Better Call Saul S03E02: “Witness”

De la Paciencia a la Impulsividad

“For this you destroyed our family? For nothing!”

En cierto sentido, Better Call Saul debe librar intrínsecamente una batalla con pocas probabilidades de victoria: si su estatus -sabido por todos- de precuela/spin-off de Breaking Bad significa que está imposibilitada de mantenerse a sí misma como una historia propia, digna de ser contada y, por ende, destinada irremediablemente a derivar en una suerte de desfile eterno de referencias, guiños y fanservice de escasa utilidad. Hasta ahora, nuestra opinión es que está logrando ganar esa batalla, a pesar de las escasas expectativas que en más de alguna ocasión le concedimos – y lo está logrando más que nada por la indudable habilidad de la gente que está a cargo de ella, con una visión fuerte y una libertad creativa concedida luego de un éxito (tanto a nivel de críticos como de audiencia) rotundo como lo fue Breaking Bad. Dicha visión se traduce, en términos simples, en trabajar en servicio de la historia que pretenden contar en vez de buscar simplemente momentos que la audiencia quiere (o cree querer) aunque contradigan lo anteriormente establecido. O sea, si llega a existir fanservice, debiese ser siempre en función de la narrativa y no un fin en sí mismo. De esta manera y considerando la trayectoria profesional de los showrunners, uno debiera estar un poco más dispuesto a otorgarles el beneficio de la duda cuando parecieran caer en las referencias y los guiños de una manera un tanto exagerada.

Witness” parece estar justo en esa línea, ese delicado límite entre el elemento “necesario” para la historia y la referencia/guiño gratuito y la reacción del espectador dependerá del “lado” del espectro de posibilidades en el que se encuentre: si está más interesado en los personajes y situaciones “nuevos” de Better Call Saul, o bien ve la serie aguardando cualquier conexión eventual con Breaking Bad. En lo personal consideramos que funcionaron, incluso considerando que no fueron elementos menores ni irrelevantes: fueron tres personajes que originalmente aparecieron en Breaking Bad los que hicieron acto de presencia en este capítulo. Obviamente el retorno más importante (y publicitado) es el de nuestro querido “compatriota”, zar del pollo frito y emperador del tráfico de metanfetamina Gustavo Fring, pero -curiosa y hábilmente- es el último de los tres “retornados” en aparecer en el capítulo: en primer lugar nos encontramos con una sonriente y cálida Francesca Liddy (Tina Parker), quien aparece como la primera -y hasta el momento, única- postulante al trabajo de secretaria y asistente de Jimmy y Kim. Por si no lo recuerdan, en Breaking Bad Francesca seguía siendo la secretaria de Saul, por lo que estamos viendo el comienzo de su relación profesional – y ¡qué gran cambio! Al parecer tener que soportar por casi una década a un sujeto como Jimmy/Saul hace que el buen humor de cualquiera desaparezca.
El segundo en reaparecer es Víctor (Jeremiah Bitsui), el matón de Gus Fring que terminó siendo degollado por su propio jefe con un cuchillo cartonero y que en esta ocasión, en un rol silente, aparece para demostrarle a Mike que por muy metódico, detallista y paciente que pueda ser, Gus Fring lo es incluso más.

Continuando donde “Mabel” terminó, una parte importante del capítulo está dedicada a la investigación de Mike – y por primera vez en varias horas, los caminos de Ehrmantraut y McGill vuelven a entrecruzarse. Luego de una maravillosa secuencia sin palabras que saca a relucir -una vez más- la hermosa fotografía de la serie, la paciencia del espectador es recompensada con la primera aparición en pantalla de un logo al cual nos acostumbramos en su momento:

Los Pollos Hermanos.

Tanto la revelación del lugar como la de Gus Fring son formalmente similares: se toman su tiempo, juegan con la paciencia del espectador, segundo a segundo se muestran como buscando reforzar el punto de que el desenlace no es lo único que importa sino cómo construyes la escena. Quizás es demasiado, quizás el espectador no tendría por qué esperar a una revelación similar si (en muchos casos) ya ha visto el material promocional, ha leído los rumores, ha visto las noticias; si sabe que vuelve Gus Fring, ¿para qué hacer esperar tanto? Allí volvemos al punto de antes: la consecuencia de los showrunners de mantenerse fieles a su estilo, contra viento y marea… y, honestamente, creemos que especialmente la reaparición de Gus estuvo perfectamente lograda.
Es que no solo es la reaparición de uno de los personajes más importantes de Breaking Bad, sino que la escena en cuestión -uno de los ejes principales del episodio- sirve también para ilustrar la diferencia entre Mike y Jimmy al realizar una actividad similar: mientras Mike es paciencia pura, un profesional meticuloso que no actúa sin antes considerar las variables que pueden afectar su decisión, Jimmy es impulsividad, nerviosismo e improvisación. Su intento de “espionaje” dentro de Los Pollos Hermanos es una demostración del carácter de Jimmy (¿quién diría que un estafador como Slippin’ Jimmy sería tan incapaz de no llamar la atención?) y del talento para la comedia física de Bob Odenkirk. No hay un segundo en el que Jimmy McGill no se muestre absolutamente incómodo dentro del local – y la figura de Gus Fring se encuentra al acecho. Aquí ya sabemos que Gus aparecerá, pero -de nuevo- no es tanto el qué sino el cómo; y la construcción es precisa, con su cuerpo fuera de foco (y su cara oculta más allá de los límites de la cámara) que se va acercando más y más, hasta que de repente… nada.

