Better Call Saul S03E01: “Mabel”

Una Tormenta en la Distancia

I know the guys like you. You think you’re so damn smart. And you think you don’t have to play straight with anybody. The wheel is gonna turn. It always does.”

James McGill solo atina a quedarse callado, a mirar con su mirada de orgullo dolido, a abrir la puerta de su oficina y a gesticular hacia la salida. ¿Qué va a decir a esas alturas? Ya lo ha intentado todo: ese magnífico don de la palabra que tantas veces lo ha salvado (y en otras, condenado), esa aparente facilidad para aparentar ser experto en todos los temas bajo el sol, parece llegar a los oídos sordos del Capitán Bauer. No solo el militar se rehúsa a creer las excusas y mentiras de McGill para justificar su actuar cuando él y su “equipo” entraron fraudulentamente a la base aérea para grabar el dichoso comercial, sino que parece ver con claridad el “tipo” de persona que Jimmy McGill es: el fin justifica los medios, si (aparentemente) nadie sale “dañado” entonces no hay problema en contravenir las leyes y la ignorancia de éstas lo escuda a uno de cualquier repercusión. Lamentablemente para Jimmy, así no funciona el mundo – y tiene enfrente a alguien que se encarga de recordárselo. Las cosas se dan vuelta. Ya vendrá el castigo.
Pero para Jimmy McGill, quien está enfrente no es el Capitán Bauer, sino su hermano Chuck. Siempre Chuck y su respeto absoluto, sacro, prácticamente temeroso, del imperio de la Ley, siempre Chuck y su soberbia, su mirada en menos, siempre Chuck juzgándolo por todo, siempre Chuck… “Always on a high horse! Always trying to make me feel like I’m…

El momento termina y el Capitán Bauer vuelve a ser el Capitán Bauer, no el fantasma de su hermano mayor; pero lo dicho queda dicho, las palabras retumban en el aire, y James McGill queda con la espina clavada. The wheel is gonna turn. It always does.

En el Cinnabon de un mall de Omaha, Nebraska, Gene continúa su amargamente dulce rutina diaria. Cinnamon roll tras cinnamon roll, el día pasa lento y todos los días son iguales; el hombre silente se siente atrapado en una prisión monocromática que parece construida por él mismo. El hombre, con su silueta derrotada, sus lentes grandes y un bigote que antes no estaba allí, toma su bolsito de los Kansas City Royals y se sienta en una banca -cualquiera- del mall para poder disfrutar (figurativamente) de una frugal colación y un libro de tapa blanda antes de volver a su trabajo. En esa pequeña ventana de relajo, tan insignificante como la existencia misma que parece llevar en esos momentos, Gene divisa a un joven huyendo con algo robado de una tienda escondiéndose dentro de una cabina de fotos instantáneas. El incidente quedaría relegado a la ineludible irrelevancia del resto de la rutina de Gene si no fuese porque dos figuras de autoridad (un guardia del mall y un policía) están buscando al joven ladrón en cuestión.
Y mientras dichas figuras de autoridad le preguntan a Gene por el paradero del joven, Gene no dice palabra alguna. Es la placa del policía, el recuerdo de que cualquier paso en falso puede significar llamar la atención – allí donde Jimmy McGill y Saul Goodman mejor se desenvolvían, allí donde más podían moverse con comodidad, es donde el irrelevante Gene de Nebraska no puede ir. Gene de Nebraska debe mantener el más bajo de todos los perfiles, o la monocromática, muda y metafórica prisión que lo mantiene encerrado posiblemente se convierta en una prisión de verdad una vez que su pasado salga a la luz. Quedarse callado, entonces, es una necesidad vital – aunque lo que más desee sea abrir su bocota de vez en cuando. En esta situación, sin embargo, quizás quedarse callado sea contraproducente; quizás invite a los policías a pensar que algo oculta, y quizás eso signifique que sea visto como sospechoso. Mejor actuar. Es lo único que queda.

Así es como Gene de Nebraska se convierte en un pequeño soplón, y ayuda a que el joven ladrón sea descubierto en su improvisado escondite.

