Perkin (2018)




Perkin.
Año: 2018.
Director: Roberto Farías.
Guión: Roberto Farías.
Elenco: Sebastián Layseca, Eduardo Sepúlveda, Willy Benitez, 
Aldo Labarra, Marcelo Alonso, Marco Cruzat, Germán Zúñiga,
Pilar Zderich, Claudia Hidalgo, Cristina Alcaíno, Max Corvalán,
Daniel Alcaíno, Luis Belleza, Alejandro Trejo, Micho Vitali,
Francisco Medina, Sergio Schmied, Berta Lasala, Gabriela Medina.
Producción: Sebastián González, Josefa del Río.
Fotografía: Mirko Zlatar.
Dirección de arte: Pamela Chamorro, Marisol Torres.
Montaje: Mayra Morán.
Música: Santiago Jara.
País: Chile.
Duración: 70 minutos. 

“Perkin” es una palabra que se usa coloquialmente para aquellas personas que están para los mandados. Se dice que su origen es carcelario, y se aplicaría a aquellas personas que asisten o terminan siendo sirvientes de los presos de mayor nivel dentro de un recinto penal. Dicho lo anterior, en Chile, hay gente que ha sido y será perkin toda su vida. En una sociedad tan desigual y con tan pocas oportunidades para surgir, son frecuentes los casos donde un trabajador puede pasar toda su vida siendo el perkin del patrón. Lo son, en nuestra historia, el Muñeca (Sebastián Layseca), junior de una empresa propiedad de don Juan de Dios; “Bigote” (Willy Benitez), de actividad desconocida, pero típico chileno que llega a fin de mes raspando la olla; “Lauchita” quien vive haciendo de todo en una sala de Teatro que debe cuidar (barrer, cambiar luces, limpiar baños, sentar al público, etc.); y “Pirulato”, un extravagante y silencioso personaje, que vive cuidando la entrada de un café con piernas céntrico. Muñeca es sin dudas, el líder del grupo, y se vuelve todavía más protagonista cuando su jefe, Juan de Dios, le otorga una gratificación importante de dinero como reconocimiento a su fidelidad de tantos años. Como buen amigo, Muñeca decide salir a tomar con sus conocidos, y al menos, por un día, dejar de ser Perkin y volverse el corazón de la fiesta que invita tragos y comida. Desde ese momento, se vive un verdadero carrusel de “aventuras”, que parten desde tomar unas cervezas en los faldeos del Cerro Santa Lucía, donde se sumarán un grupo de prostitutas con quienes tienen un vínculo más que comercial, y que luego terminará tomándose unos schop en el tradicional “Beer Hall” y un “after” en el “penthouse” de Lauchita, una pequeña pieza en un cité. Toda una aventura que Roberto Farías, reconocido actor nacional, director y guionista de “Perkin” (su tercer largometraje de batalla), transmite fielmente al público. 

Como película, “Perkin” es una comedia y hace reír muchísimo. Primero, te ríes de los personajes protagonistas, todos muy bien elaborados y caricaturescos. Luego, te ríes de sus aventuras y peligros que corren en su fiesta permanente. Momentos lúdicos que finalmente, contrastan con sus dramas internos y sueños no realizados, que surgen sólo después de una tarde copas, y que se vuelven un bálsamo o golpe de madurez dentro de tantos excesos y que parecen, de cierta manera, justificar su actuar. Porque en el fondo, Muñeca y compañía, son gente que ha sufrido el abuso de poder en carne propia, día tras día, desde su nacimiento, y sólo encuentra espacios pequeños de diversión donde se sienten finalmente liberados. Este humor, en todo caso, y aunque suene contradictorio, “Perkin” hace reír a carcajadas porque aunque burdo (¿cómo no reírse de la intervención de los hinchas colocolinos, o la aparición del personaje de Alejandro Trejo?), es a la vez un humor demasiado inteligente, precisamente al esconder por momentos su crítica social, para luego hacerla evidente con la frase: “Prefiero ser jefe por un día que Perkin toda la vida”, criticando a la vez el paternalismo de las clases altas (reflejadas en don “Juan de Dios”), quien se muestra atento con sus trabajadores, los saluda y les entrega bonos, pero al mismo tiempo, lo hace parado desde el Olimpo. Así, creyéndose “buena gente” no se da cuenta que todo es una burbuja. No sabe quienes tienen problemas de verdad (hijos con enfermedades, alcoholismo, drogadicción). No. Lo suyo es incentivar esa caricatura del jefe cercano pero que, en el fondo, no ve en sus trabajadores mas que números, a los cuales debe mostrar ciertas reglas de cortesía para con ello tener un supuesto buen ambiente laboral y aumentar la producción y rendimiento.

Un último agradecimiento a la propuesta visual de presentar ese Santiago que parece oculto o un antro, pero que es una ciudad maravillosa. Ese Santiago que está ahí, todos los días, escondido bajo capas de polvo, vidrios polarizadas, hacinamiento y olor a fritanga, pero que al mismo tiempo está lleno de aventuras, cotidianas pero no por ello menos interesantes, que valen la pena vivir. En especial si es con amigos.

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