El Pacto de Adriana (2017)





El Pacto de Adriana.
Año: 2017.
Director: Lissette Orozco.
Guión: Lissette Orozco.
Producción: Benjamín Brand, Gabriela Sandoval, Carlos Núñez.
Fotografía: Julio Zúñiga, Daniela Ibaceta, Brian Martínez.
Montaje: Melisa Miranda.
Música: Santiago Farah.
Sonido: María Ignacia Williamson.
País: Chile.
Duración: 96 minutos.

La película chilena más galardonada del año, sin dudas, es “El Pacto de Adriana”. Sólo la semana pasada, la película escrita y dirigida por Lissette Orozco se llevó el premio Memorimage, el Festival Internacional de Cine de Reus. Antes, con pasos por Berlín, Guadalajara, Buenos Aires, entre muchos otros festivales, se volvió en el largometraje nacional más comentado fuera de nuestras fronteras, lo que no es poco decir, en un año donde la agenda ha estado tomada por películas sobre minorías sexuales (“Una Mujer Fantástica”), resurrección del legado de Raúl Ruiz (“La Telenovela Errante”), o abordar temas tan polémicos como las sectas y el abuso sexual de menores (“Princesita”). Este éxito, ha nuestro juicio, no puede sino deberse a la forma humana y honesta con la cual Lissette aborda la gran historia de su familia, con un mensaje tanto personal como universal. Al igual que “El Color del Camaleón”, la directora es protagonista de un relato familiar. Si allá era Andrés Lübbert quien se desnudaba frente al público tratando de entender la figura de su padre y descubrir el rol que cumplió en dictadura, acá es Lisette quién busca encontrar la verdad del gran relato que ha marcado a su familia: la función que cumplió su tía Adriana Rivas, la chani. A día de hoy, una serie de testimonios la ubican como mano derecha de Manuel Contreras, miembro entonces de la DINA, y además, participe de torturas en El Centro de detención ubicado en calle Simón Bolívar. Ella, por el contrario, ha sostenido siempre su inocencia, escondiéndose en una serie de casualidades que simplemente la ubicaron en el lugar equivocado, a una temprana edad.

El documental podría ser el caso emblemático de la fractura vivida por las familias chilenas entre 1973 y 1990, pero quizás de un modo al que no estamos acostumbrados (donde en el mismo grupo familia confluyen victimario y víctimas). Acá, por el contrario, la destrucción de la familia es por poner las manos al fuego por alguien que dice ser inocente de crímenes horribles, y que a través de sus mentiras, ha oscurecido la historia de todos los integrantes. Desde cierto punto de vista, la familia se fractura por la exposición tozuda, tergiversada y llevada a extremos, de una sola cara de la moneda. Una conclusión a la que sólo podemos llegar al final de “El Pacto de Adriana”, siendo muy importante (y destacable), la honestidad con la cual el guión se muestra, pues pese a que podría existir un fundado temor al rechazo, el publico sale sin reproches para Lisette sino simplemente comprensión. ¿Quien no habría creído en un comienzo a Adriana si fuese tu tía con quien compartiste tanto? ¿Quién podría creer, de otro ser humano y en especial de uno cercano, tanta crueldad?

Lissete Orozco, con toda honestidad, parte identificando el relato de su tía. Evidenciando de qué se la acusa y qué dice ella en su defensa, trasmite fielmente la posición de defensa de Adriana, inspirada, podríamos decir, en la historia de El Mocito. Alegando cumplir roles administrativos, su testimonio fluctúa entre no haber visto ni escuchado nada, a ser solo testigo y hasta decir que todo es cierto, pero que la persona imputada debiese ser otra. Esto de entrada es muy potente, toda vez cuesta poner rostro de mujer a las atrocidades que se cometieron en dictadura (lo que dicho sea de paso, es utilizado como argumento por Adriana: las mujeres no podían entrar a las torturas). La forma que lo hace es destacable, pues sin caricaturas, sin selección de cuñas que beneficien en exclusiva al guión, acá se muestran las 2 versiones en su totalidad. Mientras Adriana, en primera persona, expone sus argumentos, con la misma seriedad Lissette descubre y expone los argumentos que condenan a su tía. Con todo, la objetividad no puede ser sinónimo de impunidad. Si bien Adriana tiene minutos y minutos para exponer su teoría del complot y la justicia corrupta, poco a poco las contradicciones se van haciendo evidentes. Clave en ese sentido es la entrevista con el autor Javier Rebolledo, y su clara y notable explicación de por qué Adriana nunca va a confesar. Hacerlo sería renunciar, primero, a su último bastión de batalla, y segundo, renunciar ante los ojos de la sociedad a su condición de humanidad. Esto, además, en el contexto de una sobrina que empieza a advertir como en el relato de su querida tía pueden descubrirse lógicas totalmente militar, claramente inculcadas por los altos mandos en caso que el famoso “pacto de silencio” se viera quebrantado.

Por esto, en “El Pacto de Adriana”, con todos los defectos técnicos que podemos encontrarle (se echan en especial de menos unos subtítulos debido a la forma en que Lissette debe reconstruir los relatos), lo que se alaba es el tránsito de la familia, que viene de una u otra forma a ser el tránsito de Chile. Esto queda evidenciado en una increíble escena final cuando Adriana se da cuenta que su mentira no puede más, y que incluso, su núcleo duro de defensa le dará la espalda. Esa escena donde el relato es sólo gritos, violencia y prepotencia. La directora en ese momento responde brevemente, dejando que el espectáculo que Adriana monta hable por sí solo. Y ese, personalmente, es su corte. Es el camino que se atrevió a correr y que termina una vez encuentra la verdad. Una verdad incómodo a nivel personal. Quizás por eso, las respuestas a las hostilidades de Adriana son de forma tácita, como cuando su tía la encara con su violencia y le dice ¿crees que soy mentirosa? y ella responde con un tímido “No”, dejando eso sí que la demora en dar respuesta ser su verdadera confrontación. Una confrontación como la que a día de hoy vive Chile, en especial por la existencia de un candidato que 27 años después del cambio de mando se atreve impunemente a defender el legado de Pinochet. Una escena final que no es sino la perfecta la evolución del guión, dado que la película buscaba, o al menos pretendía, exponer la historia de Adriana contando su verdad, pero terminó contando la verdad de todos, aquella que es innegable. De hecho el silencio y el dolor con el que el público escucha estos últimos gritos de Adriana, sintiéndonos como una afrenta a cada uno de los ciudadanos de este país, es inexplicable.

Mientras nosotros en Chile nos avergonzamos de figuras como Adriana, ella sigue en Australia, prisionera en su propia casa, ahogándose en su propia mierda, sin tener el coraje de enfrentar la justicia. Atrapada en un relato de incoherencias y absurdos, que la priva de vivir en su país y peor todavía, gozar de los últimos años de su madre. Así son ellos y así somos nosotros. Así es Adriana, y muy distinta es toda su familia.

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