¿Nada? ¿Será que la reaparición completa de Gustavo Fring quedatá para otro capítulo? Por unos instantes, eso parece ser todo, hasta que Jimmy McGill decide ser incluso menos sutil que lo que estaba siendo y se pone a hurguetear en la basura del local a ver si el sujeto al que estaba intentando espiar dejó algo así. De repente, una voz: “can I help you?
Y allí está. El retorno en gloria y majestad de Gustavo Fring es -y no podía ser de otra manera- una frase amigable y servicial como la fachada que se esmera tanto en mantener. El encuentro no es ni épico ni importante porque no tendría por qué serlo: años más tarde, cuando Saul Goodman afirme “let’s just say I know a guy… who knows a guy… who knows another guy” ante Walter White y Jesse Pinkman, no estará mintiendo – no tendría por qué saber que la persona a cargo de una de las operaciones de narcotráfico más poderosas de Albuquerque es el dueño de una cadena de restaurantes de pollo frito, y menos aún que dicha persona fue quien lo ayudó a sacar su reloj de la basura. Para Jimmy McGill, su intento de espionaje fue un fracaso. Para Gus Fring, en cambio, fue la oportunidad para darse cuenta de que alguien lo estaba siguiendo.

Si en la entrega anterior Jimmy parecía ser un secundario más en una historia aparentemente más grande que la suya, en este capítulo vuelve a estar en el centro de todo. Además de ayudar a Mike, como ya mencionamos, también debe lidiar con las consecuencias de lo sucedido entre él y Chuck – algo que el capítulo se encarga de mostrar, sutilmente, a medida que avanzan los minutos, con tal de que el golpe emocional del final sea no solo potente, sino que también se sienta perfectamente justificado. No es algo que venga de repente; como (prácticamente) todo en esta serie, se toma su tiempo para construir y construir, hasta que finalmente estalla y solo deja como resultado el silencio. Un silencio que abruma. La sensación de que las cosas pueden incluso empeorar.
Durante el capítulo, constantemente se nos muestra que Jimmy McGill es un hombre impulsivo, más predispuesto a la improvisación que a la meditación y dispuesto a tomar atajos si es posible: cuando Francesca llega a su entrevista, Jimmy prácticamente la contrata inmediatamente (mientras que Kim -razonablemente- intenta hacerle ver que hay que entrevistar a otros candidatos primero) solo por tener una cierta afinidad con ella y, posteriormente, sus intentos de “espiar” al matón de Gus terminan como ya conocemos. Es por ello que cuando se entera de que Chuck grabó a escondidas su confesión sobre lo de Mesa Verde, no soporta mucho tiempo y decide ir a estallar de furia directamente en la casa de su hermano. Mientras tanto, Chuck y su plan son la muestra de lo contrario: el hecho de conocer a su hermano lo hace poseedor de una soberbia intragable, pero le sirve para anticipar los movimientos de Jimmy. Si bien su plan requiere de ciertos elementos fuera de su control para que funcione (en estricto rigor: que Ernesto no pueda contenerse y le revele a Jimmy o a Kim lo que sabe de la grabación) pero el capítulo trata de considerarlo más una certeza que un elemento aleatorio – es más una cuestión de cuándo ocurrirá en vez de si ocurre. Esto, en todo caso, puede ser visto como un desarrollo un tanto artificioso, un artilugio destinado a mover las piezas en el tablero para propiciar una conclusión deseada sin un cauce natural; en nuestra humilde opinión, preferimos darle el beneficio de la duda a Better Call Saul, porque en ocasiones anteriores han demostrado su compromiso con guiones sobresalientes y por desistir de tomar atajos (no como el personaje que le otorga el nombre a la serie), y en tal sentido incluso podríamos creer en una racionalización/explicación con elementos que otorga la misma serie: que la certeza de Chuck se debe, precisamente, a que sabe de la cercanía de su hermano menor con Ernesto y que, debido a esta sensación de lealtad, es inevitable que decida contarle lo sucedido, por lo que Chuck aprovecha esta circunstancia/cercanía para su beneficio. En todo caso, consideramos que es razonable dudar y considerarlo todo como un atajo narrativo, y dependerá de cada espectador ver cómo lo toma.