Pero hay algo ahí, un germen de rabia y descontento y de furia hacia su situación actual y quizás hacia el joven en el que ve un espejo de su propia juventud, una mezcla virulenta de sensaciones que estalla en ese momento en que todo parecía seguir el “curso correcto” de las cosas. El policía lo felicita por haber delatado al joven y, en un instante, es Saul Goodman quien habla: “Don’t say anything, you understand? Get a lawyer!

¿Cómo volver a su irrelevancia después de eso? ¿Cómo mantener vivo a Gene de Nebraska después de la descarga de sentimientos acumulados, de la adrenalina, de la rabia? Todo eso es demasiado para él, y el hombre colapsa, silente como siempre, en el piso del Cinnabon del mall.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill (as Gene) – Better Call Saul _ Season 3, Episode 1 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

Mabel” es un capítulo lento. El retorno de Better Call Saul es de gran calidad, de impecable elaboración, y un festín visual. Ambas aseveraciones no son contradictorias, porque una de las características aparentemente definitorias de la serie está, precisamente, en todo el tiempo que se toma para poder desarrollar cabalmente la historia que está contando; tiempo que no es poco. Durante la temporada anterior, fácilmente podían leerse en diversos rincones de la internet comentarios al estilo “en esta serie no pasa nada, me aburrí” y, hasta cierto punto, es fácil comprender el por qué. Si hasta el riesgo en BCS es mucho menos elevado que en Breaking Bad (donde las cuestiones eran, en muchos casos, literalmente de vida o muerte, mientras que en Better Call Saul sabemos cómo terminan Jimmy/Saul y Mike), por lo que algunos terminan aburridos. Como dijimos: razonable.
Pero su “lentitud” no tiene nada que ver con su calidad. Ni su ausencia es ausencia de lo segundo, ni su presencia es -tampoco- signo de ello. Simplemente es, un rasgo más dentro del caleidoscopio de emociones que Better Call Saul logra provocar en el espectador, una muestra de su carácter, un hecho de la causa. No pretende ser otra cosa que aquéllo que es, y Better Call Saul es una obra parsimoniosa, que vive y se desarrolla con fuerza en los silencios entre momentos, en miradas y suspiros, en lo que no se dice incluso a veces con mayor fuerza que lo que efectivamente se dice. También tiene momentos más convencionales, por supuesto: monólogos que pueden poner los pelos de punta y romper el corazón, montajes estilosos que agasajan la vista, situaciones absurdas que sacan carcajadas. La cuestión está en que Vince Gilligan y Peter Gould saben cómo elaborarlo bien, hasta el punto en que uno pueda decir (sin exagerar) que es una serie en donde los detalles realmente importan. Quizás no sea tan fácil de seguir, pero el desenlace vale la pena: valió la pena en la primera temporada, con la revelación de los verdaderos sentimientos de Chuck hacia su hermano, y valió la pena en la temporada pasada, con la puesta en marcha del plan del mismo Chuck para vengarse. Son momentos que, muy probablemente, no habrían tenido la misma potencia y resonancia si no hubiese sido por su cuidadosa construcción a lo largo de los capítulos de la temporada. Por otro lado, sí aceptamos que quizás el “desenlace” de la trama de Mike durante la temporada fue un poco más decepcionante – y tal vez, el desarrollo de su historia sufrió un poco en comparación con la de Jimmy/Kim/Chuck, sintiéndose más “vacía” y un tanto transicional, como si los guionistas hubiesen estado forzados a encontrarle “algo qué hacer” a Mike hasta el final de temporada.
Pero más allá de eso, la cuestión es que el ritmo en Better Call Saul es una cuestión intencional y es una cuestión que viene incluída en lo que la serie efectivamente es, en vez de ser un problema de adecuación a un nuevo formato o de inexperiencia por parte de la gente a cargo. En ese sentido, “Mabel” no va a ser el capítulo que más nuevos espectadores le genere a la serie; difícilmente convierta a quienes estaban dubitativos, o sea lo suficientemente convincente para que los que no tienen idea de la serie se pongan a verla. Es, en cierto sentido, un típico capítulo de la serie – en contraposición a la expectativa enraizada casi generalmente de un “season premiere” más energético, más bombástico o -por lo menos- más sustancial.

