Two Lovers: La tragedia de amar (y ser amado)

Pocas veces encuentro películas que hablen de qué está juego a la hora de amar. Este año pasó, en la que creo es la mejor película estrenada en Chile durante la temporada, en Phantom Thread. Y con ocasión de un artículo que preparo para la página, vi Two Lovers y me conmovió profundamente. Les ofrezco mis razones de por qué el film de James Gray es imprescindible.

Two Lovers parte con una escena expositiva del estado mental de nuestro protagonista, Leonard (Joaquin Phoenix). En medio de un frío atardecer, Leonard se lanza al mar con el afán de morir, para luego volver a la superficie buscando ayuda para salir del agua. Sabremos unos minutos después que Leonard no solo se recupera de un quiebre sentimental, habiendo estado comprometido ni más ni menos, sino también sufre bipolaridad. Ese último detalle es clave, porque muchas veces el actuar de Leonard está condicionado por su enfermedad, y sus relaciones también.

Leonard, como dice el título, conocerá a dos amantes en su viaje durante esta película: Sandra (Vinessa Shaw), la hija de un socio comercial de su padre, parte de su comunidad judía, y quien tiene un crush sobre Leonard. Ella demuestra sincero interés por conocerlo, a pesar de que él no tiene el mismo entusiasmo hacia ella. La otra mujer es Michelle (Gwyneth Paltrow), su vecina, que no solo lidia con su propio amante, sino también con adicción a sustancias. Ella, a diferencia de Sandra, llama de inmediato la atención de Leonard, y éste se esfuerza en compartir con ella el mayor tiempo posible.

El guión, si bien mantiene en todo momento un ritmo pausado a través de diálogos extensos y situaciones clave para mostrar a sus personajes y lo que sienten los unos a los otros, acelera en el paso del tiempo, y los meses en que se desarrolla la historia de estos amantes. Leonard, con el correr de los minutos, no solo abraza la idea de estar con Michelle, sino que también la desecha, más por despecho que otra cosa al ver los sentimientos de ella por su amante, y se embarca en una relación formal con Sandra, relación que no solo cuenta con la bendición de su familia, sino de toda la comunidad. El problema, en todo caso, es notorio: Leonard está con ella por el hecho de no estar solo. Por la idea de recuperarse de una vida trágica. No por un sincero amor a Sandra.

Es en el último tramo de la película en que todo esto es importante, cuando la ilusión de Leonard por estar con Michelle reflota. Pero es una ilusión trágica, porque al igual que lo que hace él con Sandra, lo hace Michelle con Leonard. Michelle, profundamente despechada por un hombre que, aparentemente, ha decidido mantener su familia unida y desechar la relación con su amante, acepta el amor sincero de Leonard, y ambos deciden dejarlo todo e irse de la ciudad juntos. Pero lo interesante que provoca la película de James Gray con este acto es analizar la naturaleza del “amor” de cada personaje: ¿Leonard ama a Michelle, o está obsesionado con ella? Esa pregunta es tan abierta, y su respuesta tan personal. Porque nos hace cuestionarnos, a cada espectador, qué creemos que es el amor. ¿Es más amor un crush por alguien fugaz que la activa preocupación de alguien como Sandra por Leonard? ¿Importa tanto eso cuando se decide a quién amar? ¿Sabemos si la persona a la que amamos, está preparada o en condiciones de amar a alguien de vuelta? Es difícil interpretar el amor, y seguramente la única respuesta está en lo que siente cada persona por otra, sinceramente. Por eso que lo que podría ser una premisa común como la de Two Lovers resulta tan refrescante, muy llevada por la interpretación en un tono especial  de un actor como Joaquin Phoenix que, quizás por la enfermedad que sufre su personaje, decide interpretar 2 personajes en uno: un hombre conservador y egoísta, y el soñador empedernido y generoso, obsesionado por esa muchacha hermosa que puede entendernos, porque ha sufrido los mismo que nosotros. Porque es, o ha sido, lo que creemos que somos.

La película tiene un final trágico, y es mejor no exponerlo en este comentario. Lo que sí vale la pena decir es que la dirección de James Gray es lejana, las cámaras casi no juegan un rol en la forma de ver la historia, casi como intentando no comprometerse con ninguno de los personajes. Ese estilo naturalista, con cierta mirada fría y distanciada, ayuda aún más a juzgar, desde el punto de vista de cada uno, lo que hace cada personaje. Esperanza, pasión, seguridad, incertidumbre, felicidad, y tragedia. Todo aquello confluye en la mente y el corazón de alguien que, querámoslo o no, está enfermo, y cuyas decisiones están basadas en dicha enfermedad. Lo que sí podemos decir es que la tragedia del final reside en la naturaleza de amar, porque la película se casa con la idea de que no podemos controlar ese sentimiento y, para bien o para mal, uno se enamora del paquete completo que compone a la persona. Es difícil saber si ese amor es o será correspondido, no importando lo honesta que sea fuente del sentimiento de la otra persona. Y ahí está el riesgo, y la ganancia, cuando eso sí ocurre.

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