Ghost in the Shell (2017)

 

 Ghost in the Shell (2017)

País: USA
Año: 2017
Director: Rupert Sanders
Género: Ciencia-ficción, acción, cyberpunk
Duración: 120 minutos
Elenco: Scarlett Johansson, Pilou Asbaek, Takeshi Kitano, 
Michael Pitt, Juliette Binoche, Chin Han, 
Peter Ferdinando
Música: Clint Mansell y Lorne Balfe

 

Nota: La reseña contiene una sección exclusivamente con spoilers en la última parte del texto.

Hace casi diez años, allá por el año 2008, Dreamworks adquirió los derechos para producir una versión live-action del manga Ghost in the Shell de Shirow Masamune. Corre el año 2017 y dicha película (llegada a nuestros territorios como Ghost in the Shell: La Vigilante del Futuro) es estrenada a lo largo del planeta. Casi una década de producción relativamente complicada, con numerosos nombres famosos adjuntados al proyecto en diversas etapas y no menos de cuatro guionistas distintos trabajando en ello, recién el año 2014 se comienza a vislumbrar una luz al final del túnel: Rupert Sanders (quien había dirigido Snow White and the Huntsman) estaría a cargo de la cinta, y Scarlett Johansson se quedaba con el papel protagónico. De allí en adelante, las cosas parecieron darse sin mayor sobresalto.

Hasta que durante el 2016 se filtró información fidedigna según la cual se habían hecho pruebas de efectos especiales para alterar la apariencia de Johansson en la película, volviéndola “más asiática”. La controversia se desató. Si el material original es eminentemente asiático tanto en tono, contenido y estructura – ¿por qué no castear a actores asiáticos? ¿Por qué contratar a una mujer blanca en vez de una mujer asiática, más aún si pretenden “alterar su apariencia” para otorgarle rasgos asiáticos? Más allá de que gente de la producción negó que los susodichos intentos fuesen exitosos y que Scarlett Johansson no estuvo involucrada en las pruebas de efectos especiales, la controversia estuvo lejos de morir allí. Las acusaciones de “whitewashing” (en otras palabras, ocupar a gente de piel blanca en papeles no-blancos o relativos a minorías) se mantuvieron firmes mientras se acercaba la fecha del estreno de la película. ¿Se justificaría la decisión? ¿Habrá sido todo un malentendido? ¿Existirá alguna explicación dentro de la narrativa para ello?

La respuesta que la misma película ofrece a las interrogantes es, tal vez, aún más problemática que lo tenían previsto – y, aún para peor, no es el único problema de la cinta. Es que Ghost in the Shell no es una gran película; es -a lo más- decente con momentos interesantes, cuya colorida y futurista estética no logra mantener a flote a una película desesperantemente tradicional y poco atrevida, logrando ser casi todo lo que no era la película original de Mamoru Oshii.
No es que uno sea un purista incorregible – en nuestra reseña de dicha película comentamos que lo obtuso de su narrativa, su intencional reticencia a explicar numerosas cuestiones, y su oscilación entre minimalismo y verborrea eran elementos que le resultarían difíciles de digerir al espectador, pero al menos era una expresión osada del arte, una suerte de quiebre consciente de convenciones tácitas o expresas. A la adaptación hollywoodense le pesa, precisamente, ser eso: hollywoodense. Es un blockbuster en el sentido más negativo del término, una película limitada por la necesidad de alcanzar al público más masivo, perdiendo la originalidad, el atrevimiento o algún tipo de riesgo creativo que podrían haberle ayudado a alcanzar un escalafón más alto.
En ese sentido, es difícil sacarse de la mente la impresión inicial, incluso antes de que aparezcan los créditos iniciales: un texto en la pantalla que explica el estado del mundo en la narrativa, el rol de Hanka Electronics y la idea tras el proyecto que crea a la protagonista. En vez de dejar que la misma película le entregue al espectador orgánicamente dicha información, que pueda suponerla a medida que avanza la narrativa derivándola de ciertos elementos, deciden explicarlo textualmente. Allí encontramos un microcosmos del gran problema narrativo de la película: prácticamente es todo texto, removiendo el subtexto que permeaba la obra original y que -aparte de otras cosas- la volvía una obra que incitaba a la discusión, incluso décadas después de su estreno. La película del 2017 se mueve entre la simplificación forzada y la condescendencia, como si fuese incapaz de confiar en la inteligencia del espectador para pensar críticamente y para poder conectar por sí mismo elementos aparentemente disparatados.