Lo anterior, sin embargo, no es tampoco una indicación de su calidad o falta de ella. Porque, en nuestra humilde opinión, “Mabel” es un gran capítulo. El hecho de que prácticamente la mitad de su metraje (considerando el flashforward inicial y todos los segmentos de Mike) esté (casi) exenta de diálogo, y que se dedique más a resolver las secuelas inmediatas del potente final de temporada anterior no le juegan en contra, a nuestro parecer. Nuevamente: dichos recursos estilísticos y tonalidad son parte de la serie en sí. En ese respecto, no tenemos quejas.

Es que, honestamente, los montajes de Mike haciendo labor detectivesca fueron realmente geniales. Incluso su introducción, con lo sucedido inmediatamente después de descubrir que alguien dejó la nota con “DON’T” en el parabrisas de su auto, saca a relucir lo bello de la identidad visual de la serie; el montaje frenético cuando decide huir de la escena, dando paso a lo maravilloso e indómito del paraje (y el clima) del lugar en que se encuentra una vez que se detiene, con las nubes de tormenta cubriendo ominosamente el horizonte del desierto de Nuevo México. Luego de ello, damos paso a una de las escenas más extensas del capítulo, y un nuevo montaje para agregar a la lista de grandes montajes que Better Call Saul nos ha regalado: Mike Ehrmantraut desarmando por completo el auto en busca del dispositivo rastreador que sabe que debe estar en algún lugar. El que su búsqueda exhaustiva resulte infructuosa es otro de esos momentos oscuramente irónicos que Gilligan y Gould saben crear tan bien – así como el momento “eureka!” provocado por un repuesto de tapa del estanque de combustible.
Asumimos que a los showrunners le gusta ver cómo trabaja la mente de Mike, porque sus escenas en este capítulo son, precisamente, eso: una metódica, meticulosa, laboriosa labor de descubrir cómo y quién logró rastrearlo hacia el lugar en donde planeaba eliminar a los Salamanca. Su plan es, a primera vista, algo confuso – pero eventualmente uno comprende qué es lo que quiere lograr. En ese otro momento “eureka!” (ahora para el espectador) es que uno comprende que Gilligan y Gould saben perfectamente lo que hacen. Porque, en cierto sentido, lo de Mike en este capítulo es un microcosmos y una metáfora de la labor de los showrunners en la serie: a veces sientes que toma demasiado tiempo, a veces no entiendes cuál es el objetivo ni hacia a dónde vamos, pero si confías en nosotros de seguro que sentirás que el desenlace valdrá la pena.

Y así es como Mike Ehrmantraut logra ser más astuto (aparentemente) que quien lo está siguiendo y da vuelta la tortilla. Lo más seguro es que su rumbo lo lleve en dirección de un viejo conocido nuestro, el creador de un restaurant de pollos fritos…

La otra mitad del capítulo, por supuesto, es la de Jimmy, Chuck y Kim. El capítulo propiamente tal empieza con la misma escena del final de temporada anterior, visto desde otra perspectiva – un truco que Gilligan ya había utilizado antes en Breaking Bad. Lo que sigue es lidiar con las secuelas inmediatas de lo anterior, y el capítulo se enfoca claramente en ello: Chuck guardando la grabadora en la que obtuvo la confesión de Jimmy; éste último avisándole a Howard Hamlin que Chuck se encuentra mejor y volverá a HHM; los hermanos McGill removiendo las capas de “aislante” de las paredes de la casa de Chuck. Esta última escena es la más significativa de todas las anteriores, siendo una encapsulación perfecta de la compleja relación entre los McGill: del odio a la compasión a la decepción al odio nuevamente, un torbellino de emociones que no pueden obviarse. Aquí, tanto Bob Odenkirk como Michael McKean brillan: ninguno sobreactúa, y ambos pueden transmitir perfectamente las diferencias, ese abismo de distancia que existe entre ambos hermanos y que a veces -solo a veces- parece achicarse por instantes efímeros. Cuando Jimmy encuentra el libro “The Adventures of Mabel” escondido, y los hermanos comienzan a recordar momentos de su infancia, es como si nada de lo que sucedió en las dos temporadas anteriores pareciera importar; como que fueran un hermano mayor y su hermano menor hablando normalmente de tiempos pasados, con pequeño dejo de nostalgia. Y cuando Chuck corrige a Jimmy (“I read it to you… you don’t remember”) es imposible no darse cuenta de que por un pequeño, fugaz momento, Chuck está sintiendo el verdadero cariño de un hermano mayor protegiendo al menor.
Obviamente el momento pasa y Chuck McGill vuelve a ser quien es, recordándole a Jimmy que no está dispuesto a olvidar tan fácilmente: “Don’t think I’ll ever forget what happened here today… and you will pay.”

