Tarde para morir joven (2018)





Tarde para morir joven.
Año: 2018.
Directora: Dominga Sotomayor.
Guión: Dominga Sotomayor.
Productor: Omar Zúñiga.
Coproductoras: Sophie Mas, Daniel Pech.
Elenco: Demian Hernández, Antar Machado, Magdalena Tótoro,
Matías Oviedo, Antonia Zegers, Alejandro Goic.
Dirección de fotografía: Inti Briones.
Dirección de arte: Estefanía Larraín.
Montaje: Catalina Marín.
Sonido: Julia Huberman.
Vestuario: Felipe Criado, Estefanía Larraín.
Duración: 110 minutos.
País: Chile, Brasil, Argentina, Holanda, Qatar.

La película chilena más esperada de este SANFIC14 se presentaba curiosamente fuera de competencia. “Tarde para morir joven” causó sensación en el Festival de Cine de Locarno, donde su directora, Dominga Sotomayor (ver filmografía), se convirtió en la primera mujer en ganar el premio a la Mejor Dirección, la segunda vez que nuestro país se lleva dicha distinción desde Raúl Ruiz en 1969 por “Tres Tristes Tigres”. A sala llena en el Cine Hoyts La Reinta se realizó la presentación de una cinta que tendrá su estreno comercial el primer semestre de 2019, pero que debe volverse visita obligada si vuelven a presentarla en festivales para quienes quieran ver probablemente, la película chilena del año.

Mezclando un poco realidad con ficción (Dominga vivió en la Comunidad Ecológica de Peñalolén hasta los 20 año), “Tarde para morir joven” nos invitaba a retroceder en el tiempo. Son inicio de los 90’s y se viven las fiestas de fin de año en una Comunidad Ecológica en la precordillera de Santiago. Son tiempos importantes. El país había dejado finalmente la dictadura en el pasado, y se vivía un renacer con el primer gobierno democrático en décadas. La Comunidad, como el país entero, vivía en un estado de fiesta y fraternidad, el cual se encontraba acentuado por navidad y año nuevo. Si bien todo parece que todo son buenas noticias (al menos en lo que al “cuerpo” se refiere), si analizamos cada uno de los componentes del mismo, no todo anda bien. Sofía (Demian Hernández), de 16 años, parece vivir todos los conflictos de la adolescencia, tanto aquellos propios de su edad y aquellos que forman parte de su relato personal. Su padre, junto a una serie de amigos, es uno de los que inició el proyecto de la Comunidad, el cual la libera pero la aflige al mismo tiempo. Por supuesto, adora aquella parte que significa el respeto a la naturaleza y la vida en conjunto, pero por otro lado sueña con dejar la comunidad y “bajar” a la ciudad, donde vive la misteriosa figura de su madre, al parecer una reconocida artista pero con quien, a día de hoy, ve poco, mal y nunca. Un riesgo que está dispuesta a correr en beneficio probablemente de aquellas comodidades a las que ha renunciado y que a los 16 años, parece necesitar más que nunca. 

Ella refleja como los miembros de la Comunidad viven en un estado de integración y al mismo tiempo, de total aislamiento. Existen dos mundos, uno dentro de las parcelas y otro fuera de ella. Probablemente sea dicha dicotomía la que exacerba sus reacciones, y le hace vivir con mayor intensidad mucho procesos. Ya hablamos de la ausencia materna. Pero quizás la mayor atención que Sofía pone en su vida hoy, es en su despertar sexual. Aquel primer amor, no ya romántico de infancia, sino directamente erótico, que en un comienzo siente atribuir a Lucas (Antar Machado), de su misma edad y quien parece ser el “líder” de su generación dentro de la Comunidad (a través de su banda de música), e Ignacio (Matías Oviedo), un treintañero que visita la comunidad de vez en cuando en su moto, y que viene a reflejar en Sofía la libertad de deambular en un mundo y otro sin limitaciones., la madurez y, por qué no decirlo, el pecado y la rebelión frente a las reglas que aunque menos restrictivas que en el mundo cotidiano, también existe en la Comunidad y en su casa. Un conflicto interno y externo que Sotomayor refleja también en la presencia transversal del fuego, elemento que funciona como punto de partida y cierre de la película, quizás por reflejar amenazas siempre presentes, destrucción pero también renacer, intensidad, etc. 

Sin dudas Sofía, a través de la actuación de Demian Hernández, se roba la película, algo siempre peligroso cuando se habla de representar la sexualidad de menores de edad pero que Dominga Sotomayor supera con creces. Conviene de hecho, comparar “Tarde para morir joven” y el personaje principal con “Princesita” de Marialy Rivas el año pasado, que en un contexto de abuso de poder y control psicológico, presentaba también el tema de la sexualización de adolescentes, logrando cierta complicidad incómoda con el público, que (curiosamente), parece despertar de la seducción del líder carismático de la secta con el fuego. En “Tarde para morir joven”, por supuesto, el enfoque es distinto. Sofía es dueña de su vida y de sus libertades. Si antes, en “Princesita” veíamos un delito, hoy vemos autonomía. Sofía es también responsable de sus errores, y si bien con Ignacio tienen una importante diferencia de edad, lo voluntario del encuentro está casi fuera de discusión. Así, el público puede juzgar su actuar no desde la perspectiva de estar viendo algo incorrecto, sino una mirada de compañía, donde Sotomayor nos invita a ir de la mano con Sofía y vivir con ella la construcción de su propio camino. Camino que está marcado por aciertos y errores, pero es que el todos probablemente habríamos recorrido.

Otro elemento interesante en “Tarde para morir joven” es el hecho que, precisamente el basarse en gran parte en recuerdos de Sotomayor, la película juegue bien el juego de la dispersión a través e los 3 protagonistas/narradores (Sofía, Lucas y Clara -Magdalena Tótoro-, quien aporta la perspectiva de la Comunidad desde una niña de 10 años). Ello, sumado a la apuesta de presentar infinitos personajes en pantalla, aunque sea por pocos minutos, permiten que nos sintamos dentro de la Comunidad, y como buenos chismosos, busquemos dónde está Lucas, ver si siguió o no a Sofía, preguntarnos cuándo aparecerá Ignacio, etc. La fotografía de Inti Briones es también notable. Quizás sea precisamente ella la que produce un efecto de añoranza de aquellos tiempos, aunque no los hayas vivido, transmitiendo una envidia sana por un proyecto como la Comunidad, que con mejores o peores resultados, parece vivirse a concho. Creo que todos los espectadores quisimos formar parte de la Comunidad, seamos o no protagonistas del relato. En la misma línea, el vestuario (Felipe Criado y Estefanía Larraín), o la selección musical, nos llevan perfectamente al pasado, y son puntos altísimos en la cinta.

Para cerrar, creemos que llevando “Tarde para morir joven” a la filmografía de Sotomayor, se puede gozar la evolución que hace desde la intimidad familiar de “De Jueves a Domingo” a “Mar” hacia lo colectivo, sin renunciar por ello al lado privado de cada personaje. Son casi 40 personajes, muchos de los cuales son interpretados por gente sin experiencia pero que derrocha naturalidad en pantalla, pero es algo que de ninguna manera distrae sino que también sirve para crear la atmósfera con la cual podemos mirar a Sofía, Lucas y compañía. Cuesta entender por todo esto, que la película tenga su estreno comercial a mediados de 2019.  Lástima que el público chileno deba esperar tanto para verlo. Quedó demostrado, con ambas funciones agotadas, que nuestro país está deseoso y atento ante películas nacionales de tan buena producción.

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