Esta incapacidad para tomar riesgos se manifiesta en la simplificación de la trama principal; si bien elementos superficiales se mantienen en esta nueva adaptación, el trasfondo cambia de forma importante. Se mantienen los hackeos misteriosos a distintos cyborgs y humanos “mejorados”, se mantienen las conspiraciones secretas, pero la motivación tras todo ello es distinta – lejos estamos de las elucubraciones filosóficas del “Puppet Master”, reemplazado por una trama más convencional de venganza contra “los creadores”. Entraremos un poco más en detalle al respecto más abajo, en nuestra sección de spoilers. Los guiños y referencias que hay al material original (incluyendo varias tomas prácticamente calcadas a la película de 1995) no bastan cuando todo aquéllo que los rodea carece de imaginación y se sienten como una suerte de recordatorio constante al estilo “sí, conocemos la película del ‘95 y la respetamos mucho, créannos por favor”. Una decepción, sabiendo el potencial que posee el mundo donde transcurre la trama.

Una de las cosas que -curiosamente- comparte con la película de Oshii es el escaso desarrollo de varios personajes secundarios. No es que los actores sean malos (en verdad, todas las actuaciones son sólidas y nadie desentona), es que simplemente muchos personajes solo aparecen en 2 o 3 escenas a lo más, lo que deja poco espacio para que puedan tener un arco narrativo propio. Nuevamente, algunos se sienten más como guiños o referencias a manga y a la película que como personajes en sí – y eso no basta. Togusa (interpretado por Chin Han), por ejemplo, no debe tener más de una o dos líneas en toda la película. Batou (Pilou Asbaek) tiene un poco más de participación al menos, y se nos explica cómo es que obtuvo sus implantes oculares, pero también la película deja un poco la sensación de que podría haber sido algo más. Asbaek hace un buen trabajo con el poco material que tuvo. Pero el “MVP” de la película es el Director Aramaki, interpretado por el prolífico “Beat” Takeshi, quien tiene un gran momento durante el clímax de la cinta, acompañado con un maletín. Su one-liner posterior solo confirma que, sin duda, es de lo mejor de la película.
De los otros personajes, Juliette Binoche como la Dra. Ouelet le otorga un poquito de calidez a un mundo frío y distante, y los villanos… bueno, son los villanos. No sobresalen, y aunque el plot twist (que discutiremos más adelante, en la sección de spoilers) tal vez cambie la apreciación de un personaje, el otro sigue siendo poco más que un cliché.
Scarlett Johansson como la Mayor Mira Killian es, claramente, el centro de la película. Lo hace lo mejor que puede, y los cambios en la trama (y su backstory) significan que “su” Mayor es distinta a la Motoko Kusanagi que aparece en la película del 95 o en el manga: el hecho de ser “la primera de su tipo” (entiéndase: el primer caso exitoso en trasplantar un cerebro humano a un cuerpo completamente artificial) y su relativa novedad en la Sección 9 la vuelve más distante y reticente que la Motoko que muchos conocen, más monótona y apagada: no parece haber un genuino compañerismo con el resto de la Sección 9, e incluso momentos como la conversación entre la Mayor y Batou en el bote carecen de la cercanía y profundidad de la versión original. Esto tiene el efecto secundario de que Scarlett Johannson no brilla en una película que ella está llamada a cargar sobre sus hombros; no hay nada en la cinta que logre convencer al espectador que solo Scarlett Johansson podría haber sido la protagonista más allá de tener a una “gran estrella de Hollywood” en el papel protagónico.