Lo duro de las palabras de Chuck encuentran un eco en lo que el Capitán Bauer le dice en su oficina a Jimmy – y ambas frases encuentran su reflejo en los flashforwards al inicio de cada temporada. Saul Goodman terminó “pagando” de una manera particularmente cruel: quizás haya evitado morir a manos de Walter White (algo que no todos tuvieron la suerte de evitar), pero la forma en la que pudo mantenerse con vida parece ser la más letal de todas para él. Alguna vez en su vida disfrutó haciéndose pasar por otra gente, llamando la atención con identidades falsas para ocultar la real; ahora está obligado a mantener una nueva identidad, obligado a no llamar la atención, obligado a quedarse callado y sufrir en silencio. La tragedia de la caída de Jimmy McGill no es solo la tragedia de su caída en desgracia, la pérdida de su compás moral y su “transformación” en Saul Goodman: es también la tragedia de verse reducido a una sombra irrelevante de lo que alguna vez fue, por culpa de sus propios actos… y quizás una que otra “ayuda” por parte del accionar de su hermano Chuck.
Aquí queremos detenernos un momento, porque Chuck McGill es un personaje complejo, más que un simple “villano”, de ésos con risas malvadas exageradas y que aseguran que la próxima vez el héroe no se saldrá con la suya. No, Chuck McGill es un ser detestable, pero cuyas motivaciones están arraigadas en sentimientos reales, incluso comprensibles, y que sin embargo terminan expresadas en una forma horrible, hiriente e insoportable. Así es como sus intuiciones más correctas sobre el carácter de su hermano (con el cual ha crecido, al cual ha tenido que salvar en múltiples ocasiones, al cual conoce mejor que nadie) terminan trastocadas por una envidia salvaje, una supuesta rectitud moral que se autoarroga y le niega a su hermano y una completa ausencia de autocrítica. Si el entorno del derecho es algo “sagrado” para él, entonces es un insulto prácticamente personal que su hermano menor, el delincuente de su hermano menor, decida dedicarse a lo mismo: no solo insulta a la profesión en sí, sino que lo insulta a él (como una suerte de guardián autonombrado), arrastrándolo al lodo desde su pedestal por sola virtud -o falta de ella- de ser su hermano. La cuestión de ser “el único que ve el verdadero carácter de Jimmy” se vuelve una fuente de envidia, de rabia pura – hasta el punto de tergiversar el amor fraternal que puede sentir en una suerte de condescendencia insoportable, algo como “yo sé lo que es mejor para ti, y lo mejor para ti es que no compartas profesión conmigo”.
Y, por supuesto, con el plan de la grabación oculta, demuestra que su supuesta superioridad y rectitud moral se van al tacho de la basura cuando se trata de vengarse de su hermano. Lo más probable es que incluso se justifique con la excusa de “pero él empezó”. No sorprendería.
La tragedia, entonces, es que Chuck McGill puede estar en lo correcto, pero su forma de actuar termina por empañar siempre cualquier victoria que pueda clamar para sí. Su actuar en este capítulo es particularmente villanesco: su conversación con Hamlin y luego su forma de involucrar a Ernesto sin que éste se dé cuenta parecen indicar que su plan de venganza contra Jimmy marcha a toda velocidad y ya no hay vuelta atrás. Por ahora ignoramos cuál va a ser específicamente la forma en que dicha venganza se manifestará, aunque especulamos con que quizás se base en que inevitablemente Ernesto le dirá a Jimmy sobre la grabación y éste probablemente incurra en algo absolutamente ilegal para deshacerse de ella.