La cuestión es que, más allá de si lo encontramos artificioso o no, el plan de Chuck funciona… pero no como él lo había previsto. Y es, al mismo tiempo, una victoria y una derrota para el ego supremo de Chuck McGill – porque el resultado valida (incluso supera) su intuición, pero la forma en cómo se dio le dice que quizás conoce menos a su hermano que lo que él pensaba. Se imaginaba que Jimmy iba a estar planeando algún subterfugio, alguna artimaña para entrar a escondidas a su casa y poder deshacerse de la grabación sin despertar sospechas y sin dejar pruebas; visualizando a Jimmy prácticamente como una mente malévola, una máquina con engranajes dispuestos solo a dañar a su hermano mayor y salirse con la suya, sin remordimientos ni empatía. Un Terminator del engaño. La realidad, en cambio, es que Chuck ignoró lo absolutamente doloroso que es la traición de un hermano (o mejor dicho, sintiendo la de Jimmy hacia él pero ignorando la suya hacia Jimmy, porque para él esta última estaría plenamente justificada), particularmente para un alma tan sensible como la de Jimmy. Es tanto que, incluso con los consejos de Kim -que tienden, como siempre, a favorecer lo racional por sobre lo emocional- tendientes a concretar una estrategia a mediano plazo, Jimmy no aguanta y decide ir a buscar a Chuck a su casa. No para hablar del tema, no para debatir, ni siquiera para insultar: es una explosión de rabia, de incredulidad, un torbellino incontenible de ira y decepción acumulada. Es un gran contraste con su reacción ante el “you’re not a real lawyer!” de Chuck en la primera temporada: allí fue una rotura interna de corazón, una mirada que demostraba desolación y una tristeza que desafiaba cualquier palabra. Ahora, con todo lo que ha sucedido en ese tiempo Jimmy simplemente estalla y prefiere mandarlo todo por la borda. Que no quede títere con cabeza.

Lo más brutal de todo esto está en la forma cómo se cumplió el plan de Chuck. Ernesto podría haberle dicho a Kim al día siguiente lo que sabía, y en tal caso, no habría habido nadie en casa de Chuck. Podría haber esperado un par de horas y quizás habría fallado. Pero todo conjugó para que James McGill llegase como un torbellino a la casa de su hermano, destrozara la puerta, destrozara el cajón del escritorio y destrozara la cinta de la grabación en su cara… mientras Howard Hamlin y un detective privado se encontraban allí.

Howard… you were a witness to what happened here?”
I was.

Miradas de odio, de satisfacción colérica, de incredulidad, jadeos, el tic tac de un reloj, y el silencio que abruma. La realización, en la figura de James McGill, de que ha sido él mismo el que apretó el nudo de la cuerda que se encontraba en su cuello.

Observaciones varias:

  • Pobre Kim, sus consejos llegan a oídos sordos. Aunque recalca que Chuck no puede hacer nada con la grabación porque es inadmisible (y aún si no lo fuera, tienen otras formas de destruir su fidelidad como prueba) y que tienen que averiguar cuál es su plan, Jimmy cae en la trampa de la forma más burda posible.
  • En la misma escena, a fijarse en Jimmy sacando la cinta de la pared de la oficina: ocupando ambos pulgares, como Chuck le dijo… hasta que no soporta más y la arranca de una, como él lo hacía. Microcosmos.
  • La toma en la cual Mike aparece en medio del camino en el desierto, con los espejismos sobre el asfalto… una maravilla.
  • Sobre la “M” del nuevo logo de Wexler & McGill: “yeah… a little crooked.” No solo un trazo de la letra está algo torcida, él también.
  • El logo en sí inevitablemente nos invoca a la mente la imagen de un colapso financiero, aunque Kim lo niegue.
  • Jimmy y su supuesta “pregunta capciosa” a Francesca sobre atender a ancianos y gritarles.
  • Aprendimos la diferencia entre el MVD de Nuevo México (y Arizona) y el DMV del resto de Estados Unidos (el primero es el Motor Vehicle Division, parte del Departamento de Transportes; el segundo es el Department of Motor Vehicles, una institución autónoma). The More You Know.
  • No wonder Rebecca left you! What took her so long?” Vaya vaya, por fin sabemos qué le pasó a la esposa de Chuck. Asumo que quizás sepamos más sobre el evento en particular a lo largo de la temporada.
  • Howard entrando a la casa de Chuck saltándose el muro del vecino y corriendo cuidadosamente es genialmente absurdo.

 

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