No todo es tan negativo, eso sí: el apartado visual de Ghost in the Shell es realmente atractivo. Las tomas aéreas en donde la ciudad (cuyo nombre no es revelado, pero es aparentemente multicultural) se muestra en gloria y majestad dotan a la cinta de una maravillosa estética cyberpunk que debería haber sido aprovechada de mejor forma. La ciudad es algo más futurista, más colorida y exagerada que la mostrada en la película del ‘95, pero no olvida esa interminable e ineludible conjunción entre luz y sombra, entre los enormes e innumerables anuncios comerciales que brillan a toda hora, y el gris y opaco concreto que sostiene al resto de las estructuras.
La cinematografía y la edición tampoco presentan mayores problemas, excepto en un par de escenas en donde probablemente alguien con epilepsia o algún tipo de trastorno compulsivo deberá cerrar los ojos (una, después de los créditos iniciales y otra, una pelea bajo luz estroboscópica más o menos cerca de la mitad) porque realmente pueden ser incómodas o peor.
La banda sonora, cortesía de Clint Mansell y Lorne Balfe, complementa bien la estética cyberpunk con una muralla de sintetizadores tanto cálidos y atmosféricos como fríos y energéticos. No será la mejor OST del gran Mansell, pero le viene como anillo al dedo al mundo que Rupert Sanders muestra en su película.

A modo de cierre de la sección sin spoilers, podemos decir que Ghost in the Shell es una oportunidad perdida, un ejercicio en frustración y decepción sabiendo la riqueza de la saga, el tratamiento de temas filosóficos y sociológicos, y la influencia que hasta el día de hoy perdura. No es más que un reflejo pálido de una obra más completa y profunda, una película visualmente atractiva que se queda corta en lo que más importa y que al intentar llegar al público más masivo no termina siendo recibida por nadie. ¿Hay peores formas de pasar 2 horas? Probablemente sí, así que si no le molesta la superficialidad en casi todo aspecto y solo quiere una película que lo entretenga sin tener que pensarla demasiado, entonces Ghost in the Shell no le parecerá un tan mal panorama – pero si le tenía algo más de fe a este proyecto, si esperaba que estuviera a la altura de sus predecesoras, entonces es muy probable que la decepción también sea la sensación que lo inunde una vez que los créditos finales aparezcan en pantalla.

La sección de spoilers viene a continuación.

La controversia sobre el “whitewashing” en la que se ha visto sumida Ghost in the Shell es, como ya mencionamos, tan solo uno de los problemas que la aquejan – pero, al mismo tiempo, dicho problema es mucho más grande que una mera película. Es un fenómeno arraigado en Hollywood mismo (y, hasta cierto punto, en la misma cultura estadounidense), en cuyas películas antiguas se podía ver sin problemas a hombres blancos maquillados interpretando papeles de gente de color. La institución racista del “blackface es una manifestación de ello, y aunque dicha institución hace tiempo cayó en el desuso y en la desgracia que le corresponde, los efectos del fenómeno en general se siguen viendo y sintiendo hasta el día de hoy; porque el “whitewashing” no es más que otra forma más de asimilación y apropiación cultural de otras culturas, y la controversia en la que recayó Ghost in the Shell no es sino un ejemplo más de la lucha de las minorías por obtener verdadera representación en la industria del entretenimiento. Más allá de si consideramos exagerada o no la reacción ante el casting de Scarlett Johansson, la discusión sobre el rol que cumplen actores y actrices que son parte de minorías en el mundo del espectáculo es un discusión vital, y que sentimos que debe llevarse a cabo.

Así las cosas, la gente a cargo de la película decidió -quizás dándoselas de ingeniosos- introducir dentro de la narrativa un elemento que comenta las políticas raciales, buscando una suerte de crítica hacia la disparidad en el tratamiento de las minorías, una suerte de meta-comentario respecto a su propia intervención por parte de los ejecutivos. O quizás siempre fue planeado así, más allá de la controversia con el casting de Johansson.

