad de una ciudad asiática anónima. Kusanagi y sus compañeros de equipo en la Sección 9 -Batou, Ishikawa y Togusa- deben lidiar con una misión de crucial importancia: investigar y capturar al hacker/cibercriminal más infame del mundo, conocido como Puppet Master (el Titiritero). Si bien su lista de crímenes es vasta, el más temido de todos es su habilidad para hackear el “fantasma” (el término de la obra para referirse al alma, la conciencia) de los cyborgs – en otras palabras, controlarlos. De allí su apodo y de allí su peligrosidad. Obviamente las cosas se complican aún más a medida que avanza la investigación y se descubre una red de intriga política y un complot para encubrir no solo la identidad del Puppet Master sino también su naturaleza.
La película es, a ratos, obtusa y distante; no gasta su tiempo en explicar mayormente los conceptos (algunos difusos, otros no tanto) que expone, sino que los presenta simplemente para que el espectador interprete. Se preocupa más de mostrar cómo está el mundo que de explicar por qué está así, dejando que el espectador una los puntos como mejor le plazca. Por momentos, prescinde por completo del diálogo para dejar que la ambientación (imagen y sonido) hagan todo el trabajo – y en otros, monólogos casi verborreicos enfatizan la filosofía que se encuentra presente en el ADN de la obra. ¿Inconsistente? En teoría sí, pero Mamoru Oshii, director de la cinta, se enfoca constantemente en una dualidad prácticamente paradójica como uno de los motores de la obra: ghost/alma/humano vs. shell/cuerpo/artificial o no-humano; memorias implantadas vs. realidad; cosificación vs. agencia; femenino vs. masculino; auto-replicación vs. reproducción; resistencia vs. cambio. El hecho de que “Ghost in the Shell” tenga momentos de delicado minimalismo seguidos de un filosofar poco sutil es solo la aplicación meta-narrativa de la dualidad antes mencionada.

El mismo personaje de Motoko es a su vez, otra concreción de esta dualidad – la escena de los créditos iniciales es su punto de partida, el momento de su creación (o, al menos, de la creación del receptáculo artificial que cobija su fantasma humano) que asimismo es la unión de opuestos, de lo humano y lo artificial, lo tradicional con lo moderno. Acompañada por una sombría e inquietante canción tradicional japonesa, en cuyo arreglo -cortesía del compositor Kenji Kawai- también se vislumbra lo dual, lo dicotómico: sus instrumentos y las letras son tradicionales japonesas (una canción matrimonial ancestral cuyo objetivo era disipar la influencias malignas sobre la pareja recién casada), mientras que las armonías vocales se basan en la tradición búlgara. El efecto es inmediato, y no hay un mejor acompañamiento para la escena en la que somos testigos de la creación de una nueva forma de vida, trascendiendo nuestras propias limitaciones físicas, un universo de posibilidades – y dicha composición nos acompaña a lo largo de la película, con pequeñas variantes.

La dualidad en Motoko se presenta, a su vez, en su forma y en su ser: evidentemente es (lo que nosotros consideraríamos) una mujer, sus rasgos femeninos se pueden ver a simple vista y su cuerpo con el traje de camuflaje termo-óptico evoca desnudez – y, al mismo tiempo, posee un actuar carente de sexualidad y su cuerpo mecánico impide que pueda reproducirse. Es una mujer fuerte, altamente capacitada, que no pierde su tiempo en tonterías y que puede hacerle frente a enemigos más poderosos que ella, pero también es un ser con profundas dudas sobre su naturaleza, aferrándose a su cúmulo de experiencias y a su forma física para definirse, temerosa (y, al mismo tiempo, deseosa) de ser alguien distinto.
Esto se resuelve en el clímax de la película, luego de descubrir que el Puppet Master no solo no tenía un cuerpo físico, sino que es un programa creado por la Sección 6 como “Proyecto 2501”, destinado al hackeo/espionaje internacional para servir a los intereses de dicha Sección, y que sin embargo adquirió autoconciencia con el paso del tiempo. ¿Es un ser vivo esta creación tecnológica que pudo tomar conciencia de su propia existencia y, voluntariamente, sobrepasar su propia programación, para llevar a cabo sus propios intereses? ¿Es verdaderamente un alma/fantasma sin ningún cuerpo particular al que esté atado, nacido casi espontáneamente dentro del flujo de información casi infinito que es la internet? Las respuestas son difíciles y quizás ello excede el propósito simple de esta reseña, pero al menos su peso filosófico invita a la reflexión y al debate continuado una vez que los créditos finales hayan abandonado la pantalla. El ya mencionado clímax involucra la conversación entre el Puppet Master y Motoko como iguales, reflejos uno del otro, con cuerpos casi idénticos mientras enfrentan (literalmente) la posibilidad de la mortalidad tanto física como interior: por una parte, la Sección 6 va dispuesta a destruir los cuerpos de Motoko y del Puppet Master para evitar que su involucramiento en este complot salga a la luz, y -por otra parte- el Puppet Master desea unirse a Motoko para dar comienzo a una nueva creación, un ser distinto al de Motoko y al del Puppet Master. Motoko expresa su reticencia a esta unión, y el Puppet Master acierta: es su deseo de aferrarse a lo ya existente, a mantenerse estática en un sistema altamente variable, lo que la limita.

Y en el último instante posible… disparos.

Pero “Ghost in the Shell” no solo es una obra altamente influyente por su temática y por la forma en cómo la trata: su estética es, también, profundamente llamativa. El detalle de los fondos, la fluidez de sus animaciones, los efectos especiales (bastante decentes para la época), el estilo que exuda a cada segundo no hacen más que provocar que el espectador desee perderse en dicho mundo. Dominan la puesta en escena los tonos grises y cafés de monstruosos edificios agolpados uno al lado de otro, cubriendo el horizonte como una irregular muralla gigantesca de concreto y metal, cuya opresora monotonía solo se quiebra con la aparición de numerosos letros coloridos promocionando productos, almacenes, empresas. Un hiper-capitalismo en plena expresión. Un trabajo realmente sobresaliente y que fue alabado y recogido (por decirlo de alguna manera) por las Wachowskis en “The Matrix”, una de esas películas que marcó una época completa: la conexión a la Matrix a través de conectores en el cuello del individuo y la “lluvia verde de código” están sacadas casi directamente de “Ghost in the Shell”.

Con todo, la obra de Mamoru Oshii merece ser vista, no solo una vez, sino varias: hay algo para casi todos los gustos. Entre el debate filosófico, la calidad de su animación, la excelente dirección de los momentos de acción que se reparten a lo largo de la película, su estética (y ética) cyberpunk, su banda sonora intrigante y misteriosa, es difícil sentirse verdaderamente decepcionado de una película así. No es perfecta, por supuesto, y entre lo obtuso de su presentación y la inconsistencia de su ritmo pueden encontrarse flancos fáciles de atacar – pero los elementos positivos sobrepasan a los negativos, y convierten a “Ghost in the Shell” en una de esas películas que trasciende, en diversos sentidos, la época de la que forma parte.

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