Mientras tanto, Kim sigue bajo presión: no tanto el hecho de tener clientes irracionalmente demandantes (como la anciana que exige agregarle menciones expresas a su testamento que se entendían incluidas en los anteriores) sino más bien su lucha interna consigo misma, con el conocimiento de lo que Jimmy hizo para que ella se quedase con Mesa Verde como cliente. Quizás el hecho de que la haya “obtenido” por medios “reñidos con la moral” la motiva a demandar la perfección de su propio trabajo. Una coma, un punto y coma o un guión son tan solo la manifestación de esa búsqueda obsesiva; como si con su actuar “perfecto” pudiese purgar las “imperfecciones” de la obtención de su cuenta. Sin duda dicha presión va a afectar la relación que tiene con Jimmy… si es que el arcoiris que adornaba la pared del edificio que alberga sus oficinas es algo más que mera decoración. Un arcoiris partido por la mitad podría ser bastante ominoso, si es que la venganza de Chuck McGill incluye, también, a Kim.

Con todo, “Mabel” es como ese rayo que se ve a la distancia en el momento en que Mike baja de su auto. Sabemos que en el momento no es mucho lo que está sucediendo en pantalla, que tal vez sea demasiado parsimonioso… pero sabemos que, a la distancia, una tormenta se avecina. No hay ninguna duda sobre ello.

Observaciones varias:

  • Bienvenidos a un nuevo ciclo de reseñas de Better Call Saul. Siempre es un honor volver a escribir sobre una serie de semejante calidad, y quien escribe espera humildemente que las columnas sean de su agrado. En todo caso, se aceptan con los brazos abiertos los comentarios y críticas siempre que sean constructivas.
  • The Adventures of Mabel” es un libro real, escrito por Harry Thurston Peck, publicado en 1896.
  • Nota musical: la canción del flashforward del inicio es “Sugar Town” de Nancy Sinatra, y la del montaje de Mike desarmando el auto es “Can’t Leave the Night” de BADBADNOTGOOD. Ambas elecciones perfectas para los momentos en pantalla que acompañan.
  • Las infaltables referencias fílmicas de Jimmy McGill: en esta ocasión, Top Gun (“Fudge is not a person! He wasn’t in the war”; “Well, neither was Tom Cruise, and look what Top Gun did for you!”) y Karate Kid (que obviamente Chuck no ha visto).
  • El veterinario turbio/contacto criminal de Mike es un veterinario preocupado por sus pacientes, preguntándole a Mike por el estado de la perrita que atendió.
  • Por si todavía no entienden lo que hizo Mike con el rastreador, aquí una explicación: descubrió dos rastreadores (uno en el auto que utilizó para ir hacia el desierto, otro en el suyo propio), determinó el modelo del aparato rastreador que estaba en su auto, le pidió al veterinario conseguirse uno del mismo modelo y cuando lo obtuvo, leyó el manual hasta entender bien su funcionamiento. De allí, descubrió que el aparato indica en la pantalla cuando la batería está por agotarse, por lo que decidió intencionalmente agotar la batería del rastreador que había encontrado en su auto (utilizándolo en su radio a pilas) y reemplazándolo por el que se consiguió con el veterinario, colocándolo en la tapa del estanque de gasolina, sabiendo que quien lo rastreaba recibiría la notificación de batería baja y enviaría a alguien a retirar el aparato para cambiarle la pila. Esto efectivamente ocurrió, y la persona encargada de retirar el aparato ignora que es el que puso Mike, no el original, por lo que ahora es Mike quien hace el seguimiento. ¿Ahora sí?
  • For ten minutes today, Chuck didn’t hate me… I forgot what that felt like”. Uno de los momentos más profundamente tristes de la serie, y una demostración del talento dramático de Bob Odenkirk (que lo hizo justamente merecedor del premio a Mejor Actor en una Serie Dramática en los Critics’ Choice Awards tanto el 2015 como el 2016).

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