A saber: a medida que avanza la película, la Mayor va sufriendo ciertos “glitches” incomprensibles en su visión. Dichas visiones, que en un principio parecían no tener importancia para el personaje resultan ser un foreshadowing de una revelación cerca del final de la película: que su verdadero nombre no es Mira Killian sino Motoko Kusanagi, que  era una joven que se había escapado de su casa y fue secuestrada (junto a otros jóvenes que habían huido) por Hanka Corp. para llevar a cabo sus experimentos forzosamente, que Kuze (el hasta ese entonces “villano” de la cinta) era en verdad Hideo, quien también formaba parte del grupo de jóvenes que fue secuestrado por Hanka, y que su familia no murió en un ataque terrorista a un barco sino que su madre sigue viva, ignorando el destino de su querida hija. Lo que quizás fue concebido como una crítica a la falta de escrúpulos por parte de empresarios cuya única intención siempre fue la ganancia para su empresa y su bolsillo -porque las acciones de Cutter, el CEO de Hanka, nunca son vistas desde un enfoque positivo, y mucho menos después de semejante revelación- termina sintiéndose como un golpe innecesario y agravando aún más la falta de castear a Johansson en el protagónico: ahora resulta que no está interpretando a una mujer caucásica, sino que a una mujer asiática implantada forzosamente en un cuerpo a la semejanza de una mujer caucásica. Nuevamente: las acciones de Hanka se muestran como despreciables, pero quizás allí no sea lo suficientemente específico en mostrar lo horrible -y literalmente deshumanizante- que es considerar como el “ideal” o “la perfección” de la raza humana a un receptáculo con rasgos caucásicos, de literalmente apropiarse de otras culturas para beneficio propio. La idea plantea cuestiones relevantes, atisbos de discusión sobre lo que significa realmente la posibilidad de trasplantar cerebros/identidades a otros cuerpos, si la cultura originaria sobreviviría en una situación así, si la identificación con una raza y una cultura seguiría existiendo o se pasaría de verdad a una sociedad “post-racial” (y que, para mayor abundamiento, de “alguna manera” significaría más receptáculos con rasgos caucásicos); el problema es que la película no trata el tema con la complejidad, la sutileza y la profundidad que se merece, sino que lo vuelve más bien otro ítem más en una lista de acciones malas respecto de las cuales la protagonista debe vengarse. Como todo en esta película, su tratamiento no es más profundo que una hoja de papel – y a la vista de la controversia pre-existente, se ve incluso peor. Termina siendo una suerte de microcosmos del problema en sí.

Considerando lo anterior, las actuaciones de los “villanos” (Michael Pitt como Kuze, aunque después se revele como una víctima de las maquinaciones de Cutter, interpretado por Peter Ferdinando) es decente, aunque Cutter sea prácticamente el cliché del empresario inmoral dispuesto a sacrificar a otros por el bien de su empresa y Ferdinando tampoco es que realice una actuación sobresaliente para elevar al personaje. Pitt tiene momentos de fragilidad con rabia burbujeando bajo la superficie, pero son escasos y gran parte del tiempo es más una suerte de desapego con intento de “misterio” que funciona pero no encandila.

El clímax de la película es -como se sospechaba- casi un calco (en un contexto distinto) del clímax de la película del ‘95, con la Araña-Mech y el helicóptero con los francotiradores – pero, nuevamente, se siente como un superficial imitación de algo ya existente. La decisión final de Motoko en la original, de “fusionarse” con el Puppet Master para dar inicio a una nueva forma de vida, es reemplazada por una tépida mantención del status quo. En vez de haber tomado un riesgo, prefirieron lo no-controvertido, lo seguro.

Con todo, el debate sobre el “whitewashing” seguirá vivo y, como ya mencionamos antes, es un debate que debe llevarse a cabo. Lástima que haya sido provocado por una película tan tradicional como Ghost in the Shell… y eso, escribir una oración así, es lo que realmente duele.

*Como material adicional y si le pega al inglés, le recomendamos leer el artículo escrito por Emily Yoshida el 2016, relacionado con la percepción de la “raza” en la animación japonesa desde la perspectiva de una estadounidense-japonesa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s